miércoles, mayo 23, 2007

Se cierra el círculo


1. Quizá esté soñando

Tumbado al fondo de la playa sobre una maraña de lo que parecían viejos periódicos, dormitaba silenciosamente, como si ni él mismo se hubiera dado cuenta de que estaba ahí. Ni siquiera parece respirar. Quizá está soñando.


2. El cañonero


En un primer vistazo, nuestra mirada se clavó en una inscripción que destacaba sobre las demás por su hermosura y claridad. Nos acercamos a leerla:

"Gabriel Gomes Da Silva de Lisboa, cañonero de la nao corsaria de Exeter, apresado el 13 de julio del año del señor de 1756."

No, no es ninguno de ellos –nos dijimos- ¿los encontraremos?


3. Sophie

- ¿Y porqué Coñac?

- Porque deseábamos conocer la región y buscar en éste castillo unos grafitos de los que tuvimos noticia a través de Internet.

- ¿Y los han encontrado?

- Sí, pero desgraciadamente no hemos podido hacer una fotografía en condiciones. Nos quedaremos con el recuerdo.

- Si lo desean pueden dejarme un correo electrónico y si es posible hacerlo, se la envío.

Sophie, era una joven de ojos claros, pelo castaño y complexión fuerte. Lo de hacer las veces de guía para los visitantes del castillo de Cognac le había valido la dudosa fortuna de tener que vestir un traje típico del lugar. No parecía darle mucha importancia, lo llevaba con esa placidez y dulzura que parecía acompañar de la misma manera a su voz, su mirada y por extensión a su carácter.


4. Alexander y George

Recorrimos detenidamente con la mirada las paredes de la amplia estancia que en un tiempo había sido la prisión del castillo de Coñac. Estaba repleta de grafitos de todas las épocas:

- “GABRIEL GOMES…”

- “ROBERT ADAMS/ OF SOTHAMPTON/ TAKEN/ IN THE SLOOP WHITING/ OF VIRGINIA SEPTEMBER/ THE FIFTH MDCCLVI BY/ THE PRUDANT WARWICK/ AND TALLANT”

- “SOMMERY/ DRAGONN 1730”

- “DANIEL DONOVAN FROM DUBLIN 1757”

- “ALEXANDER DUNLAP TAKEN/ AT FORT WILLIAM/ HENERY IN/ NORTH AMERICA/ AUGUST 10TH 1757/ BY THE TOWWOV/ INDIANS”

(“Alexander Dunlap, apresado en el Fort William Henry en Norteamérica el 10 de agosto de 1757 por los indios Otawa”)

¡Aquí está! –nos dijimos llenos de emoción- ¡hemos encontrado a uno de ellos!.


5. Les compagnons

Leí hace algunos meses un par de libros sobre los compagnons que despertaron en mi un profundo interés por todo lo que tenía que ver con ellos. Durante un tiempo, estuve ampliando mis conocimientos al respecto leyendo un poco por allí y otro tanto por allá, a la vez que hacía mis consultas en Internet.

En una de ellas, no recuerdo muy bien cómo, éste oráculo de los tiempos modernos que es el Google, me llevó hasta una entrada encabezada con el sugerente y desconcertante título de:

“Des compagnons du Dernier des Mohicans à Cognac au XVIIIe siècle”

¡Bendita curiosidad!; no pude evitar pasar dentro de esa página sin tan siquiera pensármelo. Se trataba del título de una ponencia, obra del especialista Luc Bucherie, cuyo contenido, que venía resumido en un breve par de párrafos, dice más o menos lo siguiente:

“En el Castillo de Cognac, un grupo de grafitos recuerda el internamiento de marinos ingleses durante la Guerra de los Siete Años. Entre ellos, los textos de Alexander Dunlap y George Freeman nos sorprenden por la información que contiene: incluso para un especialista en los grafitos, no era fácil aclarar lo que en ellos se quería decir, y sólo el recuerdo de la novela de James Fenimore Cooper, El Último Mohicano, nos daba la llave del enigma.

Consultados los Archivos de la Marina en Francia, así como los archivos ingleses, americanos y canadienses, estos modestos grafitos nos descubren el periplo de soldados de la milicia provincial de Massachussetts y New Hampshire, sitiados en el fuerte William-Henry y capturados por los indios Ottawa el 10 de agosto de 1757., Rescatados luego por los franceses, fueron enviados a Inglaterra para un intercambio de prisioneros… pero terminaron por ser encerrados en Francia, en La Rochelle y después en Cognac, después de que su barco casi naufragara en una tormenta (…)”

Como uno es un tanto infiel a sus devociones, y lo que busca en ellas es el puro estímulo intelectual, el reto y alimento para esa curiosidad insaciable que se despierta con el crujido de una puerta entreabierta, olvidó pronto todo aquello que le ocupaba hasta entonces, y saltó a la caza de aquella nueva presa.

Busqué y busqué sin encontrar nada más que una referencia bibliográfica a un artículo de una publicación desconocida que atendía al nombre de “Carnet de la Sabretache”; imposible de conseguirla desde aquí, incluso por Internet. Poco más podía hacer entonces, sólo cabía esperar tranquilamente ocupado en otros menesteres, hasta que llegara el momento oportuno de volver a ello.

Al fin y al cabo, el castillo de Cognac está a poco más de tres horas de aquí y aprovecharé cualquier puente para acercarme por allá.


6. El señor de la casa

¡Diablo de hombre! –dijo el anciano señalando con su bastón el retrato del señor del castillo, de aquél que lo compró en 1795 para establecer una importante factoría de Cognac que ha sobrevivido hasta nuestros días. – ¡ le puso 55 grados a su Coñac y se enriqueció con ello!, ¡miradle con qué satisfacción revuelve las piezas de un puzzle mientras su criado llena el arca de dineros!.


7. Los guardianes

En la Rochelle, cerca de la torre de San Nicolás y junto al Aquarium, están la Biblioteca Universitaria y la Mediateca. El día era muy bueno, el aire olía a sal y el sonido del agua golpeando los muelles del puerto se entremezclaba suavemente con el murmullo de las gentes que paseaban por el lugar. Estábamos convencidos de que encontraríamos lo que buscábamos.

- Queremos consultar esta publicación –y mostramos al bibliotecario una hoja de papel donde habíamos escrito:

“Carnet de la Sabretache n° 125 - 3e trimestre 1995”

Puso cara de extrañado al ver el título de la revista y consultó a la base de datos del ordenador.

- No aquí no hay nada de eso, quizá lo encuentren en la biblioteca universitaria que está aquí enfrente –dijo señalando al edificio contiguo.

Por desgracia, allá tampoco sabían nada. Nos fuimos como habíamos llegado, añadiendo la sensación de que íbamos a poder averiguar muy poco sobre aquella curiosa historia.

- Vamos a la tour de la Lanterne, a echar un vistazo a los grafitos, y después nos sentamos en el puerto a comer y ver caer la tarde.

- ¡Buena idea!, -me respondió mi compañera- y mañana nos encontraremos por fín con Alexander y George en Cognac.


8 La mensajera

Poco más de dos semanas después de nuestra visita al castillo de Cognac, recibimos un correo electrónico que, traducido, decía lo siguiente:

Estimado Señores,

Me llamo Sophie, y soy la guía que conocieron en el Castillo de Cognac. Me hablaron de los grafitos de Alexander Dunlap y Georges Freeman, diciéndome que no habían podido fotografiarlos y que no lograron dar con mucha información sobre ellos.

Tengo que decirles que después de 2 semanas buscando, ¡lo encontré!: en un libro titulado “Los grafitos del castillo Francisco I, Cognac” de Luc Boucherie, se habla de ellos y se explica un poco la historia de lo que les ocurrió. Aunque, si lo desean, les enviaré una copia del mismo, les adelanto lo que cuenta este libro:

Al rendirse los ingleses del Fuerte William Henry a los franceses, lo hicieron bajo promesa de poder abandonar ese lugar con sus armas y sin peligro de ser agredidos. Así que comenzaron a abandonar aquél lugar en dirección a territorio británico. Pero ocurrió que –esto lo recuerdo yo de la película “El último mohicano”, pues no he leído el libro-, según marchaban les atacaron un grupo de indios, causando algunas muertes, aunque sobretodo hicieron prisioneros. Entre ellos estaban Alexander Dunlap y Georges Freeman, soldados de las milicias coloniales.

Durante poco más de un mes permanecieron presos de los Ottawa, tratados como esclavos y viendo cómo muchos de sus compañeros eran asesinados e incluso devorados (¡eso es lo que dice!). Todo termino cuando los franceses los compraron a los indios para emplearlos a su vez en un canje de prisioneros con los británicos que debía hacerse en Europa.

El 5 de noviembre de 1757, Alexander, Georges y 214 prisioneros británicos más son embarcados en Québec en el navío Le Robuste en dirección a Inglaterra. Pero en medio del Atlántico les atrapó una tormenta que casi les cuesta un naufragio y dejó el navio totalmente inutilizado. Como pudieron llegaron hasta Rochefort si hacer ningún cambio y de ahí fueron llevados a la Torre de La Lanterne de La Rochelle, luego aquí, a Cognac, y por último a Angouleme, donde quedaron hasta su intercambio por prisioneros franceses en 1758.

Supongo que después de esta aventura, Alexander y Georges volverían desde Inglaterra a su tierra natal, allá en América, con muy pocas ganas de volver a salir lejos de ellas…

Y esta es toda la historia. Espero que les haya servido para sus intereses.

Les envío también una copia del dibujo que hizo el autor del libro, Luc Boucherie, de ambos grafitos, dos de los que dejaron Alexander y Georges durante su prisión en este castillo.

Gracias por su visita al Castillo de Coñac.

Atentamente

Sophie


9 La blanca espuma de la orilla

Ni él sabía el tiempo que había pasado dormitando en la playa, tumbado sobre la arena. Se desperezó con cierta desvergüenza, abriendo la boca hasta su límite y estirando sus miembros todo lo que pudo mientras emitía un fuerte sonido.

Después se levanto, y al ver la cantidad de arena que se había acumulado en su trasero, la sacudió con fuerza, dejando que cada uno de aquellos granos que durante unos instantes había formado un todo, volaran solitarios al antojo de la brisa, hasta perderse para siempre entre la blanca espuma de la orilla.

martes, mayo 08, 2007

La sustancia de los sueños

Cuentan que a las lluvias las traía el mismo viento, rastrillando con sus dedos la superficie de lagos, ríos y mares para lanzar sus aguas a las alturas y dejarlas caer, como de rebote, donde la providencia lo estimara oportuno. Muchos afirmaban haber visto alzarse hasta el cielo grandes cantidades de agua, de manera que por unos instantes cambiaban su curso para dirigirse a lo alto, como si se tratara de un río celeste.
Así es cómo se originan las tormentas, y cómo éstas producen naufragios, y las vidas de los navegantes cambian en un instante llegando a las orillas más insospechadas, y quedando mudada en ocasiones su condición.
Aquél día de finales de abril, mientras esperábamos el momento de acercarnos a Cognac para destapar por fin el enigma que nos había llevado hasta aquellas tierras, visitamos el faro de Cordouan, uno de aquellos lugares que son pasto de los vendedores de posters, con torre rodeada de un mar tempestuoso.
Según cuenta una de esas leyendas que terminan por engrosar el apartado de historia de los folletos turísticos, el nombre de Cordouan le viene de los marinos españoles que mercadeaban con los vinos de Burdeos allá por la Edad Media. Si hacemos caso de lo que se dice, se las veían con tantos problemas para maniobrar en el estuario del Garona, que solicitaron a los mercaderes girondinos que construyeran ahí un faro. Lo hicieron; ¿Y cómo lo llamaron?: pues como parece que quienes lo solicitaron eran cordobeses, le llamaron “cordou” –Córdoba, en francés-, y de ahí lo de “cordouan”. Eso es lo que dice la leyenda.
La visita es, en sí, una pequeña aventura. Al estar en medio del mar, a unos pocos kilómetros de la costa, hay que acercarse en un barco que aquél día salía a las 8 de la mañana desde el puerto de Royan. Es cosa de media hora de navegación, y cuando uno llega, debe quitarse los zapatos y remangarse los pantalones para acceder al faro. Ya lo advierten al venderte el billete: se trata de un “debarquement les pies dans l’eau”.
El interior, que le ha valido al faro el sobrenombre de el "Versailles de la mer", es realmente impresionante, pues está equipado como si se tratara de un pequeño palacio, y cuenta, entre otras cosas, con una curiosa capilla con hermosas vidrieras, así como con las estancias donde habitan los fareros desde su puesta en servicio allá por 1611. Pero aquí no me voy a extender, que para eso están las guías de turismo.
Como teníamos tiempo de sobra hasta nuestro regreso a Royan, salimos al exterior a pasear por el muro que rodea la torre y desde el que se ve, cuando la marea es alta, la inmensidad del océano por todo el rededor. Allá, el día estaba claro, el aire algo más que suave y bastante fresco, con un fuerte aroma a mar, y flameando nuestros sentidos en compañía de los graznidos de las gaviotas que volaban alrededor del faro. Nos embargaba una sensación de profunda paz, de adormecimiento…
- Podíamos sentarnos un rato aquí, a leer frente al mar. Todavía tenemos más de una hora –dijo mi compañera.
Dicho y hecho. Nos sentamos, abrí mi mochila y saqué el libro que llevaba para amenizar aquellos momentos de espera que se le presentan a uno cuando menos lo imagina.
- Muy a propósito –pensé al tenerlo entre mis manos.
En “La hidra de la revolución” de Linebaugh y Rediker, se narra la conocida historia del “Sea Venture”. Era una fragata de la Virgina Company, que camino de aquella colonia con su nuevo gobernador y cerca de un centenar de colonos que llevaban más o menos forzados desde Inglaterra para reponer la diezmada población de lugar, fue atrapada por una tormenta.
La tripulación aguantó durante días hasta quedar exhausta, y cada vez más convencida de que les aguardaba una muerte segura. Así que decidieron dejarlo todo, no resistirse a lo que les deparaba el destino, y aprovechar sus últimos instantes para hacer lo único que merecía la pena en unas circunstancias como aquellas: bajar a la bodega y beberse todas las botellas de licor, una tras otra, sin dejar nada, “despidiéndose los unos de los otros hasta un encuentro más alegre y feliz en un mundo mejor”.

Pero estaba escrito que aquél no iba a ser su último día, y la tripulación al completo naufragó con poco más que unos rasguños en una desierta isla de las Bermudas. Todo parecía indicar que lo inhóspito y desconocido de aquellos lugares, de los que se conocían numerosas leyendas marineras que los llamaban “las islas del diablo”, iban a poner muy difícil la supervivencia a la malograda tripulación del Sea Venture.

Pues bien, resultó que aquél lugar que suponían encantado, infestado de demonios y seres monstruosos, no lo era tanto. Superada la primera noche, en la que tuvieron que aguantar asustados los continuos aullidos desgarrados que procedían de la espesura –y que no era otra cosa sino el canto nocturno de la fardela de Bermuda-, la cosa empezó a tomar otro color. La isla no era tan inhóspita, aunque estaba deshabitada, y ofrecía a los naúfragos todo aquello que necesitaban para alimentarse sin hacer apenas esfuerzo: gran variedad de fruta, abundante pescado y unos suculentos cerdos negros que habían logrado llegar nadando hasta las costas algunas décadas antes, tras el naufragio de un navío español.

Los funcionarios de la Virginia Company no terminaban de ver con buenos ojos todo esto, me refiero a la satisfacción que mostraban por tanta abundancia los colonos forzosos que viajaban con ellos a la colonia americana. Más aún cuando aquellos manifestaron no querer hacer nada por salir de aquél lugar y marchar al que era su destino, donde, según se decía, era tal la precariedad que los colonos con los que iban a convivir se alimentaban del cuero de las botas y de serpientes.

Vistas las cosas, y a sabiendas de que no tardarían en ir a buscarles al recibir el aviso de los barcos que hicieron la travesía junto a ellos, algunos de los colonos se conjuraron contra cualquier intento de regresar y planearon un motín para hacerse con los suministros salvados del naufragio. Pero fueron descubiertos y huyeron –como lo hacían los cimarrones-, al interior de la isla con la intención de buscar un lugar donde asentarse y no tener que marchar a Virginia.

El resto logró construir en pocas semanas dos naves llamadas Deliverance y Patience, con las que llegaron sin dificultad a Virginia, donde contaron lo que les había sucedido y cómo en aquella isla habían quedado unos cuantos de aquellos “vagos, insumisos y malvados” conspiradores.

La noticia tuvo su eco. Es de imaginar que por aquél entonces, como en cierta manera también ocurre ahora, iría ampliándose y recibiendo modificaciones a medida que pasaba de boca en boca. Y por éste conducto llegó hasta Europa, y de ahí hasta uno de los tantos accionistas de la Virginia Company, un célebre autor de obras teatrales llamado William Shakespeare.

Y esto es lo que iba a darle materia al autor para escribir la que sería a la vez su última y una de sus mejores obras: La Tempestad, que se estrenaría en noviembre de 1611 con motivo de las bodas de la princesa Elizabeth, hija del rey James I de Inglaterra.

De todo lo que hay en ella, quedarán presente siempre en mi recuerdo aquellos versos de Prospero, que como una advertencia para el que duerme profundamente en la realidad, parecen querer recordarnos la sustancia de la que estamos hechos y la fragilidad de todo aquello que guarda nuestra memoria:

Nuestra fiesta ha terminado. Los actores,
como ya te dije, eran espíritus
y se han disuelto en aire, en aire leve,
y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía,
las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función,
no quedará ni polvo. Somos de la misma
sustancia que los sueños, y nuestra breve vida
culmina en un dormir.

La marea, que había ido bajando, dejaba asomar por entre sus aguas algunas de las rocas sobre las que se asienta el faro. Entre ellas, como víctimas de su propio naufragio, varech y otras muchas algas, junto a restos de tablas, un marco de ventana y un cubo de plástico que quién sabe de donde procedían y cuál es su historia.

Teníamos que irnos, abandonar el faro y volver a tierra firme. Quizá ya es hora de que explique qué es lo que nos había traído hasta aquí.

martes, mayo 01, 2007

Las tentaciones de la curiosidad

Llevábamos un par de horas buscando por entre las paredes de la tour de la Lanterne el rastro de algo que tiene que ver con mi penúltima anotación, con aquella referida al último mohicano, cuando dimos con un grafito firmado por un corsario que decía ser natural del mismo lugar del que somos nosotros. Lo fotografiamos y anotamos su nombre, ¿quién podría ser? -pensamos-, ¿cómo llegó hasta allá?; Sería interesante saberlo…
Dudamos por unos instantes, pero al poco seguimos con nuestra búsqueda.
- Vamos a dejarlo y continuemos con lo nuestro. No permitamos que nada nos distraiga.
Cuando terminamos de revisar lo que había en aquella planta, decidimos subir a la siguiente. Por el camino, mientras dábamos vueltas y vueltas por aquellas angostas y mareantes escaleras concéntricas, di de frente con una curiosa inscripción:
“Paul H. Noe”
Y debajo una fecha que no era otra sino la del mismo día, mes y año de mi nacimiento.
¡Endiablada casualidad!. ¿Quién sería ese hombre?, ¿qué hacía ahí?; en aquél momento sentía la imperiosa necesidad de saber algo de él, averiguar si seguía con vida y enviarle una copia de la foto de esa inscripción que había marcado hace ya tantos años en las paredes de la torre.
¿Qué podemos hacer?.
- Vamos a dejarlo y continuemos con lo nuestro. No permitamos que nada nos distraiga. –volví a repetirme.
Sin embargo, ahora que he vuelto, he decidido hacerlo de manera parecida a la de él, marcando su nombre y mi mensaje en las paredes de esta bitácora, de manera que si los vientos del destino le llevan algún día hasta aquí, sepa que el deseo de perpetuarse que le llevó a inscribir su nombre en una pared, se vio cumplido 40 años después.

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