martes, diciembre 18, 2007

Tiempo

Esta mañana, mientras revisaba los asuntos que me quedaban pendientes para antes de irme de vacaciones, me he encontrado, entre las páginas de mi cuaderno, con una sóla palabra escrita con trazo rápido, como urgente, que no tengo muy claro cuándo y para qué la escribí, pero que estoy seguro que siempre deberá permanecer ahí, donde está, como esa asignatura pendiente que dificilmente aprobaré, por lo menos por ahora: tiempo.
Afortunadamente, quedan estos pequeños claros, en los que uno procura romper con todo, desaparecer de su mundo y pasar el tiempo en un lugar en el que todo le sea ajeno, y él nada más que un perfecto desconocido. Pasear, conocer y dejarme llevar por el camino que mi curiosidad marque allá donde esté...
Así que como es costumbre muy conocida por quienes venis a visitarme desde hace ya mucho tiempo, ahí he dejado mis nubes para avisaros de mi marcha, y bajo su acogedora sombra mi deseo de que para todos vosotros el año que viene traiga más alegrías que sinsabores, alguna buena sorpresa y, sobre todo, la oportunidad de que todos podamos disfrutar al máximo de uno de nuestros bienes más preciados: el tiempo.

viernes, diciembre 14, 2007

Lambro Cazzioni, Rey de Maina, libertador de la Grecia


Curioseaba hace cosa de un par de semanas por entre los fondos de la Gazeta de Madrid, cuando la casualidad quiso que diera con una noticia procedente de Venecia y publicada el 28 de agosto de 1792, en la que se daba cuenta de un hecho singular. Se trata del manifiesto publicado por un tal Lambro Cazzioni, y dirigido a todas las naciones de Europa, haciendo pública su decisión de rebelarse contra lo que él consideraba una injusticia, o mejor dicho una traición, abandonando su vida como oficial de la armada rusa, para tomar partido por la piratería en aquellas aguas del Mediterráneo oriental que tan bien conocía.
Cazzioni abandonaba públicamente la legalidad, y lo hacía por una de las vías tradicionalmente menos recomendables: la de continuar una guerra que ya había terminado, y cuyos contendientes estaban muy interesados en dar por finalizada, olvidando sus promesas y pactos con quienes habían sido hasta entonces sus aliados.
Las deliciosas evocaciones de esta noticia, que traían a mi memoria la imagen del Byron que murió cerca de 30 años después en Misolonghi, me animaron a revolver un poco más entre aquellos y otros papeles, para ver si conseguía averiguar algo sobre el rebelde Cazzioni y lo que el destino le deparó.
Sin ser demasiada, tuve algo de fortuna, y pude dar con unas cuantas cosas que se dijeron sobre él: algunos lo hacían griego y otros albanés; además de Comandante de la Flota Imperial y después pirata, fue también médico de Catalina la Grande; su Maina, aquél pequeño reino que creyó poseer, era el lugar desde el que, según algunas leyendas, comenzaría la reconquista del imperio bizantino y la cultura griega; y, lo más evocador, uno de sus fondeaderos, en los peores momentos de persecución, lo tuvo en lugar oculto cerca de Itaca…
Pero prefiero dejar de lado todo eso, no contarlo, y que nos quedemos con el momento en que Cazzioni da ese giro a su vida para enarbolar la bandera pirata. Todo lo demás, lo que hubo antes y vino después, es algo que quizá sea mejor dejar en manos de nuestra propia imaginación, mientras leemos plácidamente aquella noticia que un día de agosto llegó desde Venecia:


jueves, diciembre 06, 2007

Melancolia

Esta historia debería termina con la visita de la muerte. El largo camino que hemos recorrido sólo nos lleva a aquél destino, a no ser que hagamos trampa, empecemos por el final e intentar así concluir allá donde la vida está llena de esperanza y se respira en su total plenitud… Es una posibilidad. Vamos a intentarlo. Aunque para ello debamos de imaginar algo muy distinto a lo que ahora está viendo cada uno de nosotros.
Deberíamos ser capaces de ver una ciudad humeante, totalmente arruinada tras un largo sitio. Por entre los restos de edificios, cadáveres de personas y animales. Como perdidos de la razón, vagan gentes que buscan bajo la ruina algo que meterse en la boca, unas monedas o cualquier cosa con la que hacerse para luego venderla. Es propio de la naturaleza humana el hacer beneficio de las desgracias ajenas y los hay que aprovechan el caos y la ruina para apropiarse de todo lo que pueden. Muchos de ellos son los soldados que han entrado triunfantes en la ciudad, borrachos de tensión, odio y miedo: ahora llegaba el momento de darse un desahogo y hacer pagar a aquellos rebeldes lo malo pasado.
Estamos en Zaragoza y pronto despuntará la primavera de 1809. El Mariscal Lannes ha terminado con la resistencia de la ciudad tras unas largas jornadas de lucha. Él mismo se encargó de marcar las condiciones en las que deberían rendirse los resistentes: entrega de armas, paso franco a sus tropas y la inmediata liberación de dos prisioneros: el Capitán General Guillelmi y el Príncipe dePignatelli.
Las memorias de Marbot y Lejeune, oficiales del ejército francés, coinciden en contar cómo el último de los dos prisioneros fue enviado un año antes a Zaragoza por Napoleón desde Bayona, donde los reyes de España se estaban echando el uno al otro la corona como si fuera una patata caliente, con una misión que podía ser más de espionaje que de apaciguador de las levantiscas gentes de Aragón.
El caso es que el príncipe-espía no llegó a destino por su propio pié, sino que antes, a la altura de Valtierra, fue atrapado por una partida dirigida por el herrero del lugar y, tras sufrir un intento de linchamiento al ser llevado a Tudela, las Juntas de Defensa decidieron, por su propia seguridad, enviarlo preso a Zaragoza.
Lo que pasó a partir de ahí es fácil de imaginar, y lo cuentan los mismos memorialistas: prisión en la Aljafería, hambre, enfermedad e incertidumbre, mientras la ciudad en la que está preso sufre dos sitios sucesivos. Al final del segundo de ellos, cuando fue liberado por petición de Lannes:
“Tenía un doloroso aspecto debido a sus padecimientos en la cárcel. Había sido devorado por la fiebre, y no disponíamos de una cama que ofrecerle, ya que el mariscal sólo le había podido proporcionar alojamiento en una casa sin muebles, cuya única ventaja era la de estar cerca del punto de ataque. Junot mientras tanto, se había establecido en un rico convento, donde vivió muy cómodamente. Le ofreció hospitalidad al príncipe, que, fatalmente para sí mismo, aceptó. Junot le agasajó tanto que su estómago, socavado por las penurias de la cárcel, reaccionó mal al cambio repentino, y el PríncipePignatelli murió al poco de recuperar la libertad y la felicidad.”
Armando, que así se llamaba el tal príncipe, había nacido en París poco más de treinta años antes. Hijo de una noble familia aragonesa, su padre vivía inmerso en la atmósfera ilustrada del momento: a las tertulias que organizaba en su propio palacio o a aquellas a las que acudía, nunca faltaban lo más granado de la cultura Parisina. El mismísimo Rousseau cuenta al final de sus Confesiones como fue a él entre otros a quién leyó el manuscrito de aquella obra. De su relación con Voltaire queda rastro en el epistolario de este último, en el cual leemos cartas de agradecimiento por las visitas que aquél le hizo en su retiro de Ferney, muestras de afecto y diferentes felicitaciones con motivo del nacimiento de cada uno de sus hijos.
No es de extrañar pues que, a una indicación de Voltaire en una de estas cartas, pensara en encargar a aquél Baradelle del que le hablaba, un juego para sus hijos que despertara en ellos desde su más tierna infancia el interés, la curiosidad, el gusto por la experimentación y el placer de la lógica.
- Un juego de figuras geométricas –debió de pensar el orgulloso padre-, será la mejor manera de lograr todo ello, y se hará de tal manera que pueda acompañarles allá donde vayan. En una pequeña caja de manera que sea fácil de transportar.
Desde un principio, aquél juego fue saltando de mano en mano, como si estuviera condenado por algún extraño motivo a no encontrar descanso. Perteneció primero al hermano pequeño de la familia que, al morir siendo aún un niño, lo transmitió a su otro hermano, Alfonso. Este lo guardó durante toda su vida como una de los recuerdos y tesoros mas preciados por él: lo llevó consigo cuando abandonó Francia huyendo de la revolución, le acompañó durante la campaña del Rosellón, estuvo con él en Fonthill disfrutando de la hospitalidad de William Beckford, recorrió Italia, Alemania y volvió a la Francia de Napoleón, donde él y su hermano Armando entraron a formar parte de la buena sociedad parisina del momento. Habían llegado allá huyendo de España, donde les acusaron de distribuir “libelos anticristianos de Voltaire, Diderot, Holbach, Dupuis y Volney”.
La Duquesa de Abrantes recuerda aquellos tiempos, y a ellos también, en su deliciosa “Historia de los salones de París”, verdadera crónica rosa de la época, en la que nos cuentan las fiestas, amoríos varios y conspiraciones de alcoba que fueron trazándose hasta que desapareció aquél mundo de salones con la llegada de la Restauración.
Se contaba entonces que Alfonso tenía una profunda relación platónica con la Recamier, y que ésta le dedicaba todo tipo de atenciones, sobre todo a partir de de contraer aquél una tisis que le llevó a la tumba allá por el año 1807.
“Ruego también que se le haga entrega a mi hermano de la caja de piezas que nos regalo nuestro padre y que ha estado acompañándome todos estos años, como muestra de mi mas profundo afecto”
Con esta frase Alfonso cerraba su testamento, dictado el mismo día de su muerte, dejando bien claro el interés que tenía por conservar aquél recuerdo que unía a los tres hermanos con el ideal que había movido a su padre en el momento de encargar el juego.
Aunque no le sobrevivió mucho, Armando obedeció siempre al respeto que sentía por el relevo que le había transmitido su hermano y llevó en todo momento consigo dicha caja, hasta el punto de tenerla presente él también en su última voluntad, cuando estaba a punto de fallecer al poco de ser liberado de las cárceles de Zaragoza:
“entre mis objetos propios que han permanecido almacenados en el castillo de la aljaferia, hay una caja de piezas geométricas que perteneció a mis hermanos y que ruego sea entregada a Monsieur Nicolás Fousset, de Orleáns, consejero y educador mío y de mis hermanos en memoria de los felices años de niñez”
Sabrá quién ha llegado con su lectura hasta aquí, armarse de más paciencia, y comprender que quien esto escribe no podría, si no es con torpeza, transmitir la profunda emoción con la que, sabiendo todo lo que llevo contado, nos llegamos por fin al lugar donde se exhibía el dichoso juego.
Puesto a pedir, también lo hago de mucha indulgencia a la hora de ver las fotografías que presento a continuación, pues en descargo nuestro diré que la sala 46 –donde se guarda parte del fondo Landau-, se encuentra en el descansillo de la escalera, junto a la puerta del ala del museo que está en obras, y sin ninguna iluminación. En ese rincón oscuro y solitario descansaba el juguete que una vez construyera Baradelle.

Al acercarnos a él pudimos leer la tarjeta que acompañaba a la caja y que llegados a estas alturas nos produjo una profunda emoción:
Nicolás-Alexandre Baradelle
Coffret de figures geometriques
Buis, acier, soie blanche
Boite: noyer, acier (¿), alliage cuivreux
Paris, seconde moitié du XVIII siecle
Collection Nicolas Landau,
Don de Mme. Nicolas Landau , 1979.



A una de las guardas de sala del museo le debió de llamar la atención nuestro interés por el Baradelle, y después de permanecer observándonos durante un rato, se acercó a nosotros.
- Esa caja estuvo hace unos pocos años en una exposición del Grand Palais. Fue la última vez que salió de aquí.
Nos contó que llevaba varios años allá en el Louvre y que procuraba familiarizarse con todas las obras que se exhibían en las salas que ella cuidaba.
- Paso mucho tiempo aquí, y es una forma de no aburrirme y poder disfrutar más de todo lo que me rodea.
- Imagino que habrá visto de todo a lo largo de estos años –le respondí.
- ¡Por Dios! –exclamó- pueden jurar que sí: he visto a gente muy famosa cruzar estos pasillos –aquí nos dio una serie de nombres-, turistas que pretendían ver todo el museo en un solo día, y quienes llegan totalmente confundidos, desde el éxito del Código Da Vinci, buscando el “cuadro de la última cena”…
- Vamos, que tiene como para escribir un libro….
- ¡Y tanto! –hizo una pausa antes de continuar- y ustedes, han venido directos a esta vitrina, a la caja de Baradelle...
- Si, hemos venido con la idea exclusiva de verla.
Le contamos de manera somera lo que sabíamos de la historia de la caja, cómo habíamos llegado a saber de ella y cómo también el investigar a algunos de los personajes que la poseyeron fue el motivo por el que estábamos en París.
- Si ustedes esperan un momento –nos dijo tras escucharnos con curiosidad todo lo que le relatamos-, les mostraré algo que seguramente les interesará.
Entró en la sala contigua y de ahí abrió una puerta que conducía a un pequeño despacho, no pasaron más de un par de minutos y volvió con un enorme libro entre las manos. Era unos de esos lujosos catálogos que se editan con motivo de algunas exposiciones. Lo abrió, y dando muestras de tener claro lo que buscaba comenzó a pasar hojas en uno y otro sentido, asegurando a cada poco que estaba a una página de dar con ello.
- Aquí es, miren ustedes-, dijo al fín señalando una espléndida fotografía del mismo Baradelle que teníamos ante nosotros, pero abierto y con un aspecto mucho más aparente que el que tenía tras esa vitrina.
Tal y como nos había dicho la vigilante, en el libro se veía que el juego había salido del Louvre poco antes, con motivo de una exposición que tuvo lugar en el Grand Palais del mismo París entre el 2005 y el 2006. A la fotografía del Baradelle acompañaba un texto explicativo que se ceñía en gran parte a la etapa en la que aquél fue propiedad de Nicolás Landau.
En él se lee que el “Príncipe de los anticuarios” había manifestado su deseo de entregar esta y otras piezas al museo del Louvre tras su muerte. Según relata su viuda en ese mismo texto, semanas antes de fallecer fue revisando cada una de ellas, para señalar en un cuaderno las recomendaciones que debían observarse al ser expuestas en su nuevo destino:
“Esta figurilla no deberá ser puesta jamás junto a otra de su misma procedencia o periodo”
“El catalejo siempre estará mejor a medio desplegar, como invitando a ser utilizado, y tumbado sobre un plano, hoja impresa o libro”
“Un reloj de bolsillo está bien acompañado de otros, de manera que se puedan apreciar sus diferencia”
“Deberá de mostrarse especial celo en que esta caja esté abierta y las piezas que hay en su interior colocadas incorrectamente, es decir: el cubo donde el dodecaedro, la bola donde rectángulo, y así en todos los casos”
La extremada delicadeza con la que Landau se preocupó en sus últimos momentos por aquellas piezas era realmente conmovedora, más aún cuando teníamos la evidencia aquí, en su futuro, que nada de aquello parecía haberse cumplido, y que lo que había pasado por tantas desafortunadas manos, y formado parte de su selecto y personal “Cabinet de l’honnête homme”, terminaba tras una triste vitrina en el más oscuro y perdido rincón de aquél museo…
Fuera, la tormenta seguía inundando con su aguas la plaza del Carrousel. A través de las ventanas apenas entraba una pequeña brizna de luz, y el repiquetear constante de las gotas de lluvia contra el cristal nos daba, en aquél momento de silencio, la sensación de encontrarnos detenidos en un lugar del tiempo donde pasado, presente y futuro no eran si no la misma cosa.
Cerramos el catálogo. Sentía al tacto el frescor de las cubiertas de aquél volumen. Mientras permanecía con la mirada fija en un punto indeterminado del libro, sumergido en el recuerdo de todo lo que habíamos visto, fui apartando mi mano de la portada, hasta dejar a la vista el título de aquella última exposición en la que nuestro Baradelle había sentido en su interior la luz del día:
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