lunes, enero 29, 2007

¡Que siga la ronda! (un Meme literario)

Imagen de "La Guerra de los Botones" (1962), de Yves Robert.

Cuando era un crío, de eso hace ya una buena porción de décadas, teníamos en nuestros juegos y hábitos escolares una maneras tan rupestres, que vistas desde la distancia a uno le parece que de habernos descubierto algún antropólogo, hubiera disfrutado de lo lindo describiendo, tomándonos como referencia, los usos y costumbres de las comunidades cavernícolas más incivilizadas.

Me explico. Al igual que en grupos tribales considerados más atrasados que el nuestro, hacíamos uso de cerbatanas que en nuestro caso no eran sino las cápsulas de los bolis Bic con los que impulsábamos de un fuerte y seco soplido una especie de masilla hecha a partir de saliva y un pedazo pequeño de papel.

Nuestros objetivos favoritos eran la espalda asotanada del Padre Artola –puño justiciero del mal estudiante-, y las pizarras de las aulas vecinas. Nuestros pupitres, de los que ya he dicho algo en otra ocasión, eran lo más parecido que había al trastero más abandonado e inmundo que pudiéramos conocer. Por guardar, había quién guardaba en ellos hasta moscas, hormigas y plantas.

Eran estos pupitres el recuerdo de algo que entonces no estaba tan lejos en el tiempo como ahora pudiera parecer: eran dobles, de madera sólida, con una pesada tapa que se abría levantándola y con un agujero en medio donde hasta algunos años antes se depositaba el tintero. Ahora era sólo un agujero negro y sucio al que casi no nos atrevíamos ni a mirar.

Creo yo que por aquél entonces empecé a sentir cierta afinidad por las marcas de los compagnons de las que hablaba en mi anotación anterior, pues era habitual encontrar en todo el rededor, e incluso el interior del pupitre, marcas, rallas, dibujos y frases hechas a base de apretar con tal fuerza el bolígrafo, que no eran pocas las ocasiones en la que la punta del mismo salía volando por encima de la cabeza de quién se tenía delante.

Pero no crea el lector que todo era salvajismo y desorden, pues también teníamos nuestra parte de sensibilidad, de mostrar nuestros afectos ante el profundo sentimiento de amistad que teníamos hacia aquellos con quienes compartíamos nuestros recreos y la lectura de tebeos.

Para demostrarlo, nada mejor que, cuando se presentaba la ocasión, ponerle a ese amigo la zancadilla cuando pasaba por el pasillo de pupitres junto a nosotros; pegarle una ducha de agua en medio del patio de recreo, tapando con los dedos parte de la boca del chorro de la fuente del colegio; o dándole un golpe seco en la nuca con la regla o un fuerte pisotón a la vez que le decíamos:

¡Que siga la ronda!

Como respuesta a esto último, veíamos que inmediatamente lo repetía con quien tenía más cerca, hasta producir un efecto multiplicador que podía alargarse durante un buen rato.

Ha pasado el tiempo desde entonces, ¡qué remedio!; y las cosas han cambiado. En plena era de la informática, de lo políticamente correcto y de lo simple e insustancial como medio de abarcar mayores cuotas de mercado, uno piensa que aquella aldea global que preconizaba Marshall McLuhan, ha asentado con toda solemnidad sus reales en nuestra forma de vida. Tanto que incluso tendemos a hablar –y, por ello, en un futuro a pensar-, todos igual. Tanto es así que no es raro que nos encontremos con más de una palabra de las que se usan hoy en día cada vez con más frecuencia, que en principio nos resulta incomprensible, o a la que no le captamos el sentido a pesar de que, por lo que se ve, se emplea de aquí a Kuala Lumpur.

Voy a centrarme y entrar en la cuestión antes de que tú, lector que ha sobrevivido al desbordamiento de mi memoria e ideas en las líneas precedentes, huya atemorizado como ya habrán hecho muchos, con razón, antes de detener su mirada en el punto y aparte que marco a continuación.

La primera vez que oí la palabra “Blog”, me quedé pensando en qué diablos era eso, y si lo que deducía podría ser lo que era.

- Blog es una bitácora donde puedes escribir lo que quieras. Es como un diario –me explicó un buen samaritano.

Bien. Me quedó claro, como antes lo había ido haciendo palabras con link, frame, stream, Server, etc… -por sólo limitarnos al lenguaje informático-… Pero ¿y eso de post, que és?.

- Pues chico, son las anotaciones que vas dejando en tu bitácora.

- Aahh…

Y así he seguido, con ese complejo de salvaje del Aveyron, enfrentándome según aparecían a las novedades del mundo bitacorero, hasta que un día encontré una que me entretuvo un buen rato.

No recuerdo dónde, pero viajando de enlace a enlace por las bitácoras que me iban apareciendo, leí cómo el autor de una de ellas se rasgaba las vestiduras, tiraba de los pelos e imploraba ayuda a los dioses, pues alguien le había mandado una cosa a la que llamaban Meme. Quedé quieto en su hoja, picado por la curiosidad:

- ¿Será que le ha llamado memo y por eso se muestra tan dolido?.

Miré la bitácora de la que procedía el Meme en cuestión y leí los comentarios cruzados entre éste y el anterior.

- Pues parecen llevarse muy bien, ¿será algún virus?, ¿un mensaje críptico que solo entiendo ellos?... ¡Deja Charles, y continua leyendo al que se queja para ver si te enteras de algo!.

Después de la retahíla de lamentos y maldiciones más variadas, el autor continuaba contestando obedientemente a preguntas del tipo: ¿cuál es tu canción favorita para oír en soledad?; ¿y tu plato?; ¿a dónde te gustaría ir de viaje?... y cosas como estas. ¡Pues vale!, me dije.

Una vez contestado todo, y como si quisiera vengar su dolor en quién tuviera más cerca, puso al final de tan interesante confesión, una lista de cinco nombres a los que invitaba a hacer lo mismo.

Fue entonces cuando entendí –más o menos-, de qué iba eso del Meme: un “!que siga la ronda!” de nuestros días, en el que se sustituye el dolor físico por cierta inducción a la exhibición de la propia intimidad. Eso sí, siempre dentro de los términos de la amistad.

El caso es que hace unos días mi amiga Ofelia me invitó a continuar uno de estos “!que siga la ronda!” que ya había visto antes en la bitácora de Leodegundia y que, a diferencia de otros, me pareció interesante.

Las normas del juego son sencillas:

“reproducir el quinto párrafo de la página 123 del libro que estés leyendo en este momento”.

Nada más.

Antes de empezar quiero aclarar que lejos de decir aquello de: “no es que me haga mucha gracia esto de los Memes”; éste al que me han invitado me parece interesante y participo encantado, no por lo que vaya a contar, sino porque el Charles maligno se está relamiendo de gusto pensando en aquellos a quienes va a decir eso de “!que siga la ronda!”.

Pero antes vamos a lo nuestro. El interesante libro que estoy leyendo en estos momentos es el “Tratado de ateología” de Michel Onfray, en la edición de Círculo de Lectores.

En él no hay un quinto párrafo, así que transcribo el segundo de la página 123:

“Son conocidas las peripecias de Orígenes cuando toma a Mateo al pie de la letra. El evangelista diserta (Mt 1912) sobre los eunucos, establece una tipología –privados de testículos desde el nacimiento, castrados por otros o automutilados por causa del Reino de Dios- y concluye: “El que puede comprender, comprende”. Astuto, Orígenes corta por lo sano y de un cuchillazo se elimina los genitales, antes de descubrir, probablemente, que el deseo no es asunto de testículos sino de cabeza… Pero demasiado tarde…”


Pena haber llegado hasta aquí con esta cantidad de líneas sobre estas palabras, pues me quedo con las ganas de comentar lo aquí dejo transcrito. Lo dejaré para otra ocasión.

Lo que no voy a hacer es olvidarme de lo mejor, así que, después de pensármelo mucho, Medea, Vere y Herri, Vailima, Ladydark y “aquél a quien no le gusta que se le enlace”: ¡seguid la ronda! .

Salud y Fraternidad

martes, enero 23, 2007

Charlois le bruit dans la tete


Visitábamos aquél día la bella ciudad de Narbona, la que recibe el tramo final del Canal du Midi, la misma que exhibe orgullosa el Palacio Arzobispal y hace gala de unos horarios de visita tales que nos animamos a aprovechar todo ese tiempo para merodear por los alrededores, y curiosear tanto por callejuelas como por avenidas. También nos dio tiempo a visitar uno de esos Internet Cafés, de los que hay cada vez más, revisar los correos y hacer una visita fugaz –como no- a los amigos blogeros.

Acabábamos de salir de ahí, cuando bajando por la Via Domitia dimos con una vieja tienda en la que se veía, a través del escaparate, que en ella se vendían libros de segunda mano, a precios que era casi imposible resistirse a salir con alguno bajo el brazo. Así me pasó con una biografía de Mirabeau, otra de Saint Just, una de Danton, la vida del famoso inquisidor Jacques Fournier y un último libro del que voy a hablar a continuación.

“Ils voyageaient la France. Vie et traditions des compagnons du tour de France au XIX siecle”, cuenta la vida y sucesos de unos cuantos “Compagnons du tour de France” a partir de lo que dejaron escrito en sus diarios. En cierta manera, lo que relata son las vivencias de los herederos de aquellos otros “Compagnons” que recorrían la Europa medieval construyendo iglesias, catedrales, edificios civiles, o aquello que les dieran la oportunidad de hacer para ganarse la vida y dejar en ello su impronta. Ahora se limitaban a recorrer únicamente su país, de ahí la denominación que nos recuerda tanto a la actual competición deportiva.

Así, cuenta Abel Boyer en su diario que a finales del siglo XIX, cuando su padre consideró que había aprendido el oficio de herrero, le regaló su primer delantal de cuero y recibió un bautismo ritual por parte de todos los artesanos de la comarca en la cantina del pueblo:

“el delantal nos sirvió como mantel mientras bebimos, y una vez que vaciaron sus vasos, todos los asistentes les dieron la vuelta, dejando que su borde húmedo trazara circunferencias vinosas sobre la parte del delantal que cubría mi corazón, como si todos ellos, mis padrinos, estuvieran firmando con la mayor de las devociones. Aquél día hablamos mucho de hacer el Tour de France”.


Abel, como muchos otros, emprendería después de esa iniciación el recorrido a lo largo del país, trabajando primero como aprendiz, hasta poco a poco ir liberándose y haciendo valer su trabajo como el de un maestro en su oficio. Mientras tanto recorrerá gran parte de la geografía francesa e irá encontrándose con muchos que ejercen su mismo oficio y que le irán recomendando ingresar en cualquiera de las familias –devoirs, sería más exacto- de compagnons para recibir ayuda, protección, asistencia y los conocimientos que aquellos guardan como el más preciado de sus tesoros. Además, el compagnon –que es como se llama al que pertenece a cualquiera de esas familias-, acaba por ser conocido entre sus iguales por el nombre que éstos le han dado, y que hace referencia tanto a su origen como a un aspecto sobresaliente de su carácter:

Nantois Lennemi du repos
(Nantés el enemigo del reposo)
Bourginio L’incredule
(El incrédulo Borgoñón)
La Clé des Coeurs L’Albigeois
(El albigense llave de corazones)

El trato entre ellos, y la misma manera de relacionarse seguía un cuidado protocolo que empezaba con el “topage” o saludo inicial, con el que se identificaban entre ellos al encontrarse en el camino. Según cuenta el libro, y traduciéndolo de la mejor manera posible, cuando dos de ellos se encontraban marchando el uno hacia el otro y se reconocían como posibles compagnons, se detenía dejando unos veinte pasos entre ellos:

- ¡Tope! –decía uno.
- ¡Tope!
- ¿Cuál es tu vocación?
- Pintor, ¿y la tuya, paisano?
- Yo tallo la piedra.
- ¿Compagnon?
- ¿Si, paisano, y tú?
- Compagnon también.

Entonces se preguntaban “¿de que deber?” (de quel devoir) y, si eran del mismo, se acercaban el uno al otro y se intercambiaban al oído algunas palabras secretas, tras lo cual se daba por confirmado el reconocimiento, y compartían alimentos, consejos, referencias e incluso se acercaban al pueblo más próximo para celebrarlo.

En caso de no ser del mismo deber, la cosa podía acabar sin muchos problemas a garrotazos y es que pertenecer a Les Enfants de Salomón, llamados Compagnons du devoir de liberté, o pertener a Les enfants de maitre Jacques, llamados a su vez les Compagnons du Devoir a secas, eran cosas muy diferentes para cada uno de ellos, y de poco fiar para el otro.

El caso es que en estos encuentros, cuando eran cordiales, se contaban de todo, y hablaban de los lugares por los que habían pasado y la gente a la que habían conocido; pero claro, los podía haber también que se dedicaran a inventar sobre sus correrías, y para ello tenían también estos sus propias soluciones, a las que llamaban “remarques du tour”: eran detalles secretos que podían encontrarse en los principales monumentos del país, y cuya descripción permitía demostrar que se había pasado por allá. En Montpellier por ejemplo, en el interior del “Chateau D’eau” había un bajo relieve representando una anguila que escapaba de unas redes.

Eran muchos los casos en los que este testimonio se hacía a la inversa, esto es: quién estaba en algún lugar en el que deseaba dejar testimonio de su paso, imprimía en él su nombre o su marca:

“Es una vieja manía la de dejar alguna marca de uno mismo; muchas veces la han ridiculizado diciendo que el nombre de los asnos se encuentra en todas partes. Asno o mulo, yo he gravado mi nombre al abrigo del campanario de mi pueblo, cuando me encargaron engrasar las campanas; algunos compagnons me han contado que han visto mi marca en lo alto de la torre Magna, desde donde se ve un pequeño jardín con una fuente, en Nimes, y en St. Baume,…”

Para ellos descubrir estas marcas era en ocasiones, algo más que poder dar el testimonio de haber estado en un lugar: era la oportunidad de dar con los nombres de otros compagnons, algunos amigos, e incluso familiares que ya no estaban presentes. Según cuenta uno de ellos en su diario, era motivo de profundas y reverentes reflexiones:

“Nuestros padres pasaron por aquí, y muchas de esas veces en que estoy disfrutando de la soledad, he pensando delante de estas piedras, cómo han visto nacer y desaparecer tantas generaciones, asistir a tantas convulsiones sociales, mientras siguen ahí, de pie, desafiando a los siglos”.

miércoles, enero 17, 2007

Intermedio I

Y ya que me lo pides,

abandono en mi forma la luz, dejo que el aire me lleve hacia la oscura pared,

quedando a la espera, aquí, en la soledad.

viernes, enero 12, 2007

No despertéis a la amada...

De mi visita a Albi podría contar muchas cosas: cómo enriqueció en el medioevo a los comerciantes de la ciudad la famosa cocagne; las escaramuzas que provocó entre los poderes locales la posesión de los palomares de la región, tal y como ocurrió en la Capadocia, y estoy seguro que en muchos otros sitios; de la fuerza del paisaje de las Montañas Negras, que tuvimos que atravesar para llegarnos hasta allá desde Carcasona, con sus aldeas colgando al abismo de aquellas profundas gargantas; de los pueblos subterráneos que existen al norte de ella; y, cómo no, de la belleza de la mítica ciudad que sirvió para dar apellido a la herejía cátara, de sus calles y edificios, de su museo Toulouse-Lautrec y, sobre todo, de la Catedral.

Pero voy a detenerme, a guardar mi palabra y procurar un rápido silencio. Sólo quiero contar que allá, en el interior de ese templo dedicado a Santa Cecilia, reposa plácidamente, como dormida bajo la tutela de uno de los murales más impresionantes que se conservan en Francia, una mujer cuyo sueño despierta la atención de todo aquél que sepa encontrarla. Sus dedos, lejos de desprenderse sin cuidado alguno sobre el suelo, parecen querer manifestar un secreto, algo que decirnos sin romper el mutismo: puede ser el misterio de la Trinidad, mostrando un dedo en la primera mano y tres con la otra, o quizá simplemente que advierte nuestra presencia y nos dice, guardad silencio, respetad mi sueño.

Todo su cuerpo, que es el de Santa Cecilia, descansa ligero y suave sobre el suelo, vuelto sobre si mismo como quien duerme en paz, atento a la voz de sus sueños, y ajeno a todo lo demás. Los signos del cuello apenas parecen el testimonio de un hecho anecdótico, que en nada va a romper con su profundo descanso.

Dicen que, en ocasiones, nos es dado sentir ante la belleza del arte una profunda ternura, un amor plácido que poco tiene que ver con la devoción religiosa. En ello es seguro que hay más de los gustos personales de cada uno, de la delicadeza de las formas y la manera de componerlas, así como de un momento anímico muy especial. Nada de ello tengo por seguro, sólo que al verla sentí la necesidad de no romper el silencio en el que había estado hasta nuestra llegada, menos aún con innecesarias palabras que en algo robara esa sensación de estar disfrutando de la belleza en estado puro.

Así cuenta el cardenal Baronio que se encontró el cuerpo de la Santa catorce siglos después de su muerte, en 1599, y de esta manera la representó también entonces Stefano Maderna en una obra que se conserva en Roma y de la cual esta es copia:

"Yo vi el arca, que se encerró en el sarcófago de mármol y dentro el cuerpo venerable de Cecilia. A sus pies estaban los paños empapados en sangre, y aún podía distinguirse el color verde del vestido, tejido en seda y oro, a pesar de los destrozos que el tiempo había hecho en él. Podía verse, con admiración, que este cuerpo no estaba extendido como los de los muertos en sus tumbas. Estaba la castísima virgen recostada sobre el lado derecho, unidas sus rodillas con modestia, ofreciendo el aspecto de alguien que duerme, e inspirando tal respeto, que nadie se atrevió a levantar la túnica que cubría el cuerpo virginal. Sus brazos estaban extendidos en la dirección del cuerpo, y el rostro un poco inclinado hacia la tierra, como si quisiese guardar el secreto del último suspiro. Sentíamonos todos poseídos de una veneración inefable, y nos parecía como si el esposo vigilase el sueño de su esposa, repitiendo las palabras del Cantar: “No despertéis a la amada hasta que ella quiera".

martes, enero 09, 2007

El niño barbado y los apóstoles epicenos

Era como a poco más de medio viaje camino de Carcasona. Habíamos planeado desviarnos a aquél lugar y pasar a hacer una visita rápida, antes de continuar para llegar a nuestro destino a eso de la media tarde, con la anochecida que tanto se apresura en hacerse presente a estas alturas del año.
Hasta entonces, mi relación con aquél lugar, Saint Bertrand de Comminges, no había pasado de ser algo platónico, un tanto idealizada y llena de esos recuerdos avant la conaissance –perdón por la pedantería-, que minuciosamente ornamentan de alma a todo aquello que sentimos el deseo de conocer personalmente.
Algunos años atrás, mientras rebuscaba en una feria del libro antiguo y de ocasión de no sé donde, di con una especie de libro de viajes por el sur de Francia, lleno de preciosas ilustraciones representando aquellas localidades a las que se hacía mención. En ocasiones, se trataba de reproducciones de antiguos grabados y láminas, y mirando una de ellas, que es la que nos ocupa, me entretuve un buen rato, sumergido en dios sabe qué ensoñaciones imaginarias.
Después de este primer encuentro me interesé por saber algo más de aquél lugar, y me enteré de que está cerca de Tolouse, tirando a los Pirineos; supe también que es un pueblo que exhibe con orgullo su Catedral de Santa María -tal y como ya se veía en el grabado-; y que pasado se remonta más allá del periodo romano, del que por cierto existe cumplida memoria. Más de la que uno puede imaginar…
Por aquél entonces debía llamarse “Lugdunum Convenarum”, que según dicen viene del nombre de los habitantes de aquél lugar –los Convenae-, y del topónimo que designa a aquella como “La colina de Lug”. Todo esto queda muy bonito, y si se deja, la imaginación de uno se desboca por las praderas de la ensoñación.
Pero había llegado el momento de conocerlo en realidad, de despojar aquél lugar de todo lo que creíamos saber sobre él, y dejar que nuestra mirada, y la curiosidad que la guiaba, fueran jueces únicos de su belleza.
Para ello, nada mejor que comenzar buscando el sitio aproximado desde donde la imaginación de su autor había grabado, ya hace algún siglo, aquél recuerdo idealizado de Saint Bertrand de Comminges. A uno en esta situación le parece que se encuentra en un sueño, como si estuviera ante alguien a quién se ve tras una larguísima ausencia, y de quien todo lo que queda del pasado en nuestra memoria es sublimado con el paso del tiempo.
Aquél frescor de la mañana, el silencio sólo interrumpido por el ladrido de algún perro, y ese lento humear que se desprende suave desde algunas de las chimeneas que se apiñan alrededor de la catedral, fueron algunas de las percepciones iniciales que tuve del lugar. La primera, claro está, es su impresionante estampa, erguida sobre una colina en medio de un valle, y con la majestuosa presencia en su centro de la Catedral de Santa María.
Hice la foto de rigor, y nos quedamos un rato en silencio, mirándola con esa profunda placidez que da el saberse con todo el tiempo del mundo en un lugar totalmente ajeno y lleno de cosas por descubrir. Daban ganas de cerrar los ojos, concentrarse suavemnente y disfrutar con todos los sentidos de ese momento.
- Aquí empieza todo, por fin he vuelto a la vida.

Muy cerca de donde tomamos esta imagen, en medio de un campo y rodeada por un cementerio, está Saint-Just de Valcabrère. Con razón se dice de éste precioso templo de origen románico que es en sí un museo del pasado romano de aquella localidad: es fácil encontrar en sus paredes restos de lápidas, inscripciones e incluso imaginería pagana. Todo un ejemplo de cómo el hombre es capaz de construir una nueva realidad a partir de las ruinas de su propio pasado.

Uno se puede imaginar cómo, a lo largo de generaciones, fueron empleándose los restos de la ciudad que descansaba al pié de la colina para construir con ellos unos nuevos edificios más acordes con la nueva realidad del momento. Templos, termas y estructuras civiles de todo tipo, dieron lugar a iglesias, torres y murallas.

¿Y ahí arriba, en el pueblo, qué es lo que había? Cuando subimos a St. Bertrand era ya la hora de comer, así que posponiendo la visita de la Catedral para después, nos dimos un pequeño paseo por el pueblo y sus murallas, y nos acercamos a una crepería que había en la plaza del pueblo para tomarnos algo.

El lugar bien merece una descripción: la "Crêperie du Parvis", está frente al templo que nos disponíamos a visitar, y era uno de los pocos establecimientos que estaba abierto aquél mediodía del 23 de diciembre. Tenía su interior un aspecto rústico, muy agradable, con su suelo y mobiliario de madera, su chimenea encendida y esa penumbra que en momentos se veía rasgada por algún rayo de luz que penetraba por la ventana. Las paredes estaban totalmente cubiertas de carteles, fotografías, portadas de viejos discos, recortes de periódicos e incluso postales, algunas por la parte de la fotografía y otras por la del texto:

“Al Señor Crepero
St. Bertrand de Commingues
Francia”

Rezaba como única dirección en una que teníamos junto a nosotros, y que procedía de Polonia llegando, aquella era la evidencia, sin problemas a su destino.

Una crepe a elegir y un vaso de vino de Madiran por dos euros cincuenta; no está mal. Sin pensárnoslo dimos razón de ello, aprovechando además para recuperarnos del frío intenso que hacía aquél día. En la barra, nuestro crepero discutía en una lengua que si no me confundo es una variedad del Gascón, y debido a lo cual, uno que es muy curioso, no pudo enterarse qué era lo que les preocupaba para contarlo ahora aquí. ¡Qué se le va a hacer!.

“Salusius a los dioses manes de Andossic, su hijo querido”

Parece que estamos siempre queriendo decir algo y es igual si lo hacemos dirigiéndonos al crepero de St. Bertrand para enviarle un agradecido saludo, o a las divinidades de turno para que protejan a nuestro ser más querido. Allá donde creemos que hay alguien que pueda escucharnos, nos apresuramos a descargar sobre él todo lo que ronda de mejor o peor manera en nuestras entrañas. Quizá por eso estoy aquí.

Pero bueno, esta era otra pared, la de la basílica que tanto habíamos esperado visitar y en la que encontramos, según nos plantamos ante su fachada, a un lado de ella la inscripción que acabamos de transcribir.

El tímpano de la portada representa la adoración de los magos, y en ella vemos a los tres reyes, no sé si en plena adoración o agachándose para que no les de en la cabeza alguno de los incensarios que agitan los ángeles que les sobrevuelan. Frente a ellos está la Virgen con el niño sentado a sus pies, y un hombre tras ella que bien puede ser San José o el mismísimo St Bertrand… ¡un momento!, ¿qué ocurre con el niño?: con la ayuda de un pequeño catalejo que empleamos para estas visitas, miramos con más detalle al recién nacido, y… ¡sí, tiene barba!.

Sin salir de nuestra sorpresa continuamos reparando en los diferentes detalles de la portada, deseosos ya de dar con algún otro que pudiera explicar aquella rareza.

Y ahí estaba, aunque no para dar muchas respuestas. El dintel sobre el que descansa este tímpano, representa a los doce apóstoles que se presentan ante nosotros con cierta ligereza en su pose, y otro tanto de transparencia y sensualidad en sus habitualmente austeras túnicas.

En su vestido nos pareció que iban muy a la romana, y en el movimiento y la forma nos recordaba a otras imágenes propias de antiguos templos paganos. ¿Qué era todo eso?. Sin saber demasiado de éstas cosas, y dándonos la respuesta que más nos hiciera disfrutar de aquél lugar, -aunque poco tuviera que ver con la realidad-, se nos ocurrió explicarlo pensando en la probabilidad de que allá existiera antes un templo pagano del que además del lugar, se aprovechó todo aquél material que se pudo para la construcción de la catedral. Los compagnons que se encargaron de ello o eran un poco vagos o es que el presupuesto no daba para más. A saber…

También cabe pensar que a estos apóstoles se les fue un poco la mano en esa famosa última cena, y que ello dio pie a que cada uno se mostrara con la alegría de ser aquello que deseaba, quedando así para la eternidad que, a fin de cuentas, es lo que importa.

Hablando de todo esto, y sin preocuparnos demasiado por ese suave veneno que es el tiempo, visitamos el magnífico interior del templo, su impresionante coro –donde también existe algún otro motivo erótico-, y nos llegamos por fin a su claustro, esa joya adornada por una excelente colección de columnas y capiteles, y uno de cuyos lados se abre en mirador al valle con los Pirineos de fondo.

Recuerdo que apoyados a su petril, nos detuvimos a escuchar el rumor del aire rozando las ramas de los árboles, el murmullo de un arroyo que corre a los pies de la colina y el canto de un grupo de pájaros que parecían querer permanecer ocultos allá, en la espesura del bosque. Nuestro pensamiento parecía volar con cada uno de ellos, como buscando ocultarse en los mismos lugares que los hacían invisibles y eternos.

Al fin y al cabo todo ello ha estado aquí siempre, como estas piedras de tan diferentes formas que alguien colocó una vez; han estado siempre y lo estarán ahora mismo, allá, en aquél lugar, hasta el final de los tiempos…

jueves, enero 04, 2007

…en estos nuestros detestables siglos…

Cuando uno regresa de pasar sus días de libertad vagando por lugares que apenas conoce, guarda en forma de recuerdos imágenes y sensaciones que sabe que con el tiempo irá convirtiéndolos en idealizaciones, en aquello de lo que echará mano para sobrevivir al dolor de la vuelta a la rutina.

Ese es mi caso, y en un pequeño y todavía cercano rincón de mi memoria descansa, desde hace poco tiempo, un nuevo legajo cerrado en cruz por una vistosa cinta de colores sellada al lacre rojo. Allá –entre todos esos papeles-, encontraré cada vez que necesite volver a ella, la memoria de esa primera mañana fresca, cubierta por el manto de una fina niebla; escucharé el ladrido lejano de algún perro; sentiré la fragancia verde de la hierba, y el tacto húmedo, casi moldeable a la presión de mis dedos, de esas piedras que recibieron su forma hace ya varios siglos.

De aquél lugar, el primero de muchos que iba a descubrir, se contará con qué solemnidad permanecía erguido ante mí, como si fuera la antesala a un mundo diferente, dispuesto a convertir en ficticio lo que llevamos de vivido a este otro lado de nuestras existencias. Es algo similar a aquellos sueños que percibimos como reales por estar construidos a partir de recuerdos y personas, aunque sólo hayan vivido en otros de nuestros sueños.

Allá –continuará la memoria en otro pliego- el tiempo parece haber estado detenido a la espera de mi llegada. Es entonces cuando los primeros rayos de sol caen con desorden ante mí, como si fueran finos conductos que contienen dentro de sí una misteriosa sustancia brumosa que se revuelve en su interior luchando por salir. Quizá lo que llevan dentro sea ese tiempo maravilloso que voy a vivir, dispuesto a liberarse de su envoltura en cuanto lleguen al suelo…; quizá sea el alma –ese alma perdida ya hace tiempo-, o, seguramente, puede ser la efímera plenitud que empiezo a sentir.

Quizá, quizá, puede ser… ¡al diablo con todo ello!

- Aquí empieza todo, por fin he vuelto a la vida.
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