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Mostrando entradas de septiembre, 2007

Los singulares efectos de una tormenta

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Parece que llueve. Estamos en pleno agosto, y en lo poco que llevamos de vacaciones, apenas hemos podido ver asomar en el cielo una fina cinta azulada de luz. Todo es gris y mate, con ese aspecto plomizo y metálico de los días cerrados cuyo destino está escrito sin remisión: agua, frío y humedad. Afortunadamente, resulta muy distinto verlo desde una de las ventanas de la oficina, en medio del ruido y la monótona compaña del trabajo, que desde aquél lugar, en la primera planta del Louvre, con la plaza del Carrousel bajo nosotros. - Bueno, nosotros a lo nuestro. ¡Vamos!. - Vale, pero no vayas tan deprisa que no nos espera nadie. - ¿Qué no nos espera nadie?, ¿estás segura? - ¡Charles, eres como un crío! No es la primera vez que me lo dicen, y a fe mía que no será la última. Dado que es habitual en mí perder el gobierno de mis emociones en circunstancias como aquellas, quien está acostumbrada a tratarme no debió extrañarse demasiado cuando apreté el paso y eché casi a correr por los pasillos de…

En el centro del mundo

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Cada vez que lo lanza
cae, justo,
en el centro del mundo.
(Octavio Paz, Niño y trompo)


En ocasiones, cuando uno siente en su ánimo el pesado aliento del destino, busca refugio en los recuerdos más lejanos, en aquellos en los que la inocencia caminaba de la mano de la esperanza, y el tiempo era lo suficientemente generoso con nosotros como para permitirnos disfrutar del baile de una perinola: pon una pon dos toma una toma dos toma todo todos ponen
y nuestros ojos vigilaban atentos la espontánea danza de lo que está por llegar, desde aquél lugar, en el centro del mundo.

Pájaros en la cabeza

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De todos los lugares que hay en el mundo, aquellos en los que más me gustaría estar son los que no conozco. Quizá sea por eso: porque no los conozco, y en el mismo momento en que lo haga perderé el interés por ellos. ¿No crees, Charles? No, seguramente he dicho una tontería.

Intento hacer que leo el periódico. Casi no cabe en el mostrador, y uno de sus extremos cae sobre la tortilla de patatas con jamon york a medio empezar que espera flácida el apetito de algún incauto parroquiano. Por fortuna no hay apenas gente y se está tranquilo… ¡eh!, ¿qué pasa?; alguien que entra en escena, y desde la distancia de la puerta, se dirige a la camarera: - ¿Maritxu, eres Maritxu? - ¿A quien le dices?, ¿a mí? - Si, ¿no eres Maritxu? - No. - ¿Segura? - Mira guapa, me acabas de bautizar… ¡no voy a saber yo cómo me llamo!. - Pues me habían dicho que te llamabas Maritxu. - Ya te digo que no, me llamo Paqui ¿quién te ha dicho eso? - La de la fruteria del Eroski. - No conozco a ninguna frutera del Eroski. - Si, antes…

Je t'aime

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En el ocaso, cuando las últimas luces del día rozan como la brisa aquellas rosas que siempre alguien se ocupa de cuidar, un brillo rojizo se proyecta sobre su lápida, y haciendo casi desaparecer el nombre, quedan presentes en ella la memoria de los cientos de personas que han acudido a visitarle.