jueves, marzo 29, 2007

Naufragios

El Señor Ignace D’Arridon se quejaba siempre de la mala suerte que había tenido. Mala suerte o intención aviesa por parte del Obispo que le había destinado a Douarnenez. Este sabía perfectamente de su afición a la botánica, de los trabajos que había realizado aprovechando los tiempos libres que le daba su labor pastoral en las diferentes parroquias que había ocupado. “Hijo –le había dicho en una ocasión-, nos consta que eres uno de los mejores en tu especialidad, y estamos orgullosos de contarte entre nosotros”.
Aquello el Señor Ignace lo había interpretado como una promesa, la garantía de que en cuanto hubiera la menor oportunidad, emplearía sus contactos con otros obispados, y sería enviado a alguna parroquia rural del mediodía, de esas en las que la primavera estalla en luz y colores mucho antes de llegar, y duerme plácidamente en lo más profundo del invierno. El bueno del párroco se veía ya acortando los oficios y despachando con dos avemarías las confesiones de sus fieles, para salir corriendo al campo en busca de esos interesantes ejemplares que, hasta el momento, sólo había visto en las láminas de aquellos libros que guardaba en su biblioteca.
Pero aquellas supuestas promesas, y los sueños que habían hecho nacer en la esperanza de Ignace, se hundieron el día que le comunicaron la parroquia a la que debía trasladarse: Douarnenez, en el Finisterre de Bretaña, donde el furor del viento lanza sobre la tierra sal y arena arrasando como fuego cualquier rastro de vida.
No había un lugar ni un estado de ánimo –me contó el día que le conocí paseando por la playa de aquella localidad-, más adecuado para hacerme sentir como un naúfrago que es empujado por las tormentas del destino hasta estas inhóspitas costas…
A Ignace no le costó mucho comprender que uno se debía de adaptar, arreglarse con lo que allá tenía y seguir el camino hacia adelante. Aquello era algo que se repitió a sí mismo muchas veces durante sus primeros días, mientras iba conociendo a sus parroquianos y daba los primeros paseos por el lugar. En cierto modo –pensó-, ellos mismos me están dando una clara lección a mí, que procedo de un pueblo del interior donde todos vivíamos de las bestias y el campo. Aquí no tienen apenas de eso, pero se las arreglan para vivir de lo que les da el mar: sobre todo de la pesca y del… Varech.
El Varech… Apenas había oído hablar de él hasta entonces, la primera vez incluso no supo adivinar de qué se trataba cuando lo vio: se detuvo durante un buen rato intentando averiguar qué cargaban de dos en dos, y ayudados por un par varas, aquél grupo de hombres y mujeres desde la orilla hasta un montón apilado a unos cien metros.

Bajó a la playa, y llegándose hasta la orilla tomó una de aquellas algas para examinarla con detenimiento: era una Fucus vesiculosus -eso no era ningún secreto para un aficionado a la botánica como él-, de forma totalmente plana y con tantas ramificaciones que podían alargar su tamaño hasta los 90 centímetros. Su color es pardo-verdoso, pero sólo mientras mantiene su humedad, pues Ignace había observado que aquellas que estaban apiladas al fondo de la playa, secando al sol, se habían ennegrecido.

Aquella mañana, Ignace detuvo su paseo para charlar con los recolectores de Varech y aprender más sobre aquella desconocida alga; también volvió al día siguiente, y al otro, y así poco a poco fue olvidando su afición por las plantas para dedicarse al estudio de las algas, y al del Varech en especial.

Cuando quería dar un giro en el rumbo de su conversación, o deseaba profundizar más en ella, Ignace tenía la costumbre –mas bien parecía un “tic”-, de sacudirse el poco pelo que tenía con la palma de la mano derecha, mientras lanzaba una tímida sonrisa al suelo y decía aquello de “bueno”.

- Bueno, seguramente –me dijo-, algo que me llamó pronto la atención de este alga fue su nombre, varech, que deriva del inglés “Wreck” o “Crack” vieja palabra que los normados exportaron a las islas británicas y que quiere decir “naufrago”. Si observas la costa, verás que hay gran abundancia de ella en las orillas de las playas, en los bordes de los numerosos islotes que jalonan todo este mar, en los acantilados,… ¡en fin!: es tal su número que aquí se ha terminado desde antiguo por denominar con ese nombre a todo lo que el mar lanza a nuestras costas…

- ¿Todo? – le pregunté.

- Si, así es, tal y como lo estás pensando, el Derecho de Varech hace dueño de todo aquello que el mar empuja a tierra, así como de lo que permanece en el agua pero tan cerca que un hombre a caballo puede tocarlo con su lanza sin mojarse, al señor feudal de la localidad donde se encuentra o a Su majestad el Rey si el varech es oro, plata, joyas, etc…

- ¿Y la gente del común no tienen derecho a nada de ello?

- Apenas las migajas, en teoría, aunque una vez más la necesidad acaba por dar la propia solución, amigo. Los hay que silencian los hallazgos para repartírselos entre ellos, y los hay que por su propio silencio y colaboración reciben también de su señor parte de un varech que han logrado de una manera no muy honrada precisamente.

Era inevitable, al oír esto último, que me vinieran al recuerdo las terribles historias que había oído ya en varias ocasiones sobre los raqueros, los temibles wrakers, que los días de tormenta desorientaban a las naves mediante falsas señales, hasta que encallaban y entonces corrían a terminar con su tripulación y hacerse con el botín de su cargamento…

Después de que me contara esto, Ignace y yo permanecimos un buen rato en silencio, observando la costa desde el punto en el que habíamos detenido nuestro paseo. A un lado de ella, un grupo de recogedores de varech lo quemaban en una fosa aprovechando que el viento soplaba hacia el mar, ya que si lo hace en dirección al interior, lo tenían prohibido. Con el resultado de ello obtendrán la “Soude de Varech”, material fundamental para la elaboración de las famosas y resistentes vajillas de Cherburgo. De eso viven, supuestamente, muchos de ellos.

- Cada uno debe sobrevivir como puede, y si el alimento se lo da la tierra fecunda o una tormenta marina, es algo que no debería preocuparnos.

Lo dijo mirando al mar, no a la columna de humo que se acostaba hacia el horizonte, y volvió a callar.



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Esta es la anotación que Goussier dejó en su diario dedicada al varech. Con ella, si lo que aquí se cuenta es cierto, algún otro autor escribió el artículo correspondiente de La Enciclopedia.

Puede que en la traducción haya cometido el error de efectuar sobre el texto original recortes e interpolaciones, hasta dar con una traducción dirigida a mí, a lo que sentía mientras lo leía, intentando sacar a la luz lo que parece esconderse en lo más profundo de su contenido.

Al terminar, me he quedado con la sensación de que aquella historia del varech, más allá de su atractivo evocador de costumbres y tiempos pasados, llega más lejos, hasta nosotros mismos, como si el propio recuerdo de todo aquello, fuera otro resto más de un naufragio en las aguas del tiempo que asoma, sucio, descolorido y sin apenas vida, en las arenas del presente. Así como somos nosotros mismos.

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jueves, marzo 22, 2007

De Goussier a Bonfils

Hay ocasiones en las que después de una larga ausencia, y tras mucho tiempo sin escribir sobre otra cosa que un tema muy particular del que no viene a cuento hacer mención, uno se queda como estancado, sin nada que decir, pero con un enorme deseo de dar de alguna manera testimonio de su presencia en este lugar.

Así que la solución es echar mano de las transcripciones de lo que ya está escrito, de algo que en su momento llamó nuestra atención y quedó guardado en el cajón de espera para momentos como este.

En esta ocasión, traduzco peor que mejor una carta que a mí me pareció interesante, y creo que dado el tono de esta casa, tiene perfecta cabida en ella. Se trata de un escrito dirigido a Antoine Joseph, padre del injustamente olvidado Antoine de Bonfils, por su amigo Louis-Jacques Goussier, matemático y uno de los principales ilustradores de la Enciclopedia de Diderot.

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Querido Antoine:

Como ya imagino, habrás sabido de mi marcha apresurada de París por boca de otros, -¡lenguas alargadas que corren a difundir habladurías!-, sin que me hayan dejado tiempo a ser yo quien te dé noticia de ello, y te explique las razones que me han movido a estar hoy a tantas leguas de distancia de mis seres queridos.

Sabes de mi espíritu inquieto, de mi deseo de conocer todo aquello que se nos oculta lejos de los salones y las academias, y en tu carta, que me ha llegado en el correo de hoy, manifiestas estar al tanto del acuerdo al que he llegado con el Señor Diderot. Así que ya no será necesario advertirte de que desde hace dos meses y durante unos cuantos más, vagaré por todo el país visitando factorías y talleres, pueblos, ciudades y aldeas, recopilando en mis dibujos todo aquello que vean mis ojos y sirva para ilustrar ese gran proyecto al que llamamos La Enciclopedia.

Por ahora, de muchos de los lugares que he intentado visitar me han echado a palos, sospechando que soy espía de algún tipo o que vengo a robarles algo… ¡quedarías sorprendido al escuchar las cosas que me han dicho!. Pero afortunadamente los hay donde no me han considerado así, han creído en mis palabras y me han explicado las labores que realizan, enseñándome todas y cada una de sus herramientas y maquinaria, dejándome luego dibujar todo ello a placer mientras ellos continúan con sus tareas.

Puede que en alcanzar esta confianza haya tenido algo que ver el dinero que finalmente me he visto obligado a ofrecerles, aunque también he aprendido que a pesar de ello no son pocas las veces en las que me intentan despachar con cuatro informaciones erróneas y ridículas que no llevan a ninguna parte.

Si has visitado al señor Bernard, nuestro amigo el grabador, habrás visto ya las primeras pruebas que le he enviado hace unas semanas ¿qué te parecen? Al dibujarlas, he procurado seguir siempre un mismo sistema descriptivo que resulte sencillo y fácil de entender: así, cuando el proceso que narro es largo, empleo una plancha para describir cada una de sus fases y la utilería que emplean en ellas. Verás además, que en todas coloco una escala graduada para que siempre se pueda saber el tamaño real de los objetos.












Y es que bien mirado, mi querido amigo, el mes me ha dado para mucho: visité una conocida factoría cristalera en Marne, una forja de Borgoña, la consulta de un cirujano en Anjou, y todo a lo largo de nuestra costa del Atlántico he ido aprendiendo numerosas técnicas de pesca: ¡te asombrarías al descubrir la multitud de variantes que hay!.

En Douarnenez, por ejemplo, me mostraron cómo se ahumaban sardinas en una especie de porche siguiendo una antigua tradición: esto es algo muy raro si se tiene en cuenta que en la mayor parte de los lugares se limitan a dejarlas salar durante un tiempo dentro de un barril. Así que sin pensármelo dos veces me senté frente a ellos, y cuando el olor y el humo me lo permitían, fui dibujando la escena, mientras era rodeado poco a poco por numerosos curiosos de los contornos que se habían llegado hasta allá, atraídos por la noticia de que encontrarían a un forastero –el primero que aparecía en meses- que tenía la extraña costumbre de dibujar todo lo que se le mostraba.

Los hubo que se presentaron ante mí con figurillas de santos –algunas con el aspecto más siniestro que puedas imaginar-, artilugios de todo tipo, rarísimas mascotas, mostrando extrañas heridas, o simplemente con el deseo de contarme misteriosas historias de brujas y tesoros…

Como puedes imaginar, mi buen camarada, estoy cada vez más acostumbrado a que esta situación se repita, por lo que apenas abandono lo que estoy haciendo, ni hago caso de los gritos y zalamerías que me hacen. Sin embargo, en esto también hay excepciones: el párroco de Douarnenez, un hombre con una cierta cultura llamado Ignace D’Arridon, me contó una curiosa e interesante historia sobre un alga, que por no extenderme callo, aunque puedo dártela a conocer en mi próxima carta si así lo deseas y si no, podrás leer sobre ello en uno de los artículos que voy a escribir para La Enciclopedia.


















Vayamos a otros asuntos. Además de amonestarme por mi salida presurosa y sin aviso, me das noticia en tu carta de la fama que ha adquirido en los salones mi “Choregraphie”. Bueno, hablemos mejor de las copias clandestinas que circulan de mano en mano, enriqueciendo a más de uno a costa de mi trabajo y de esa imperiosa necesidad que tiene más de un petit maitre y alguna joven dama de dar con el mejor tono en los bailes. ¡Que dancen como quieran, que levanten el brazo cuando no deben o saluden a su pareja a destiempo!: sin la ayuda de los caminos que he trazado sobre el papel para seguir los pasos adecuados en cada danza, poco podrán hacer si no es el ridículo.










He pensado, querido amigo, mucho en nuestra última conversación, cuando me preguntabas si realmente me valía la pena salir a estos caminos, lejos del calor de nuestra amada París, a recolectar la fama y la fortuna para quienes allí se quedan. Pues bien, ahora te digo que el mérito quedará para ellos del mismo modo que siempre ha ido a manos de los grandes, desde el inmortal Homero hasta nuestro apreciado señor de Arouet, ¡sí!: de esa manera en la que todo el mundo llena la boca con su nombre, pero nadie, menos unos pocos los ha leído.

Sin embargo, nadie conocerá a tu amigo Goussier... Pero pasarán los años con la misma rapidez que los curiosos corren por las páginas de esta Enciclopedia, y será cuando el hojeador llegue a alguno de estos dibujos que me han traído lejos de mi casa, el momento en que su rápida mirada se detendrá, y a través de mi trazo oirán el sonido de los martinetes golpeando el metal en las ferrerías, sentirán la placentera vibración del agua desplazándose con rapidez por canales y conductos, revisaran curiosos las colecciones de aparejos que reproduzco, e incluso llevarán sus pañuelos a las narices cuando vean a mis pescadores normandos secando sardinas. ¡Y aún piensas que no vale la pena!

Más me vale esto que quedar como el señor Diderot, huyendo de las confabulaciones jesuíticas, de la envidia de los consejeros reales, y entrando y saliendo de prisión a pesar de la protección de Malesherbes, amigo nuestro y Censor Real. El otro, el aristócrata, permanecerá como siempre sentado a su mesa sin decir nada, garabateando repetidas veces una serie de letras que une y separa en todas las combinaciones imaginables…

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