¡Que siga la ronda! (un Meme literario)
Imagen de "La Guerra de los Botones" (1962), de Yves Robert. Cuando era un crío, de eso hace ya una buena porción de décadas, teníamos en nuestros juegos y hábitos escolares una maneras tan rupestres, que vistas desde la distancia a uno le parece que de habernos descubierto algún antropólogo, hubiera disfrutado de lo lindo describiendo, tomándonos como referencia, los usos y costumbres de las comunidades cavernícolas más incivilizadas.
Me explico. Al igual que en grupos tribales considerados más atrasados que el nuestro, hacíamos uso de cerbatanas que en nuestro caso no eran sino las cápsulas de los bolis Bic con los que impulsábamos de un fuerte y seco soplido una especie de masilla hecha a partir de saliva y un pedazo pequeño de papel.
Nuestros objetivos favoritos eran la espalda asotanada del Padre Artola –puño justiciero del mal estudiante-, y las pizarras de las aulas vecinas. Nuestros pupitres, de los que ya he dicho algo en otra ocasión, eran lo más parecido que había al trastero más abandonado e inmundo que pudiéramos conocer. Por guardar, había quién guardaba en ellos hasta moscas, hormigas y plantas.
Eran estos pupitres el recuerdo de algo que entonces no estaba tan lejos en el tiempo como ahora pudiera parecer: eran dobles, de madera sólida, con una pesada tapa que se abría levantándola y con un agujero en medio donde hasta algunos años antes se depositaba el tintero. Ahora era sólo un agujero negro y sucio al que casi no nos atrevíamos ni a mirar.
Creo yo que por aquél entonces empecé a sentir cierta afinidad por las marcas de los compagnons de las que hablaba en mi anotación anterior, pues era habitual encontrar en todo el rededor, e incluso el interior del pupitre, marcas, rallas, dibujos y frases hechas a base de apretar con tal fuerza el bolígrafo, que no eran pocas las ocasiones en la que la punta del mismo salía volando por encima de la cabeza de quién se tenía delante.
Pero no crea el lector que todo era salvajismo y desorden, pues también teníamos nuestra parte de sensibilidad, de mostrar nuestros afectos ante el profundo sentimiento de amistad que teníamos hacia aquellos con quienes compartíamos nuestros recreos y la lectura de tebeos.
Para demostrarlo, nada mejor que, cuando se presentaba la ocasión, ponerle a ese amigo la zancadilla cuando pasaba por el pasillo de pupitres junto a nosotros; pegarle una ducha de agua en medio del patio de recreo, tapando con los dedos parte de la boca del chorro de la fuente del colegio; o dándole un golpe seco en la nuca con la regla o un fuerte pisotón a la vez que le decíamos:
¡Que siga la ronda!
Como respuesta a esto último, veíamos que inmediatamente lo repetía con quien tenía más cerca, hasta producir un efecto multiplicador que podía alargarse durante un buen rato.
Ha pasado el tiempo desde entonces, ¡qué remedio!; y las cosas han cambiado. En plena era de la informática, de lo políticamente correcto y de lo simple e insustancial como medio de abarcar mayores cuotas de mercado, uno piensa que aquella aldea global que preconizaba Marshall McLuhan, ha asentado con toda solemnidad sus reales en nuestra forma de vida. Tanto que incluso tendemos a hablar –y, por ello, en un futuro a pensar-, todos igual. Tanto es así que no es raro que nos encontremos con más de una palabra de las que se usan hoy en día cada vez con más frecuencia, que en principio nos resulta incomprensible, o a la que no le captamos el sentido a pesar de que, por lo que se ve, se emplea de aquí a Kuala Lumpur.
Voy a centrarme y entrar en la cuestión antes de que tú, lector que ha sobrevivido al desbordamiento de mi memoria e ideas en las líneas precedentes, huya atemorizado como ya habrán hecho muchos, con razón, antes de detener su mirada en el punto y aparte que marco a continuación.
La primera vez que oí la palabra “Blog”, me quedé pensando en qué diablos era eso, y si lo que deducía podría ser lo que era.
- Blog es una bitácora donde puedes escribir lo que quieras. Es como un diario –me explicó un buen samaritano.
Bien. Me quedó claro, como antes lo había ido haciendo palabras con link, frame, stream, Server, etc… -por sólo limitarnos al lenguaje informático-… Pero ¿y eso de post, que és?.
- Pues chico, son las anotaciones que vas dejando en tu bitácora.
- Aahh…
Y así he seguido, con ese complejo de salvaje del Aveyron, enfrentándome según aparecían a las novedades del mundo bitacorero, hasta que un día encontré una que me entretuvo un buen rato.
No recuerdo dónde, pero viajando de enlace a enlace por las bitácoras que me iban apareciendo, leí cómo el autor de una de ellas se rasgaba las vestiduras, tiraba de los pelos e imploraba ayuda a los dioses, pues alguien le había mandado una cosa a la que llamaban Meme. Quedé quieto en su hoja, picado por la curiosidad:
- ¿Será que le ha llamado memo y por eso se muestra tan dolido?.
Miré la bitácora de la que procedía el Meme en cuestión y leí los comentarios cruzados entre éste y el anterior.
- Pues parecen llevarse muy bien, ¿será algún virus?, ¿un mensaje críptico que solo entiendo ellos?... ¡Deja Charles, y continua leyendo al que se queja para ver si te enteras de algo!.
Después de la retahíla de lamentos y maldiciones más variadas, el autor continuaba contestando obedientemente a preguntas del tipo: ¿cuál es tu canción favorita para oír en soledad?; ¿y tu plato?; ¿a dónde te gustaría ir de viaje?... y cosas como estas. ¡Pues vale!, me dije.
Una vez contestado todo, y como si quisiera vengar su dolor en quién tuviera más cerca, puso al final de tan interesante confesión, una lista de cinco nombres a los que invitaba a hacer lo mismo.
Fue entonces cuando entendí –más o menos-, de qué iba eso del Meme: un “!que siga la ronda!” de nuestros días, en el que se sustituye el dolor físico por cierta inducción a la exhibición de la propia intimidad. Eso sí, siempre dentro de los términos de la amistad.
El caso es que hace unos días mi amiga Ofelia me invitó a continuar uno de estos “!que siga la ronda!” que ya había visto antes en la bitácora de Leodegundia y que, a diferencia de otros, me pareció interesante.
Las normas del juego son sencillas:
“reproducir el quinto párrafo de la página 123 del libro que estés leyendo en este momento”.
Nada más.
Antes de empezar quiero aclarar que lejos de decir aquello de: “no es que me haga mucha gracia esto de los Memes”; éste al que me han invitado me parece interesante y participo encantado, no por lo que vaya a contar, sino porque el Charles maligno se está relamiendo de gusto pensando en aquellos a quienes va a decir eso de “!que siga la ronda!”.
Pero antes vamos a lo nuestro. El interesante libro que estoy leyendo en estos momentos es el “Tratado de ateología” de Michel Onfray, en la edición de Círculo de Lectores.

“Son conocidas las peripecias de Orígenes cuando toma a Mateo al pie de la letra. El evangelista diserta (Mt 1912) sobre los eunucos, establece una tipología –privados de testículos desde el nacimiento, castrados por otros o automutilados por causa del Reino de Dios- y concluye: “El que puede comprender, comprende”. Astuto, Orígenes corta por lo sano y de un cuchillazo se elimina los genitales, antes de descubrir, probablemente, que el deseo no es asunto de testículos sino de cabeza… Pero demasiado tarde…”
Pena haber llegado hasta aquí con esta cantidad de líneas sobre estas palabras, pues me quedo con las ganas de comentar lo aquí dejo transcrito. Lo dejaré para otra ocasión.
Lo que no voy a hacer es olvidarme de lo mejor, así que, después de pensármelo mucho, Medea, Vere y Herri, Vailima, Ladydark y “aquél a quien no le gusta que se le enlace”: ¡seguid la ronda! .
Salud y Fraternidad





Muy cerca de donde tomamos esta imagen, en medio de un campo y rodeada por un cementerio, está Saint-Just de Valcabrère. Con razón se dice de éste precioso templo de origen románico que es en sí un museo del pasado romano de aquella localidad: es fácil encontrar en sus paredes restos de lápidas, inscripciones e incluso imaginería pagana. Todo un ejemplo de cómo el hombre es capaz de construir una nueva realidad a partir de las ruinas de su propio pasado.
Sin salir de nuestra sorpresa continuamos reparando en los diferentes detalles de la portada, deseosos ya de dar con algún otro que pudiera explicar aquella rareza.
También cabe pensar que a estos apóstoles se les fue un poco la mano en esa famosa última cena, y que ello dio pie a que cada uno se mostrara con la alegría de ser aquello que deseaba, quedando así para la eternidad que, a fin de cuentas, es lo que importa.
Recuerdo que apoyados a su petril, nos detuvimos a escuchar el rumor del aire rozando las ramas de los árboles, el murmullo de un arroyo que corre a los pies de la colina y el canto de un grupo de pájaros que parecían querer permanecer ocultos allá, en la espesura del bosque. Nuestro pensamiento parecía volar con cada uno de ellos, como buscando ocultarse en los mismos lugares que los hacían invisibles y eternos.






