viernes, diciembre 22, 2006

¿Qué sabes de las nubes?

Como es habitual en esta casa, cuelgo las nubes para despedirme por unos días. No es que sea algo que me ilusione esto de las navidades -mas bien todo lo contrario-, pero como es la humana una especie que aprende a adaptarse y sobrevivir, yo lo hago como mejor puedo en tan incómodas circunstancias; y eso no es sino saliendo a la carrera lejos de aquí, de ellos, de todo esto.
Mañana nos vamos para un pueblo que está a veinte kilómetros de Carcasona, y allá espero recibir al año que se nos echará encima en pocos días. Regresaré a principios de enero, cuando vuelva a encender este ordenador que ahora apago hasta mi regreso.
Salud, y que el próximo sea un buen año para todos vosotros.
PS: si no tienes nada mejor que hacer, he dejado aquí abajo la segunda parte de "La piel del cretense" para que conozcas otras maneras de celebrar a los dioses.

jueves, diciembre 21, 2006

La piel del cretense (y II)

Otro ouzo más; invita la casa, cómo no. Después, la mujer desapareció en la trastienda llevando la botella consigo como si se tratara de una luz que va alumbrando su paso. Mientras tanto su marido, nuestro anfitrión, continuaba repartiendo apretones de manos, dándose sonoros abrazos e intercambiando risotadas con el grupo de conocidos que acababan de entrar: les contaba no sé qué cosa en medio de un mar de gestos, y tomó un catalejo que había a su espalda en uno de los estantes, para comenzar a abrirlo poco a poco, sacando cada una de sus piezas de dentro de la anterior, sin detener mientras la cháchara en la que se había envuelto con sus amigos.
En cuanto a nosotros quedamos en silencio, ajenos a ese murmullo imperceptible que sonaba más monótono a medida que lo alejábamos de nuestros pensamientos.
Al frente quedaba aquél gran espejo, cubierto casi en su totalidad de fotografías, postales y recortes de periódicos, y por entre medio de ellas veíamos nuestra imagen reflejada en él, silenciosa, sola, muy sola, casi oculta en la pálida luz que iluminaba aquél local.
La piel del cretense estaba expuesta junto a la puerta de una choza, en un elevado pedregal a donde sólo llegaban los locos, las fieras y las moscas. De hecho, en ese lugar no se oía otra cosa que el zumbido de aquellos molestos insectos y junto al intenso calor que hacía reverberar todo lo que alcanza la vista, sólo se sentía la inagotable insistencia de aquellas moscas intentando penetrar en busca de alguna humedad en las entrañas de quien por allí se acercara.
La vieja Citeródice era la única habitante de aquél lugar, vivía en su choza custodiando lo que consideraba su única y sagrada posesión. Nunca se separaba de ese reseco y sucio pedazo de piel que en algún momento perteneció a un hombre. Dedicaba su tiempo a sentarse a observarla con detenimiento, pareciendo casi ausente cuando lo hacía, de vez en cuando se levantaba con una rama de hinojo en la mano y la sacudía contra el pellejo espantando a aquellos insectos que parecían buscar todavía algún rastro del frescor de la sangre en aquellas manchas oscuras que llenaban casi por completo la piel.
- ¡Buscais más en esta vieja y quemada piel que en la mía! –parecía decir.
Sin embargo nadie sabía qué es lo que decía Citeródice cuando emitía esos gritos agudos mientras espantaba las moscas.
Hacia ya mucho tiempo que la vieja la tenía expuesta a la intemperie, bajo el duro y abrasador sol del Peloponeso. En ocasiones era tanto el calor, que parecía que iba a terminar por arder, y despedía tal hedor que difícilmente habría ser humano con el valor de acercarse hasta aquél lugar, y sufrir en su organismo los espasmos que terminan por hacerle devolver a la naturaleza lo que de ella había tomado.
Junto a la piel del cretense, Citeródice alimentaba noche y día un fuego con el que aprovechaba para calentarse algún alimento, mientras observa en silencio el recuerdo de sus gloriosos tiempos del pasado. De vez en cuando volvía a agitar un poco la ramita sobre él, intentando espantar las moscas de nuevo, y fijaba la vista en unos extraños signos -tatuajes casi borrados por el paso del tiempo-, que cubrían una parte de él. Los intentaba leer, seguía con su índice el recorrido trazado hace ya mucho tiempo sobre aquella piel y pronunciaba unas extrañas palabras, como invocando a la señora de Eleusis para que le ayudara a comprender lo que allí se decía.
Citeródice había sido sacerdotisa de Demeter Erinia a la que se rendía un especial culto en la Arcadia. Era esta Demeter la ejecutora de la justicia infernal, la diosa que se representaba con cabeza de caballo en recuerdo de la ira que sintió la Diosa al ser violada por Poseidón, cuando había intentado esconderse de él bajo la forma de una yegua, y éste adoptó la forma de un caballo para lograr su fin. Algunos cuentan que es la forma de luna de los cascos de estos animales la que evoca desde entonces todas las noches la memoria de la Diosa.
Era cosa de otras personificaciones de Demeter el ocuparse de aconsejar en materia amatoria a los recién casados –de las seguidoras de Demeter Tesmófora-, al igual que de unirse públicamente con el rey sagrado en la siembra de otoño para asegurar una buena cosecha, antes de darle muerte en el solsticio invernal –misterio eleusino a cargo de las de Demeter Cloe o Ctonia-.
Entre los rituales propios de las seguidoras del culto a Demeter Erinia había uno que, pensaban satisfacía especialmente a su Diosa. Consistía en aguardar ocultas cerca de una encrucijada la llegada de algún viajero solitario, y cuando este se detenía para decidir qué camino tomar, saltaban sobre él vestidas con pieles equinas y profiriendo terribles gritos, para golpearle hasta la muerte con gruesos cantos decorados con motivos rituales.
Una de ellas, la mayor en edad, hincaba una punta afilada en su cuello y de manera muy precisa -de la misma que le habían enseñado en su noviciado-, lo recorría con fuerza de un lado a otro hasta separar la cabeza del cuerpo. Después marchaba con ella a los campos del templo, y entonando un antiguo salmo los cruzaba en su totalidad dejando caer sobre la tierra yerma la sangre fecundadora de su víctima.
En cierta ocasión que Citeródice cumplía las principales funciones, dieron con un extranjero de muy avanzada edad que caminaba hacia el sur cantando despreocupadamente himnos órficos, de esos que dicen estar compuestos con el alfabeto de trece consonantes cuyo sonido hace moverse a los árboles. Esto no hizo sino redoblar su ira contra él, no tenía en buena estima a lo que tuviera que ver con Orfeo, y la rabia con que lo golpearon sólo pudo ser detenido por el grito de aviso de una de ellas, que dejó inmediatamente de golpearle señalando unos extraños tatuajes que había en su cuerpo. Por mucho que miraron unas y otras, ninguna fue capaz de adivinar ni su significado ni su procedencia.
Dado pues que era algo desconocido para ellas y querían asegurarse de qué era aquello tan extraño con lo que habían dado, guardaron sus piedras rituales, ataron con fuerza sendas cuerdas a cada uno de sus tobillos, y entre todas lo llevaron arrastrando y agonizante hasta su templo.
Para cuando llevaron consigo a un anciano de la vecina Esparta que les dijera qué era aquello, el forastero había muerto. El espartano observó los signos dibujados en su piel, se limitó a decir un nombre –Epiménides-, y marchó sin contar más. Dos días después, una incursión espartana asaltó el templo, lo destruyó y tras matar a sus sacerdotisas, se llevó el cadáver consigo. Sólo Citeródice logró huir con vida.
Por aquél entonces Epiménides tenía gran fama en toda la hélade: era un conocidísimo intérprete oracular, medico, poeta, seguidor de los ritos órficos e iniciado en el culto a los Curetes.
Sobre él cuenta Flegón en “De los que vivieron mucho”, una conocida anécdota: estando un día al cuidado de sus ovejas, se le escapó una de ellas, y buscándola entró a una cueva. Sería cosa de los calores del mediodía, o la pesadez que habían dejado en su estómago los pedazos de kefalotori que se había tomado hace un rato, regándolo con unos sorbos de tsikoudiá, licor con el que acompañaba a aquél queso para compensar su sabor salado; el caso es que sintiéndose a gusto al fresco de la cueva, quedó profundamente dormido, tanto que se quedó así durante ciento cincuenta y siete años.
Conocido lo sucedido, en toda Grecia, se consideró que por medio había algún tipo de intervención divina, aunque nadie se sentía capaz de adivinar si su intención era benigna o aviesa. Al final, y dado que necesitaban una respuesta a semejante enigma y no había forma de obtener una certeza, dieron en asegurar que Epiménides era un protegido de los dioses, y como tal debía tenerse con veneración y respeto todo aquello que hacía o decía.
Divino o no, Epiménides no tardó en sacar provecho de su situación, y dado que sus crédulos conciudadanos iban a ver en sus palabras un mensaje oracular difícil de desentrañar, dejó caer aquello de:
“Yo, un cretense, digo: todos los cretenses son unos mentirosos”
La paradoja estaba servida. Mucho antes que Eubulides de Mileto, Epiménides había enfrentado a su tiempo con la primera de las paradojas y con el nuevo mundo de la razón lógica y las ideas.
Pero esto queda dicho a toro pasado, ahora que lo vemos desde la distancia: entonces era sólo un quebradero de cabeza que volvió loco a más de uno –cuentan que Aristóteles incluído-. También dejó su legado en una expresión en griego clásico: Êñçôßæù; y que viene a querer decir algo así como “obrar o hablar como un cretense, ser un impostor”.
Algunos siglos después todavía se recordaría esta frase del cretense, y Pablo de Tarso, el que convirtió una secta judía en religión universal, escribió en una carta a Tito, uno de los primeros cristianos no circuncidados, la siguiente advertencia sobre los cretenses:
“Uno de ellos, profeta suyo, dijo: Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos” Tito, 1 12
Pero la fama de Epiménides no se detuvo aquí, sino que hubo otros hechos que la acrecentaron aún más: fue autor de varias teogonías, de una colección de oráculos, de un poema épico sobre la construcción de la nave Argos y la expedición de Jasón, prosa ritual, y una cosmogonía. De todo ello no ha sobrevivido nada, todo ha quedado perdido bajo el manto del tiempo.
Dicen que fue al final de su vida cuando le llamó Solón desde Atenas para que les ayudara en su lucha contra la peste. Dados los buenos resultados que tuvo y el apreció que se ganó de todos los atenienses, estos le invitaron antes de marchar a que pidiera lo que quisiera, cualquier cosa: el cretense solicitó una rama de olivo y un tratado de paz perpetuo entre Cnossos y Atenas. Después marchó de vuelta a su tierra atravesando el Peloponeso…
Cuando encontraron aquellos extraños signos en su cadáver, los espartanos se apropiaron de él, lo desollaron y lo tuvieron expuesto en su consejo durante mucho tiempo, pensando que aquellas misteriosas marcas, procediendo además del cuerpo de quién procedían, eran sin duda portadoras de la buena suerte.
Algunos años después, la piel del cretense desapareció del lugar, y a pesar de mandar a buscarla, no hubo manera de dar con ella. Algunos aseguraron entonces que fue la misma sacerdotisa que le había dado muerte quien se apropió de ella y huyó a un escondido rincón de lo más remoto de su Arcadia natal.
Poco a poco nuestro anfitrión fue cerrando el catalejo que había estado mostrando a sus amigos, produciendo ese sonido sedoso, casi imperceptible que hacen las piezas al deslizarse –como las historias que habíamos recordado- unas dentro de otras.
Sin darle tiempo a continuar con su verbosidad, le pedimos que nos dijera lo que le debíamos, y tras escucharle descubrimos que en eso de cobrar era más cretense que en cualquier otra cosa. Al ouzo invitaba la casa…
- ¿Epiménides? –nuestro anfitrión se encogió de hombros abriendo exageradamente los ojos y apretando los labios cuando le preguntamos por él mientras pagábamos – no sé quién es ese…
- Existe –intervino uno de los recién llegados -, una vieja expresión en nuestro idioma que hace referencia a todo lo que se considera maravilloso o prodigioso, diciendo de ello que es “como la piel de Epiménides”.
Salimos a la calle. Había anochecido y hacía ya un tiempo que no llovía. Incluso el cielo estaba ahora despejado, lleno de estrellas y en medio de ellas lucía una creciente luna, con la misma forma que el casco de un caballo.

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domingo, diciembre 10, 2006

La piel del cretense (I)

Hace ya unos cuantos años, nos encontrábamos en los alrededores de la Plaka de Atenas camino del hostal en el que nos alojábamos, cuando sin aviso previo, el soleado día que nos había acompañado hasta entonces, tornó en chaparrón inmisericorde, en aguacero copioso, haciendo que saliéramos corriendo todos los que por la calle andábamos a protegernos de las saetas de aquél ataque sorpresivo de las nubes.

Después de mucho correr intentando ocultarnos bajo las viseras de algunos escaparates, y saltar cruzando las calles entre charcos, dimos con nuestros marinados cuerpos en una pequeña tasca que estaba casi escondida, al principio de una angosta calle perpendicular a aquella por la que marchábamos. Su aspecto no invitaba a mucho, pero el que estaba tomando el día lo hacía menos a permanecer por más tiempo expuestos a la intemperie.

El interior de aquél bar era de esos que los hay en cualquier lugar del mundo, y que a todos nos recuerdan a esa decoración de interiores tan clásica de finales de los sesenta y principios de los setenta: diseño lineal, sobrio y totalmente impersonal. Afortunadamente, puede que sea un decir, el tiempo y sus propietarios habían ido mimetizando el lugar a su personalidad, en forma de unas cuantas fotografías, postales y recortes amarillentos colgando de los bordes del gran espejo que había tras la barra; también había una interminable colección de botellas expuestas en estanterías a ambos lados de aquél cristal; y un viejo radiocasete reproduciendo canciones que parecían ser de folklore seguramente cretense; un curioso dibujo decoraba la pared que hay frente al espejo, representando a un forzudo con dos cañones en sus brazos disparando cada uno en una dirección; al fondo, la barra se cerraba contra la pared liberando el espacio estrecho que era aquél bar para dejar un área un poco más amplia, donde había colocada una pequeña mesa circular con cuatro sillas: allí colgaban de la pared como media docena de carteles de lo más colorido y kitsch, -que se diría hoy- representando a sonrientes artistas de aspecto casposo, encorbatados y entrados en años, o neumáticas odaliscas en pose de estar subiendo una escalera de mano.

El mostrador, de lo mugriento que estaba, se pegaba a uno en los brazos, a los papeles o a cualquier cosa que llevara consigo, como si una fuerte mano invisible quisiera evitar que nosotros o nuestras pertenencias pudiéramos salir de ahí. Seguramente esto explicaría la sonrisa del dueño de aquella tasca cuando observaba intentar marcharse al único parroquiano que había allá cuando llegamos nosotros.

Aquél lugar, que tenía el nombre de una localidad cretense que ahora no recuerdo, estaba regentado por un hombre delgado, bajo de estatura, quemado por el sol, el rostro avejentado y unas enormes patillas blancas que parecían estar empeñadas en cubrir toda su cara.

Junto a él, estaba su mujer que era en todo su contraria: gruesa, alta, con el rostro terso y muy pintado. Se movía con desenvoltura en su feudo que era aquella tasca y no tenía ningún recato en hablar a todos sus clientes a gritos, con tal fuerza que creo recordar que fueron aquellas voces las que llamaron nuestra atención sobre aquél lugar cuando buscábamos cobijarnos de la lluvia. En cierta manera era ella la dueña y señora del lugar, pues su marido, a lo que vimos, se limitaban a permanecer en la barra dando conversación a la parroquia.

Así que allá estábamos, empapados, cansados por las jornadas que llevábamos recorriendo en coche aquél país, sedientos y pegados literalmente a la barra de una tasca.

- Hola, de donde vienen ustedes –nos dijo en ingles el hombre, según nos vio colocarnos a un lado de la barra, sin preocuparse lo más mínimo por si queríamos tomar algo.

He de decir que ya en las primeras palabras que intercambiamos con él notamos un acento diferente al de las gentes con las que habíamos hablado aquellos días. Era el de este hombre muy parecido al que suele emplear el que aquí escribe, y que es muy poco dado a los idiomas: arrastraba pausada y contundentemente las erres; pronunciaba con claridad toda aquella letra que hubiera en la palabra, sin detenerse en las particularidades de la pronunciación inglesa; y trasladaba literalmente giros expresivos propios de su idioma a aquella lengua, dando lugar en muchas ocasiones a la confusión de quienes le escuchábamos. Todo ello lo hacía como debe hacerlo quien disfruta con orgullo de su acento: con total tranquilidad, y presuponiendo que se le entiende perfectamente sin necesidad de esforzarse más.

Pasadas las primeras preguntas –las llamadas de rigor-, que estaban destinadas a saciar la curiosidad más inmediata de nuestro anfitrión, su señora –que había permanecido hasta aquél momento ajena a nosotros- nos preguntó por lo que queríamos –dos cafés, le dijimos- y tras poner en marcha la máquina, cogió una botella y dos pequeños vasos, y sin decir nada, los puso ante nosotros y los llenó.

- Un poco de ouzo para quitar el frío acompañado con el café sienta muy bien –nos dijo el hombre adelantándose con ello a cualquier resistencia por nuestra parte de aceptar su invitación-.

No he sido nunca amigo de anises, ouzos, tutones, rakis ni pastises, pero dado que nos aseguró estar invitados a ello, y que estábamos en la cuna de tan conocido licor, lo aceptamos sin más reserva, lo bebimos y continuamos con el café mientras nuestro anfitrión no paraba de darnos charla.

Según nos dijo, él y su mujer procedían de Creta y hacía ya algunos años habían emigrado a Atenas en busca de mayor fortuna. Nos contó una extraña historia sobre su familia que, entre el acento y los giros indescifrables que a veces empleaba, sólo llegamos a entender a medias. Todo vino a cuento de una fotografía que vio en la portada de un folleto que nos había dado poco antes: era la imagen de un icono que según lo vió, encendió sus ojos y comenzó a relatarnos cómo hubo en casa de su padre un par de ellos con siglos de antigüedad que fueron vendidos a unos turistas por muy poco dinero.

Después nos contó que él mismo, durante muchos años, estuvo recorriendo primero la isla, y después la península, dedicándose a hacer lo que, según él, mejor sabía: dibujar. Lo hacía decorando las paredes de bares, panaderías, talleres, etc… Vivió durante muchos años en los alrededores de Volos –curiosamente el lugar de donde partió Jasón con sus argonautas- una pequeña península muy montañosa y llena de pequeñas aldeas y pueblos aislados del mundo. Cuando alguien precisaba de sus servicios, mandaba a buscarlo y le señalaba un tema que él, de la mejor manera que podía, reproducía en la pared del lugar. Según nos contó, la mayor parte de las veces le reclamaban temas relacionados con su independencia de los turcos o con personajes populares, muy rara era la vez que se recurría a la mitología clásica.

Como muestra de ese arte, nos mostró el dibujo que había en la pared frente al espejo, el que representaba el forzudo con dos cañones en sus brazos. Parece ser que es copia de uno que pintó en una panadería de Velentsa, y por el que sentía especial afecto por tratarse de la representación de un personaje que fue un buen amigo de su padre.

- Para quien no es griego el nombre de Panagis Koutalianos no significa nada –dijo moviendo suavemente la cabeza de un lado a otro- ¡nada!. Pero cualquier griego sabe en cambio de quién estoy hablando, conoce muchas de sus historias y asegurará que alguna vez ha cantado junto a sus amigos la canción “El hombre más fuerte de esta era” que le dedicaron en vida.

A pesar de interponer la palma de mi mano entre la boca del vaso y la botella, tuve que terminar por retirarla ante la amable insistencia de aquella gigantesca señora que acompañaba como una sombra todos los movimientos de su marido.

- A ustedes les extrañará –continuó nuestro anfitrión- si les digo que una vez hundió un barco turco de un puñetazo ¿verdad?; pues si lo conocieran no les parecería tan raro. Toda Grecia le llamaba “el nuevo Hércules”, y no hubo nadie que tuviera el valor necesario para llevarle la contraria. Mi padre lo conoció cuando servía en el ejército, en una ocasión en que presenció una exhibición pública del nuevo Hércules ante el Señor Venizelos, nuestro primer presidente ¿sabían ustedes que era Cretense? –apostilló con orgullo-.

Asentimos sin darle mucha importancia, como invitándole a que continuara con su historia.

- Esa fue la exhibición –dijo señalando la pared-, la dibujé tal y como me la contó mi padre: cogió dos cañones en su brazos y apuntó con uno a levante y el otro a poniente, y cuando lo tenía todo ya dispuesto, los disparó sin apenas moverse del punto en el que estaba en pié. Fue algo prodigioso, tanto que el ruido se oyó a kilómetros de distancia y los que allí estaban, mi padre incluído, quedaron asustados pensando que aquello había sido una provocación al sol y a la luna, y que por ello nunca más volvería a anochecer, ni amanecer y los astros quedarían fijos donde estaban por siempre jamás. Y allí se quedaron mi padre y sus compañeros durante largas horas, sin moverse hasta que por fin anocheció y entonces todos marcharon juntos a la cantina del pueblo a celebrarlo bebiendo todo el ouzo que les pudiera entrar en el cuerpo.

Llegados a este punto, nuestro anfitrión se quedó callado, su mujer nos llenó una vez más el vaso, mientras nosotros permanecíamos también en silencio observando aquél mural.

Fuera había dejado de llover, y comenzaron a entrar en el lugar los que debían de ser habituales, vistos los besos y abrazos, así como las palabras amistosas que se intercambiaban con nuestro anfitrión. En ese momento, tuvimos la sensación de que la tormenta y la soledad en la que habíamos estado en aquella tasca habían sido preparadas para que llegáramos a escuchar la curiosa historia de aquél hombre.

Dudamos también de cuanto había de verdad en lo que nos había contado, pero ¿quién se atreve a decir que un cretense es un mentiroso?

viernes, diciembre 01, 2006

Luciano y los cincuenta aulladores

Hace un par de días me pasé por Vitoria para ocuparme de un asunto que me iba a llevar gran parte del la jornada. Cuando terminé dos de las cosas que había ido a hacer eran ya cerca de las dos del mediodía, así que aplazando el resto para la tarde, busqué un lugar donde comer algo.

Dado que no era el caso de regalarse con espléndidos manjares, ni de aprovechar para hacer algún descubrimiento gastronómico; a la hora de la selección del lugar me guié casi exclusivamente por un solo criterio: el lugar más tranquilo y solitario que pudiera encontrar.

Después de un par de vueltas por las calles del centro de la ciudad, di con uno de esos lugares que tienen la apariencia de pub inglés típico: amplio, de madera, adornado con antigüedades de tienda de regalos, y en penumbra; no había prácticamente nadie, y anunciaba un menú aceptable en la puerta, así que sin pensarlo mucho más decidí entrar.

Hice la comanda y me senté. Fue entonces cuando me di cuenta de que había junto a mí un revistero: sin pensarlo dos veces cogí una que tenía la fotografía de Saturno en su portada, y despreocupadamente me puse a mirar los santos.

De todo lo que vi, hubo algo que llamó especialmente mi atención. Era un artículo ilustrado con unas maravillosas fotografías de enormes icebergs de un color azul que rozan lo increíble, que flotaban en medio de unas aguas oscuras y tempestuosas. Sobre aquellas islas heladas podían verse grupos de pinguinos desfilando en perfecto orden, algunos lanzándose por terribles acantilados y otros peleándose con las aves que pretenden arrebatarles su alimento.

El lugar, según rezaba el texto que acompaña a éstas imágenes, es uno de los más recónditos del planeta, se compone de un grupo de pequeñas islas rodeadas en gran parte de hielo, y su aspecto frío y desolado era prueba inequívoca de que es pasto continuo de los más gélidos y poderosos vientos. No en vano, los navegantes conocen a aquél lugar por el nombre que ha dejado el viento a su paso por él: los Cincuenta Aulladores.

A los Cincuenta Aulladores se les puede encontrar, o mejor dicho escuchar, al sur del Atlántico, allá donde los gigantes icebergs del Polo Sur son ya frecuentes y se les puede ver aparecer y desaparecer de la vista en medio del eterno oleaje que ha provocado aquellos terribles vientos. Quienes han estado allá dicen que la única manera de no ser presa del pánico, es distraer la atención contando el número de aullidos que pueden distinguirse en medio de aquellos vientos.

¡50!. Aseguran que no hay hombre vivo que haya escuchado más de 50 aulladores, porque si se sobrepasa esa cantidad en el recuento, lo mejor que puede hacerse es encomendar el alma de uno a Dios o a los diablos, si el pobre que ha llegado hasta allá considera que va a encontrarse con mejor compañía en el infierno que entre abates y santurronas.


Cuando uno observa estos lugares perdidos en lo más recóndito de los grandes océanos, le da en pensar que todavía hay donde se puede desaparecer en vida, disfrutar de la más profunda de las soledades que existen en el mundo, en compañía -eso sí-, del interminable aullido de los 50 vientos que enfurecen los mares incansablemente.

Es obligada la referencia a ese sentimiento de naufrago que se desata cuando se observan lugares como éstos, y a aquellos antiguos navegantes que aventuraban su vida por mares desconocidos, en busca de vaya usted a saber que prósperos reinos dispuestos a rendir enormes fortunas a sus pies.

Aunque su derrota se dio en otras latitudes, todo esto revivió en mí aquella historia ancestral del naufrago Yámbulo que fue arrojado allá por tiempos anteriores a los de nuestra era al océano en una balsa, y tras cuatro meses de navegación solitaria llegó a un archipiélago de -¡casualidad!- 7 islas, donde se quedó a vivir con los hospitalarios indígenas.

Según nos cuenta Diodoro de Sicilia en aquellas islas los días tenían la misma duración que las noches, el clima era muy agradable, el agua marina dulce y la naturaleza muy generosa con el hombre. Los nativos eran de una raza desconocida y, entre otras particularidades, tenían una lengua bífida, lo cual les permitía mantener dos conversaciones a la vez.

Yámbulo había dado con una de las más antiguas versiones de Utopía, pero como si también quisiera adelantarse a los postulados rousseaunianos del “buen salvaje”, debió de dar claras muestras de lo que el hombre civilizado es capaz de hacer en un paraíso como aquél, y después de siete años fue expulsado por los nativos por sus hábitos perversos. Nuestro navegante tuvo que conformarse con tomar rumbo a la India, y retornarse de allá a su Grecia natal.

El gran Luciano de Samosata, cuyos Relatos Verídicos propiciaron que encadenara lo que estaba leyendo sobre los Cincuenta Aulladores con la historia de Yámbulo, fue quien reescribió esta última y combinándola con Los prodigios más allá de Tule de Antonio Diógenes, hizo sátira de ellas, como era costumbre en él, para darle después el mencionado título de Relatos Verídicos.

Sobre todo esto prevalece la idea de la Utopía, que a partir de estos escritos se iría desarrollando a lo largo de los siglos; la convicción de que aún existen lugares perdidos en ese inmenso y uniforme azul de los mapas, en los que se puede comenzar de nuevo, abandonando todo lo que ocupaba hasta el momento en las lejanas tierras desde las que uno procede; todo, incluso los recuerdos…

Y hablando de ellos, en aquél momento me acordé de donde estaba y lo que hacía allá, levanté la cabeza de aquella revista y miré alrededor. Eran poco más de las tres, hora de irse; pagué lo que debía, me despedí y salí a la calle a continuar con mis asuntos.

Mientras caminaba, tenía la sensación de haberme despertado de un extraño letargo, y parecía como si lo hubiera hecho con mucha brusquedad, como cayéndome de la cama tras un profundo sueño, del mismo modo que le ocurría al Pequeño Nemo al final de cada una de sus aventuras.

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