Naufragios
El Señor Ignace D’Arridon se quejaba siempre de la mala suerte que había tenido. Mala suerte o intención aviesa por parte del Obispo que le había destinado a Douarnenez. Este sabía perfectamente de su afición a la botánica, de los trabajos que había realizado aprovechando los tiempos libres que le daba su labor pastoral en las diferentes parroquias que había ocupado. “Hijo –le había dicho en una ocasión-, nos consta que eres uno de los mejores en tu especialidad, y estamos orgullosos de contarte entre nosotros”.
Bajó a la playa, y llegándose hasta la orilla tomó una de aquellas algas para examinarla con detenimiento: era una Fucus vesiculosus -eso no era ningún secreto para un aficionado a la botánica como él-, de forma totalmente plana y con tantas ramificaciones que podían alargar su tamaño hasta los 90 centímetros. Su color es pardo-verdoso, pero sólo mientras mantiene su humedad, pues Ignace había observado que aquellas que estaban apiladas al fondo de la playa, secando al sol, se habían ennegrecido.
Aquella mañana, Ignace detuvo su paseo para charlar con los recolectores de Varech y aprender más sobre aquella desconocida alga; también volvió al día siguiente, y al otro, y así poco a poco fue olvidando su afición por las plantas para dedicarse al estudio de las algas, y al del Varech en especial.
Cuando quería dar un giro en el rumbo de su conversación, o deseaba profundizar más en ella, Ignace tenía la costumbre –mas bien parecía un “tic”-, de sacudirse el poco pelo que tenía con la palma de la mano derecha, mientras lanzaba una tímida sonrisa al suelo y decía aquello de “bueno”.
- Bueno, seguramente –me dijo-, algo que me llamó pronto la atención de este alga fue su nombre, varech, que deriva del inglés “Wreck” o “Crack” vieja palabra que los normados exportaron a las islas británicas y que quiere decir “naufrago”. Si observas la costa, verás que hay gran abundancia de ella en las orillas de las playas, en los bordes de los numerosos islotes que jalonan todo este mar, en los acantilados,… ¡en fin!: es tal su número que aquí se ha terminado desde antiguo por denominar con ese nombre a todo lo que el mar lanza a nuestras costas…
- ¿Todo? – le pregunté.
- Si, así es, tal y como lo estás pensando, el Derecho de Varech hace dueño de todo aquello que el mar empuja a tierra, así como de lo que permanece en el agua pero tan cerca que un hombre a caballo puede tocarlo con su lanza sin mojarse, al señor feudal de la localidad donde se encuentra o a Su majestad el Rey si el varech es oro, plata, joyas, etc…
- ¿Y la gente del común no tienen derecho a nada de ello?
- Apenas las migajas, en teoría, aunque una vez más la necesidad acaba por dar la propia solución, amigo. Los hay que silencian los hallazgos para repartírselos entre ellos, y los hay que por su propio silencio y colaboración reciben también de su señor parte de un varech que han logrado de una manera no muy honrada precisamente.
Era inevitable, al oír esto último, que me vinieran al recuerdo las terribles historias que había oído ya en varias ocasiones sobre los raqueros, los temibles wrakers, que los días de tormenta desorientaban a las naves mediante falsas señales, hasta que encallaban y entonces corrían a terminar con su tripulación y hacerse con el botín de su cargamento…
Después de que me contara esto, Ignace y yo permanecimos un buen rato en silencio, observando la costa desde el punto en el que habíamos detenido nuestro paseo. A un lado de ella, un grupo de recogedores de varech lo quemaban en una fosa aprovechando que el viento soplaba hacia el mar, ya que si lo hace en dirección al interior, lo tenían prohibido. Con el resultado de ello obtendrán la “Soude de Varech”, material fundamental para la elaboración de las famosas y resistentes vajillas de Cherburgo. De eso viven, supuestamente, muchos de ellos.
- Cada uno debe sobrevivir como puede, y si el alimento se lo da la tierra fecunda o una tormenta marina, es algo que no debería preocuparnos.
Lo dijo mirando al mar, no a la columna de humo que se acostaba hacia el horizonte, y volvió a callar.
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Esta es la anotación que Goussier dejó en su diario dedicada al varech. Con ella, si lo que aquí se cuenta es cierto, algún otro autor escribió el artículo correspondiente de La Enciclopedia.
Puede que en la traducción haya cometido el error de efectuar sobre el texto original recortes e interpolaciones, hasta dar con una traducción dirigida a mí, a lo que sentía mientras lo leía, intentando sacar a la luz lo que parece esconderse en lo más profundo de su contenido.
Al terminar, me he quedado con la sensación de que aquella historia del varech, más allá de su atractivo evocador de costumbres y tiempos pasados, llega más lejos, hasta nosotros mismos, como si el propio recuerdo de todo aquello, fuera otro resto más de un naufragio en las aguas del tiempo que asoma, sucio, descolorido y sin apenas vida, en las arenas del presente. Así como somos nosotros mismos.
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