miércoles, junio 04, 2008

Confiar y Esperar

Resulta curioso que el hombre, en su deseo de perpetuarse, vierta sus pensamientos más íntimos, aquellos que desea que trasciendan su propia vida, sobre la piel débil y enfermiza de una hoja de papel; ¿hay quizá algo más delicado sobre lo que escribir que un folio en blanco, al que el tiempo va a someter a humedades, fuegos, el ácido de las tintas, el lepisma, la termita y un sinfín de peligros, que hacen de cada instante de su existencia un segundo ganado al olvido?... Posiblemente lo haya: nuestra propia memoria y nosotros como depositarios que somos de ella.
Decía Paul Valéry que los libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los bichos, el tiempo y su propio contenido. Entiendo que dentro de todo esto se comprenden los recuerdos, y la memoria de aquellas cuentas desajustadas que han ido quedando colgadas a lo largo de nuestro tiempo. Son como balances en los que a veces no tenemos claro a quién debemos reclamar, y quedamos sin ni siquiera la posibilidad de vengar aquellas afrentas del destino. ¿Vengar?; en ocasiones he deseado desahogarme de alguna manera y castigar al cielo por las malas aves que ha hecho volar sobre nuestra cabeza, bien lanzándole piedras o, a imitación de los antiguos tracios, disparando flechas envenenadas en respuesta a las tormentas que hacía caer sobre nosotros… Pero ni piel rasgada tras las nubes, ni lamentos. Ahí arriba sólo había silencio.
De cualquier manera, todo esto pasa, y uno termina resignándose. Confiando y esperando.
Hará cosa de dos años se publicó en un cuaderno anterior a este, una anotación llena de fe en lo que estaba por venir, a la que su autor, por razones que ahora no vienen a cuento, tuvo la ocurrencia de titular “El caballo”… Sin embargo, las cosas no marcharon como se hubiera deseado, y poco después corazón y garganta fueron exprimidos por la implacable mano del destino, hasta quedar secos, sin nada en su interior: sólo desolación traducida en rabia contenida, en sensación de soledad, en miedo por volver a aquél punto en el que traduje en palabras mi visión de aquél espejismo.
Poco volvió a ser como lo había sido hasta entonces, e incluso en el escribir se procuró ocultar con las vidas de otros, lo que a nadie interesa sobre la propia. Ahí quedó, ocupando su lugar en el olvido, junto a cientos de miles de anotaciones similares, en las que cada uno de nosotros hemos querido recordar a la posteridad lo que hacíamos o lo que el destino nos hacía en aquél momento… Después llegará el tiempo, el fuego, el moho y el lepisma, y sólo en lo más recóndito de nuestro corazón, sentiremos por siempre esa pequeña herida que se resiente cada vez que nos aventuramos a entrar, de la mano de nuestra memoria, en aquél oscuro lugar de nuestro pasado. Hasta ahora…
Han pasado, creo que casi con exactitud, dos años desde entonces y nos vemos de nuevo, y por fin, en la misma situación de esperanza que en aquél entonces. Por si no fuera poco, y aún siendo menos importante, casi a la vez me notificaron la concesión del accésit del que ya os he hablado en anteriores comentarios; ¡Bendito mayo de 2008!. Sólo el tiempo nos dirá lo que va a ocurrir. Confiar y esperar.
Todo esto coincide con un momento en el que uno se siente algo seco y agotado de todo lo que ha ido relatando en su cuaderno. No se hasta que punto hay desvío de la idea original, y hasta donde no ha habido otra cosa que evolución y cambio. No tengo la menor idea, pero de lo que si estoy seguro es que ahora necesito darle un punto y final, esperar acontecimientos y replantearme unas cuantas cosas antes de tomar una decisión…
Dejaré pues que el tiempo cubra suavemente a este cuaderno en el olvido, y que su silencio sea visto siempre como una puerta abierta a la esperanza, como esa luz que, cada mañana, viene desde las tierras de oriente.
Salud y fraternidad

martes, mayo 27, 2008

El Diamante y la Venganza (y VI)

“Le Journal des Débats” había contratado en 1843 a Dumas para la publicación en su diario de un nuevo folletón que tuviera el éxito suficiente para aumentar las ventas, fidelizar a sus lectores y ser publicado después en forma de libro. ¡Casi nada!, se podría decir, aunque no lo era tanto, pues aquél mismo año se estaba publicando ahí mismo con un increíble éxito “Los misterios de París” de Eugène Sue. Dumas, que se mostró algo celoso por aquél éxito, tuvo la ocurrencia de comenzar la escritura de un texto ambientado también en París, pero en esta ocasión centrándolo en cuestiones relacionadas con la historia y la arqueología de la ciudad. Pero al editor no le gustó la idea, esperaba algo más propio de la “factoría Dumas”: aventura, intriga, acción, grandes pasiones y seres profundamente marcados por el destino…
Al bueno de Alejandro no le quedó otra que ponerse a buscar una trama que tuviera algo más que ver con lo que se le había encargado, que se alejara de las simples divagaciones en torno al pasado arqueológico de la ciudad de París y tuviera algo más de gancho para los lectores ¿pero qué?...
Auguste Maquet, historiador, bibliófilo, negro de Dumas y verdadero ratón de biblioteca, llamó la atención de su jefe sobre la obra de Jacques Peuchet, hombre de múltiples disciplinas, que terminó trabajando en los Archivos de la Policía de París. Parece ser que, en dicha ocupación, obtuvo material más que suficiente para recopilar una gran cantidad de casos oscuros, siniestros y misteriosos, algunos de ellos muy populares aún después de haber pasado muchos años, bajo el título de “Memoires tirés des archives de la police de Paris”. En uno de los tomos de aquella obra, Maquet le señaló una historia que bajo el título de “El diamante y la venganza”, podría ser la materia prima para un interesante folletón.
Dicho y hecho. Maquet y Dumas se encerraron en Trouville durante tres semanas en el verano de 1844, y con la historia del zapatero François Picaud como base, redactan un relato de venganza, honor y redención a través del perdón, a la que después de no pensarlo mucho, titulan “El Conde de Montecristo”, en memoria a una isla a donde, según se cuenta, planeó Dumas viajar de caza con el sobrino de Napoleón, pero termino por no hacerlo al saber que tenía que pasar por una cuarentena.
La primera entrega apareció en el Journal des Debats el 28 de agosto de 1844 y continuaría publicándose casi sin interrupción hasta enero de 1846. El triunfo fue tal, que durante todo aquél tiempo, el cada vez mayor número de lectores detenía toda su actividad en cuanto el Journal caía en sus manos, para emprender sin dilación la lectura de una nueva entrega de las andanzas de Edmundo Dantés. Era un tema que corría de boca en boca por toda Francia, y había verdaderos entendidos en la historia, que adelantaban con gran seguridad lo que iba a terminar por ocurrir. Pasó en alguna ocasión que Le Journal des Debats no publicaba ese día el capítulo debido de “El conde…”, entonces se reclamaba la devolución del dinero pagado por él, o se acudía a la redacción exigiendo noticias de lo que ocurría en el episodio que debía haber sido publicado.

Los más espabilados no tardaron en sacar provecho de dicho éxito, y así quién por el año 45 acudía a Marsella, podía contratar los servicios de un guía para visitar la casa de Morell y la de Mercedes, así como los calabozos de Edmundo Dantés y el Abate Faría en el castillo de If…
Es seguro que lejos de molestar a su autor, este tipo de situaciones le resultarían graciosas. Más aún teniendo en cuenta que lo ganado con “Los tres mosqueteros” y “El Conde de Montecristo”, le permitieron cumplir uno de sus más viejos sueños: hacerse construir un pequeño castillo a las afueras de París, en Saint Germain en Laye, sobre una colina próxima a las orillas del Sena. A su nueva morada la llamó “Montecristo” y en el lugar más destacado de ella, sobre la puerta principal colocó el escudo de armas de su familia, adornado con la que era su divisa personal: "J'aime qui m'aime".
Desde su retiro palaciego, Dumas era poco menos que el personaje más popular de París: todo el mundo alababa su obra, se carteaba y mantenía amistad con los grandes autores del momento -Víctor Hugo, Flaubert, Balzac, George Sand, Lamartine, Eugenio Sue-, y no eran pocos los que acudían a disfrutar de uno de esos famosos almuerzos que empezaban a las once de la mañana y terminaba a las cinco de la tarde.
Uno se imagina a aquél hombre de carácter tan alegre y vigoroso, que disfrutaba de vivir como sus personajes, entre la aventura y la pasión, haciendo examen de su vida, mientras sentado a las puertas de su palacio degustaba algún buen licor. Es posible que en más de una ocasión mirara a la lejanía, y entre calada y calada a un buen Habano, volviera a leer para sus adentros aquel último y definitivo legado que nos dejó aquella criatura que de su mano más se acercó a los misterios del corazón humano, el Conde de Montecristo:
"Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena y hermosa es la vida.Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras:
¡Confiar y esperar!"

martes, mayo 20, 2008

El Diamante y la Venganza V

La venganza,…
…el deseo de consumarla, era lo único que había mantenido a Antoine Allut vivo, y con las fuerzas suficientes para soportar todas las penalidades por las que había pasado desde aquél día en que aquél Abad Baldini -¡abad!, se decía a sí mismo con una mezcla de burla y amargura-, le entregara un valioso diamante a cambio de delatar a sus tres amigos de París.
Cuando él y su mujer se enteraron de que el mismo joyero que había tasado el diamante ante el Abad Baldini, lo vendió a un mercader turco por el doble de lo que les había pagado a ellos, montaron en cólera, lo asesinaron, robaron su dinero y huyeron lo más lejos que pudieron: a Grecia. Allá murió la mujer de Allut de unas enfermedades, y él fue apresado por un motivo desconocido y condenado a galeras.
Fue en aquellos años de cautiverio donde acumuló en su espíritu el ánimo único de la venganza, centrado en aquél maldito abad de Nápoles que había llevado la desgracia a sus vidas. Por algún motivo, lo consideró el único culpable de todo lo que le había pasado desde entonces, y se prometió para sus adentros que, a la primera oportunidad, rompería aquella condena para cumplir con su venganza.
“Allí estuve pudriéndome durante varios años” –contaría después. Pero por fín logró huir, y rápidamente se llegó hasta Nápoles en busca del abad de sus desgracias: allá nadie sabía dar razón de él, ni siquiera había quién pudiera decir que por lo menos le sonaba el nombre. Baldini no exitía.
Allut buscó en el cementerio de Nápoles, y tampoco encontró la tumba de quién había sido su difunto amigo:
- Y poco después supe que vivías… ¿Cómo lo supe? –siguió contando en voz alta, mientras conducía a golpes y cubierta la cabeza por un saco a Picaud- Ni tú ni el Papa me arrancaréis ese secreto.
Para cuando Antoine llegó a París, Chaubard y Solari ya habían sido asesinados, Loupian arruinado, y sus hijos llevados a los peores extremos de la desdicha.
- Esta misma noche, tenía la intención de acercarme a Loupian y contárselo todo, pero una vez más, me has tomado la delantera… ¡Sin duda es el mismísimo diablo el que te guía, pero ni él te va a librar de mi venganza!
Picaud no dijo nada al principio. En su mente iba preparando un nuevo plan que, como no, terminaba con otra venganza: a él, que poseía más de dieciséis millones de francos, poco le costaba ofrecer a Allut unos miles a cambio de su libertad, “y después libre yo de sus manos, haré todo lo posible porque no tarde en sucumbir en las mías”.
Pero Antoine no iba a caer en la trampa. Sabía perfectamente lo que se jugaba. Condujo a Picaud al sótano de una casa, y allá lo dejó encadenado sin darle nada de comer. Cuando pasado el tiempo este le pidió algo de pan, su captor le dijo que por cada comida tendría que pagarle veinticinco mil francos.
- Jamás –fue la única respuesta que obtuvo.
- Es cuestión de tiempo. Esperaré.
No cambió de opinión. Pasó el tiempo, y el hambre y la desesperación fueron minando la salud y el ánimo de Picaud. Su sufrimiento llegó a tal punto que sufrió varias infecciones, y la fiebre le llevó a un punto de casi total inconsciencia, en la que parecía capaz de sentir el dolor físico, pero sin serle posible llegar a discernimiento alguno.
Fue entonces cuando Allut comenzó a desesperarse pensando que si Picaud moría, no habría manera alguna de hacerse con su fortuna. Intentando traerlo de vuelta a un estado de consciencia, se precipitó sobre él mordiéndole, pinchándole el cuerpo y hasta los ojos con un cuchillo, pero sin llegar a conseguir nada: únicamente –según palabras que podrían ser del mismo Allut- una sonrisa burlona y diabólica, como respuesta a todos sus intentos de reanimarlo. A consecuencia de estas torturas, Picaud murió y Allut temiendo ser descubierto por la policía y volver a ser condenado, abandona París y huye a Inglaterra.
Algunos años después, en 1828, Antoine Allut cae gravemente enfermo y el médico apenas le da unos días de vida. Viéndose a punto de morir, hace llamar a un sacerdote católico compatriota suyo. Le confiesa todo lo ocurrido tanto a Picaud como a él, dictándole los detalles de esta historia, que después corrobora con su firma en todas y cada una de las hojas que el padre ha transcrito con su testimonio.
Siguiendo las instrucciones de Allut, que murió al poco, el sacerdote envió a la policía francesa el manuscrito, todavía conservado en sus archivos, en el que se relata esta historia, encabezado por una carta que dice:
"Señor prefecto,
he tenido la satisfacción de acompañar al arrepentimiento a un hombre eminentemente culpable. Él creyó, y yo pienso como él, que sería útil haceros saber acerca de una serie de hechos abominables en los cuales este pobre desgraciado ha sido sujeto agente y paciente, a la vez. Si se siguen las indicaciones que contiene el escrito anexo a esta carta, encontrarán la cámara subterránea donde aún deben de encontrarse los restos del miserable e infortunado Picaud, triste víctima de sus pasiones y de su odio. Dios perdona, pero los hombres, en su orgullo, quieren ser más que Él, y por ello buscan la venganza, que siempre acaba por destruirlos.
Antoine Allut buscó en vano dónde y cómo estaban escondidas las riquezas de su víctima. Incluso llegó a penetrar, una noche, en su vivienda secreta, pero no halló ningún resguardo, título o documento, no pudo hacerse con ninguna suma de dinero. En esta hoja encontrará la dirección y las indicaciones precisas para llegar hasta los dos alojamientos que, con nombres falsos, ocupaba Picaud en París.
Ni siquiera en su lecho de muerte, Antoine Allut se avino a referirme cómo había llegado a tener conocimiento de los hechos que me relataba de memoria, ni quien le había dado la información sobre los crímenes o la fortuna de Picaud. Únicamente, una hora antes de expirar, me confesó: 'Padre, la fe de ningún hombre puede ser más viva que la mía, puesto que he visto y oído hablar a un alma separada de su cuerpo'.
Nada indicaba entonces que Allut sufriera de delirio; acababa de hacer una auténtica profesión de fe. Los hombres del siglo son presuntuosos y, en su ignorancia, consideran que su negativa a creer es sabiduría. Pero los caminos de Dios son infinitos. Adorémosle, y aceptemos su volutad".
(El martes, sexta y última parte: Le Journal des debats)

lunes, mayo 19, 2008

El Diamante y la Venganza IV

Prosper, el viejo limonadero…
…entró a trabajar en el café del Señor Loupian, allá por el año 16, después de que una desconocida y acaudalada viuda se presentara ante el dueño de aquél establecimiento y le pidiera que empleara a ese buen hombre, y a cambio ella le pagaría una renta mensual de cien francos. Según dijo la dama, Prosper, que debía tener alrededor de cincuenta años, había servido con fidelidad y desinterés a su familia durante muchos años, y llegado el momento en que ella debía de marchar muy lejos, era su deseo dejarle empleado en un lugar de la fama y reputación de aquél.
Loupian aceptó la oferta, y al día siguiente se presentó un hombre de aspecto descuidado y mal vestido. La señora del lugar, Madame Loupian, lo estuvo observando atentamente durante un buen rato, creyendo ver en sus rasgos algo que le resultaba familiar, pero terminó pensando que era más cosa de su fantasía que de la realidad.
No le costó al viejo limonadero, que era en ese oficio en lo que le emplearon, ganarse la confianza del Señor Loupian y su familia, viendo estos que sus principales clientes valoraban de buena manera la atención y diligencia con la que les servia. Especialmente lo hicieron los mas antiguos amigos y parroquianos de su café, quienes en mayor medida creían conocer mejor al nuevo empleado. Fue todo un detalle por parte del bueno de Prosper, recordaban todos, atender con la diligencia que lo hizo al pobre de Guilhem Solari cuando se llegó hasta el café para contarles que habían encontrado a su amigo Gervais Chaubard, apuñalado en el pont des Arts con una nota sobre la herida que le causara la muerte, en la que se decía:
Número Uno
Hubo todo tipo de conjeturas sobre la razón de tan extraña muerte, la policía investigó durante unos días, pero al no dar con ninguna pista dejaron las averiguaciones.
A la desgracia de la extraña muerte de uno de sus mejores amigos, a Loupian se le unieron poco después otras dos no menos extrañas: primero fue su perro de caza, que apareció muerto por envenenamiento una mañana a la puerta de la casa; días después le ocurrió lo mismo a un periquito que cuidaba con verdadero cariño Madame de Loupian… Algo volvió a investigarse, pero de nuevo no se obtuvo ningún resultado.
Fue por aquél entonces, o poco después, cuando la alegría pareció volver a la casa de los Loupian tras tanta desgracia. El motivo: la hija del matrimonio, con 16 años, iba a contraer matrimonio con un Marques millonario recién regresado del Canadá, tras la muerte de sus padres, para hacerse cargo de su herencia y buscar una esposa. Todos los conocidos de los Loupian hablaba del acontecimiento, sobre todo de la cena que el novio había organizado para después de la boda en el Cadran-Bleu, donde se espera que acudieran ciento cincuenta personas.
Desgraciadamente, después de la ceremonia el marqués tuvo que ausentarse y no pudo acudir al inicio de la cena. Por lo menos tuvo tiempo para mandar una nota en la que explicaba que había sido llamado por el Rey, y que comenzaran la cena sin él: a las diez de la noche estaría allá sin falta. Pero no fue así, a esa hora que era la de los postres, un mozo de servicio entró en la sala, y fue colocando un sobre cerrado encima de cada plato. A medida que los invitados fueron abriéndolo, fue produciéndose un murmullo cada vez más intenso, que al llegar hasta los Loupian se convirtió en gritos, desmayos y conmoción: en el se decía que el marido de la hija, el que se decía Marqués, no era sino un condenado a galeras liberado a cambio de representar ese papel, y que una vez hecho, se daba a la fuga.
Por si esto no fuera poco, cuatro días después, mientras la familia se encontraba en las afueras de París intentando recobrarse, un incendio -que según la policía tenía nueve focos diferentes-, arrasó el café y la vivienda de los Loupian. Al lugar acudieron numerosas personas que so pretexto de acabar con el fuego, saquearon de entre las llamas y las ruinas todo objeto de valor que quedaba en la casa.
Sin ni siquiera las joyas y bienes que hubieran podido ser salvados del incendio, los Loupian quedan totalmente arruinados. La mayor parte de los que eran sus amigos, los abandonan, y sólo el bueno y fiel Prosper se niega a separarse de sus antiguos jefes, con quienes procura volver a levantar el negocio familiar en el nuevo café que abren poco después en la calle de San Antonio. Hasta aquél lugar se llega a diario uno de los pocos amigos que quedaban a la malograda familia: Guilhem Solari. Sin embargo, tampoco esto iba a durar mucho.
Una noche, mientras entraba en su casa, Solari comenzó a sentir unos dolores atroces en el estómago que dieron lugar a fuertes convulsiones. Se llamó rápidamente al médico, y esté declaró, poco más tarde, que el paciente había sido envenenado y que, a pesar de todas las atenciones que le prestó, el infortunado murió sufriendo los mas terribles dolores. Doce horas después, sobre el ataúd en el que reposaba en el velatorio, alguien encontró una nota que decía brevemente:
Numero dos
Continuaba la extraña sucesión de desgracias: como ya sabemos, los Loupian además de una hija tenía un hijo, Eugene, quien desde hacía ya algún tiempo, acostumbraba a frecuentar a gentes de mala nota, y meterse en alguna que otra farce. En esta ocasión, le propusieron forzar la puerta de una tienda de licores y llevarse una docena de botellas, bebérselas y pagarlas a la mañana siguiente. Pero sucedió que alguien había informado a la policía de aquél plan, y que cuando fueron detenidos y metidos en prisión, sólo fue hallado culpable el joven Loupian de quién se supo además, por informantes secretos, que encabezaba una banda de salteadores, por lo que fue condenado a una pena de veinte años de prisión.
Con esta catástrofe, que arruinó de nuevo a la familia en abogados e intentos de conmover la piedad de los jueces por medio de regalos, el infortunio de los Loupian parecía llegar a su punto culminante. La que había sido la bella y rica Therese murió de pena, y su viudo e hija quedaron en la calle.
Fue entonces cuando el hasta aquél momento humilde y fiel Prosper contó a la hija de Loupian que tenía algunos ahorros acumulados durante toda su vida, y que se ofrecía a prestarles su apoyo económico a cambio de que ella le prestara a sus favores… Ella aceptó, pues no veía otra manera de salvar a su padre de aquella miseria, y esperaba que con el dinero de Prosper pudieran volver a montar un nuevo café.
Todas estas desgracias habían afectado a la razón del señor Loupian, que cada vez con más frecuencia tendía a desaparecer sin dar razón a nadie de a donde iba. Una noche, mientras se paseaba por los jardines de las Tullerias, apareció ante él un hombre enmascarado, que sin mediar otra palabra le gritó:
- Loupian, ¿recuerdas 1807?
- ¿Por qué?
- ¿No quieres hablar del crimen que cometiste en aquella época?
- ¡Un crimen!
- ¡Si, un crimen infame!, por envidia hiciste encerrar a tu amigo Picaud… ¿te acuerdas? Él ha sido quien se ha vengado apuñalando a Chaubard, envenenando a Solari, entregando a tu hija a un condenado, organizando la trama que llevó a tu hijo a prisión y mató a tu perro, al periquito de tu mujer e incendió tu casa…
Fue entonces cuando el enmascarado descubrió su rostro, viendo Loupian en él a su fiel Prosper, pero también a aquél Picaud que volvía ahora desde él pasado ejecutando aquella cruel venganza. Después sintió en el estómago el frío dolor que causó la puñalada que le asestó su atacante. Cayó al suelo, mirándole con terror, pasó su mano por la herida y justo en el momento en que había conseguido acercarla a la altura de la vista, quedó muerto.
Número Tres
Después de consumar el último capítulo de su venganza, Picaud dio la media vuelta y se dirigió hacia el exterior de aquellos jardines. Todo había acabado para él. ¿Y ahora qué? –debió de pensar. Sin embargo no tuvo mucho tiempo para preocuparse por este asunto, puesto que en aquél mismo momento alguien se le acercó por detrás y cubriéndole la cabeza con un saco, lo inmovilizó mientras le decía:
- ¡Ya te tengo!
(El miércoles, quinta parte: La venganza)

martes, mayo 13, 2008

El Diamante y la Venganza III

El viaje del Abad Baldini…
…a Nimes tenía un solo objetivo: dar con Antoine Allut para entrevistarse con él. Después de pasar unos cuantos días intentando localizarle, por fin logró acordar un encuentro en un mesón muy cercano a la Maison Carrée.
A Antoine le sorprendió que alguien que no conocía, aunque podía jurar que a ese tal Baldini lo había visto en algún sitio, tuviera un interés tan vivo en encontrarse con él personalmente. Únicamente sabía que había llegado hasta allá con el objeto de hacerle entrega de un valioso legado.
¡Qué cosa más extraña! –debió pensar Allut. ¿A qué ese interés en conocerme y entregarme algo que dicen tiene mucho valor?
Cuando por fin se encontraron, y después de la charla preliminar entraron en materia, el Abad le contó que estando preso en Nápoles por cuestiones políticas, conoció en su lecho de muerte a un hombre de unos 30 años, que había sido encerrado injustamente y que, a pesar de ello, perdonaba a los causantes de su desgracia. Era de ahí, de Nimes, y decía llamarse Francois Picaud…
Al oír aquél nombre, Antoine lanzó un pequeño grito y su rostro quedó totalmente blanco.
- Usted conocía a ese tal Picaud, ¿no es así? – le preguntó el Abad.
- Era uno de mis mejores amigos… ¡fue a morir lejos el pobre diablo!... ¿sabe usted porqué lo encerraron?
- No lo sabía ni él…
Antoine pareció respirar más tranquilo. Mientras, el Abad le siguió contando que Picaud, durante su estancia en prisión, conoció a un inglés cautivo como él, con el que entabló tal amistad que al morir regaló al zapatero de Nimes un enorme diamante que valdría más de cincuenta mil francos…
- Algún tiempo después –continuó relatando el Abad- le llegó su última hora también a Picaud, quien atormentado por su desgracia, me hizo jurar que al ser puesto en libertad vendría a Nimes a buscar a su amigo Antoine Allut –“la voz de Dios me ha dicho que él conoce el nombre de los que me denunciaron”, me aseguró-, para entregarle ese valioso diamante que le regaló su amigo inglés. Sólo puso una condición: que Allut me diera a cambio los nombres de sus delatores, para que yo los escribiera en una placa que hay sobre su tumba en Nápoles.
Al mismo tiempo que terminaba de relatar esto, el Abad descubría un pequeño bulto que acababa de colocar sobre la mesa, separándolo lentamente del paño que lo envolvía, hasta dejar a la vista de Antoine una gruesa piedra que parecía hecha de agua, en cuyo interior brillaba el reflejo del fuego que ardía al fondo de la estancia, en la chimenea.
Los ojos de Antoine y su mujer, que acababa de unirse a la conversación, brillaban aún más si era posible que el enorme diamante que estaban viendo. En un instante, todos los reparos, la prudencia e incluso, la posible desconfianza que podía despertar en ellos ese desconocido Abad, se había desvanecido completamente.
- Vale al menos cincuenta mil francos –añadió el Abad como dando la estocada final a cualquier reparo.
La mujer de Antoine corrió a avisar a un joyero vecino, quien lo tasó en más de sesenta y tres mil francos. A los Allut ya nos les cupo ninguna duda: saltaban de alegría, gritaban, y ella con los ojos llenos de lágrimas insistía en abrazar al generoso abad, quien no daba muestras de otra cosa que de querer terminar de una vez por todas con el asunto.
- Entonces, ¿estamos de acuerdo? –preguntó mirando a ambos.
- Pues claro que sí –respondió rápidamente ella- ¡venga Antoine!, ¿a qué esperas?
A pesar de todo, él pareció dudarlo durante un instante, pero la insistencia de su mujer y del abad terminó por rendirle. Se sentó a la mesa, tomó un pedazo de papel y escribió:
Gervais Chaubard
Guilhem Solari
Gilles Loupian
(El próximo lunes, cuarta parte: Prosper, el viejo limonadero)

lunes, mayo 12, 2008

El Diamante y la venganza II

Joseph Lucher, hombre de fortuna…
… nació el mismo día en que murió Francois Picaud. Para que nos entendamos: aquel fue el nombre que se puso éste al poco de ser encerrado en los calabozos de la remota fortaleza de Fenestrelle, en lo que son actualmente los Alpes Italianos.
Su condena duró siete largos años, hasta la caída del Napoleón en 1814, que hizo que quienes, como él, estaban encerrados por cuestiones políticas salieran libres con el nuevo gobierno. Lucher era un hombre avejentado por el sufrimiento y la desesperación. En el interior de su alma ardía el deseo de la venganza, de castigar a quienes le habían enviado a semejante infierno. Desgraciadamente, apenas sabía el motivo por el que había pasado todo aquél tiempo en presidio y, por supuesto mucho menos quién lo había provocado.
Fuera de él, no había manera de reconocer a la persona que fue antes: parecía mucho mayor de lo que era, y el aspecto jovial e inocente que marcaba su seña de identidad había desaparecido totalmente de su rostro.
A pesar de ello, Lucher había mostrado de cara a sus carceleros un talante sereno y respetuoso, tanto que en los últimos años que cumplió de condena, se le encomendó servir de criado a un rico clérigo milanés de origen noble, que se encontraba destinado en aquél mismo lugar. Según se cuenta en los archivos de la policía de París, es muy posible que el aristócrata llegara a conocer el pasado de su criado y sintiera por él un especial afecto, pues estando en el lecho de muerte, el 4 de enero de 1814, manifestó que lo consideraba como si fuera su propio hijo y testó a su favor convirtiéndolo en su único heredero.
El clérigo le dejaba una inmensa fortuna repartida en copiosas rentas a recibir de las bancas de Hamburgo, Amsterdam y Londres en pago por la venta de todas las posesiones que habían pertenecido a la familia del milanés. Además, antes de morir le habló de un lugar en el que había escondido un tesoro consistente en diamantes valorados en más de un millón de francos, además de otros tres millones en diferente moneda de Francia, España, Milán, Venecia e Inglaterra.
Poco más de tres meses después de recibir aquel rico legado, en abril, Lucher salía libre de la fortaleza de Fenestrelle. Rápidamente marcha a Milán a hacerse con el tesoro del que le había hablado su mentor, y de ahí pasa a Amsterdam, Hamburgo y, por último Londres. Además de aquella cantidad de dinero, el rico clérigo había proporcionado a su ahijado del conocimiento necesario para moverse con buen tino en el mundo de los negocios y la especulación, en la alta sociedad, y en los grupos de poder. No en vano, Lucher era entonces poseedor de una fortuna que podía superar a la de cualquier rey.
El nuevo potentado llega a París el 15 de febrero de 1815, exactamente 8 años después de que el pobre Francois Picaud desapareciera misteriosamente sin dejar ningún rastro. Como poco después, en marzo, se difunde la noticia de la huida y regreso de Napoleón de la isla de Elba, Luchet permanece durante los meses siguientes en un segundo plano, sin dar noticias de su existencia, no fuera a ocurrir que volvieran a enviarlo a su presidio.
Tras la derrota de Waterloo y asegurada la Segunda Restauración, se instala en las proximidades de la Plaza de Sainte Opportune, desde donde comienza a indagar sobre lo que ocurrió ocho años antes. Esto es lo que llegó a averiguar: mucha gente recordaba lejanamente la desgraciada historia de un tal Picaud, quien a punto de casarse con su prometida, fue víctima de una cruel broma por parte de tres amigos que le denunciaron. No se sabía si había huido para no ser atrapado, o si lo habían encerrado secretamente; el caso es que su prometida lloró su desaparición durante dos años, hasta que terminó por casarse con un buen amigo del desaparecido, el dueño del café Loupian, que la había estado dando consuelo todo ese tiempo. El matrimonio, además de dos hijos, le había proporcionado al marido una importante dote con la que convirtió su café en uno de los más elegantes y reconocidos de París.
Luchet parecía escuchar todo esto sin demasiado interés, pues lo que realmente le interesaba en ese momento era saber el nombre de aquellos “amigos” que habían llevado la desgraciada a la vida del tal Picaud.
- Un tal Antoine Allut –dijo por fin una de las personas a las que interrogó Luchet-, me dijo en cierta ocasión que él sabía quienes eran aquellos de los que usted habla.
- Conocí a un tal Allut en Italia –respondió Luchet- que era de Nimes.
- Pues es posible que fuera el mismo, ya que éste también era de aquél lugar.
- Ahora que lo menciona, recuerdo que ese Allut me prestó un dinero, pidiéndome que se lo devolviera en cuanto pudiera y, la verdad, quiero pagar mi deuda lo antes posible.
- Podéis hacerlo entonces con toda confianza enviándoselo a aquél lugar, pues me consta que vive allá retirado.
(Mañana, tercera parte: El viaje del Abad Baldini)

domingo, mayo 11, 2008

El Diamante y la venganza I

La siguiente historia, un paréntesis en lo que venía contando estas últimas semanas, es un hecho cierto, totalmente verdadero y, con seguridad, desconocido para muchos de vosotros, aunque a todos os va a resultar familiar. Lo que voy a relatar está escrito en una recopilación de los casos más interesantes existentes en los Archivos de la Policía de Paris y su autor, aquél que las recopiló, le puso el título, muy apropiado como se verá a lo largo de los siguientes días, de El diamante y la venganza.

Francois Picaud, un joven zapatero de Nimes...

...iba a casarse por fín con su prometida, Therese. Estaba exultante, feliz, y así le vieron todos los conocidos a los que visitaba para invitarles a los festejos previos a la ceremonia.

En aquél París de 1807, la colonia de emigrantes de Nimes y el Departamento de Gard, acostumbraban a reunirse en el café de Mathieu Loupian, muy cerca de la Plaza de Sainte Opportune. Allá se llegó Francois para encontrarse y comunicar la buena nueva al dueño del café y a tres parroquianos más, todos ellos amigos íntimos suyos.

Parece ser que el tal Loupian no le tenía demasiada buena fe al que se creía su amigo, y añadía a aquello una profunda envidia por la belleza y la fortuna que la novia iba a aportar al matrimonio. Así que no es de extrañar que él fuera quien propuso la siguiente idea, nada más marcharse el zapatero:

- Así que la boda es el martes –dijo Loupian.

- Sí en tres días.

- Pues creo que voy a retrasar la fiesta -añadió maliciosamente el dueño del café.

- ¿Y cómo lo vas a hacer?.

- Se me ha ocurrido una idea excelente… Dentro de poco va a venir el comisario a tomar su café. Le diré que nuestro amigo Picaud es un agente inglés, le detendrán, y entre interrogatorios y papeleos, os garantizo que la boda se va a posponer bastante tiempo.

Uno de los concurrentes, Antoine Allut, consideró que no era una buena idea: Napoleón les había llevado a la guerra con media Europa, y sobre todo con Inglaterra. Además, hace poco, se dieron nuevas insurrecciones en la Vendee auspiciadas por aquellos, y acusar a alguien de ser agente suyo puede ser más grave de lo que parece. Antoine, se negó a participar de ello, se levantó y se fué.

Los tres compinches siguieron adelante con su plan, hablaron con el comisario y éste a su vez se lo comunicó al Duque de Rovigo, quien ordenó, la noche del domingo al lunes anterior a la boda, que arrestaran con el mayor de los secretos al sospechoso.

Francois Picaud desapareció totalmente y sin dejar ningún rastro. Nadie volvió a verlo, ni siquiera la que iba a ser su futura esposa. Sólo podían imaginar qué había sido de él sus amigos del café de Loupian, aquellos mismos que se habían prometido que con aquella broma iba a reir a ventre deboutonné.

(Mañana Segunda parte: Joseph Lucher, hombre de fortuna).

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