Los singulares efectos de una tormenta
Bajo ellas, sobresale una carreta arrastrada por un buey. El pobre lucha por avanzar en la misma dirección por la que viene la tormenta. Dos hombres usan de toda su fuerza y la empujan para que supere el tramo final de un pequeño cerro.
A un lado, y como huyendo despavoridas de lo que se les viene encima, corre apelmazado un rebaño de ovejas. Parecen estar dispuestas a pasar unas por encima de otras antes de ser atrapadas por la tenebrosa oscuridad que se les aproxima. Por el lado opuesto, y casi borrado por la fuerza del viento, un hombre a caballo intenta, vara en mano, sacar de ahí a su rebaño. Su silueta, no se porqué, tan solo me sugiere una palabra: olvido.
Cualquier esfuerzo parece vano. La tormenta puede más que todos ellos, y en las nubes amenazantes se manifiestan como las dueñas y señoras de sus destinos. Ocultos bajo su furor, parece oírse a aquellos hombres gritar como queriendo doblar sus fuerzas, quejarse al buey, el carro que cruje al viento y el flamear elegante y violento del paño que se alza sobre todos ellos, retando a la fuerza de los cielos.
Uno casi espera ver desaparecer del cuadro todo signo de luz. Quizá si me quedo unos instantes más –pensé-, podré verlo y escuchar en medio de ese silencio que acompaña a la oscuridad, el sonido cortante y rotundo del primer trueno. Eso si antes el rayo que lo precede no ha rasgado el lienzo de lado a lado, en su diagonal.
La escena me trajo a la memoria algo que tenía mucho que ver con lo que me había llevado allá. En cierta manera, fue también una tormenta la que desencadenó una serie de sucesos aparentemente banales, pero que dejaron de serlo para mí en el mismo momento en que fueron la causa de estar aquél día buscando algo muy concreto en los pasillos del Louvre.
Ocurrió en París un 22 de septiembre de 1768, una tarde que empezó con la más terrible de las tormentas. Desde medio día el cielo había ido encapotándose, hasta quedar cubierto de espesos nubarrones que con su pesada carga no presagiaban nada bueno. A eso de las 3, comenzaron a menudear los goterones gruesos y templados que iban golpeando con fuerza el pavimento de las calles, levantando el polvo que todos los días pasados de calor habían ido acumulando en ellas.
En medio de la confusión que se produce en situaciones como esta, con la gente corriendo de lado a lado de las calles intentando guarecerse en algún soportal o bajo un arco, la ciudad se iluminó totalmente, con una luz cegadora que rápidamente fue acompañada de un gran estruendo. Como si se hubiera tratado de algo previsto, todo el mundo dirigió la mirada hacia el mismo punto, y cuando la claridad fue desapareciendo, y todos pudieron volver a ver, descubrieron que un rayo había atravesado el tejado de la iglesia de Saint Roch y en medio de un enorme destrozo, hizo saltar en mil astillas el púlpito provocando numerosas heridas a la media docena de personas que estaban allí presentes.
La cosa no era algo que se pudiera considerar extraordinaria en aquellos tiempos, pero debió causar cierta sensación pues a lo largo de los días siguientes se congregaron cantidad de curiosos en torno al templo. Cuenta las relaciones de la época, que el lugar se llenó de todo tipo de personas: paseantes avidos de ver con sus propios ojos el negro boquete que había quedado en la cubierta, gacetilleros que tomaban confiada nota de lo que contaban las decenas de curiosos que surgían de todas las esquinas dispuestos a narrar lo sucedido por unos pocos sous, mercachifles vendiendo supuestas astillas del púlpito o grabados improvisados que reproducían el hecho con total exactitud y los curas de la parroquia rodeados de los acomodados vecinos de la Rue St. Honoré, llevándose las manos a la cabeza y alzándolas después al cielo invocando el nombre de Nuestra Señora.
Uno de estos llorosos padres, asiduo del salón de Madame de Lespinasse, había oído hablar en él de las aplicaciones contra ese tipo de eventualidades de un invento ideado por un americano de las colonias inglesas, que casualmente vivió durante unos años en Paris recaudando fondos para la guerra contra la metrópoli. El señor Franklin, que así se llamaba el tal inventor, había regresado a su tierra meses antes, pero por fortuna había en París quién llevado por la curiosidad y la naturaleza de su oficio tomó buena nota de lo que había que hacer.
El señor Baradelle fabricaba en su taller del Quay de l’Horloge, instrumentos de navegación, cuadrantes solares, lentes, espejos paralelos, esferas astronómicas, Círculos de Borda y cualquier otro tipo de ingenio que pudiera necesitar lo más granado de la comunidad científica francesa de su época. La Condamine, Bouguer, Cassini de Thury, de Romas o Maupertuis eran parte de esa distinguida clientela que acudía a él con sus ideas y esbozos de instrumentos para que les diera la forma y el tamaño precisos.
Llevado por la curiosidad, había hecho buen uso de sus contactos y amistades para conocer al Señor Franklin, tomar buena nota de sus inventos y fabricar en su taller sus propias adaptaciones. Antes se había pasado unas cuantas tormentas probando en los Campos de Marte el “Cometa-Pararrayos”, ideado por De Romas. Pero pronto se aburrió de dar entretenimiento a un grupo de curiosos que acudían con total fidelidad a todas sus exhibiciones para ver cómo no faltaba una en la que estuviera a punto de morir hecho cenizas.
Por aquél entonces, la electricidad era un descubrimiento que más allá de sus aplicaciones prácticas, era también empleado como un entretenimiento o curiosidad que tenía garantizado el asombro del público. Era habitual que los principales salones de la alta sociedad encargaran unas curiosas máquinas que producían cargas eléctricas por medio de la fricción que se conseguía al hacer girar dos discos con unas manivelas. En ocasiones, sentaban a una de las damas presentes sobre un columpio y administrándole pequeñas descargas hacían que sus cabellos se pusieran de punta, o que las manos atrajeran pequeños pedazos de papel. Era un juego muy del gusto de aquella época al que llamaban “La Dama Electrificada”.
Tan de moda estaba todo esto que los había también que hacían a su manera gala de un enorme espíritu moderno, y aprovechaban la mínima ocasión para salirse a la calle con su paraguas-pararrayos, arrastrando como alma en pena –aunque con porte orgulloso-, un molesto cable que colgaba desde la punta metálica del mismo hasta el suelo.
Así que cuando Baradelle, siguiendo las enseñanzas de Franklin, colocó en el nuevo tejado de Sant Roch esas barillas picudas de metal conectadas a la tierra, despertó la curiosidad de todo París y su fama de fabricante de ingenios e instrumentos curiosos comenzó a ser reconocida mas allá de los círculos científicos por los que se había movido hasta el momento.
Lavoisier cuenta algunos años después, por ejemplo, que echó mano de sus conocimientos para un caso parecido al de Saint Roch, tal y como se puede leer en un escrito presentado ante la Academia de Ciencias de París titulado "Rapport sur des effets singuliers du tonnerre". Según parece, pasó gran parte del tiempo sobre el tejado, dando instrucciones, a la vez que completaba sobre un gran cuaderno de dibujo los esbozos de unos cuantos objetos que tenía el encargo de fabricar.
Y es que no había quien en la buena sociedad parisina no se disputara el turno para que en el taller de tan reconocido maestro le fabricaran siquiera una pequeña lupa que mostrar en los salones, o una sencilla brújula para un regalo de calidad.
Pero lo que nos había traído hasta aquí no era nada de eso, sino un encargo algo más particular que le llegó de la mano de un importante Señor de origen español: Baradelle iba a construir su primer juguete.






Escuchad lo que dijo el de Arouet:
Reflejo









