sábado, abril 19, 2008

3 años después

Hola Josan.
Como lo prometido es deuda, y al salir para la Gascuña te di mi palabra de contarte a la vuelta de qué trataba esto de seguir los pasos de los verdaderos tres mosqueteros –que realmente fueron cinco-, por las tierras aquellas y las del Bearn, aquí estoy de vuelta para cumplir con lo convenido y procurar satisfacer esa curiosidad que quedó sedienta hace unas semanas.
Ya te he contado por teléfono alguna de las cosas que he visto y las personas que he conocido, sabrás que parte de lo que aquí te voy a contar lo voy a hacer ayudado por un regalo que me hizo el último día mi buen amigo Jacquou: un libro titulado « Histoire vraie des trois mousquetaires » de Armand Praviel, en el que encontré recopilada mucha de la información que semanas antes, cuando preparé el viaje, había tenido que andar sacándola con cuentagotas por aquí y por allá. Parece que a mi amigo Jacquou le resultó gracioso que ese fuera uno de los motivos de mi viaje y, ni corto ni perezoso, tuvo el excelente detalle de regalarme esa pequeña y antigua joya de la historiografía mosqueteril.
El buen ojo que tuvo Dumas al encontrar aquél viejo ejemplar de las memorias de d’Artagnan es el mismo que se le manifestó también cuando se topó en los archivos de la policia de París con un caso que inspiraría su Conde de Montecristo. Poco le importó las maneras de aquél autor llamado Sandras, tan dado a la fabulación que escribía en primera persona todas las memorias que salieron de su mano como si las escribiera el autobiografiado, que utilizara fuentes más que dudosas, y que rellenara con florituras galantes o gallardas muy del gusto de la época todos aquellos márgenes que quedaban vacios… Él se sabía capaz de emplear ese material para darle una vida que sólo podía darle la literatura folletinesca.
Dumas era como el maestro de un antiguo taller de pintura, pues no redactaba totalmente sus obras, sino que buscaba las ideas, concebía el argumento, y luego dejaba en manos de sus aprendices el grueso del trabajo, antes de volver él a correguirlo y darle las últimas y más personales pinceladas. Por ello, es injusto no recordar, siempre que se menciona «Los tres mosqueteros», a aquél que realmente la redactó a medias con el autor en su calidad de empleado, aprendiz o, como se diría hoy, «negro» : Auguste Maquet.

D’ARTAGNAN

Este que ves aquí es el Castillo de Castelmore, a pocos kilómetros de Lupiac, a la derecha de la carretera que lleva a Le Parre. Hoy en día sigue siendo una propiedad privada que aún estando protegida como monumento histórico no puede visitarse, e incluso el acceso para ver aunque sea su exterior es muy complicado, por lo que puedes imaginar cómo me quedaron las fotografias que hice de él… He preferido buscar una en internet que ilustre mejor cómo es este edificio.
En él dice la tradición que nació allá por el año 1615 Charles de Batz-Castelmore de Artagnan, el famoso mosquetero de la obra de Dumas. A uno le gusta suponer que ahí también paso los primeros años de su vida y que de esa misma casa salió en dirección a París siendo casi un crio, con poco más que una carta de recomendación para Treville y la espada de su padre.
Pero nada queda que pueda dar testimonio de todo aquello. Es posible que el deseo de compensar esta falta es el que haya animado la instalación, a la entrada de Lupiac en un antiguo hospital de peregrinos mandado construir por el padre de d’Artagnan, un museo dedicado a nuestro mosquetero. Sin tener nada del otro mundo, merece la pena visitarlo si se llega ahí, ya que esa será seguramente la única manera de poder entrar un poco en el espíritu del mosquetero en su propia tierra natal.
Además de esto, en Lupiac no hay nada más de interés : es un pueblo casi desierto, dormido y tranquilo, recogido sobre sí mismo, como si no diera demasiada importancia al interés que pueda despertar en todos los curiosos que nos acercamos hasta allá.
De la vida de d’Artagnan desde su llegada a París, se ha escrito ya mucho, y por eso yo no me voy a alargar demasiado. Eso sí, si quieres que te recomiende un libro con el que profundizar un poco más en su vida, hazte con el de Odile Bordaz. Se titula «D’Artagnan, mousquetaire du Roi. Sa vie, son epoque, ses contemporains». Su autora es, en este momento, una de las mayores especialistas en el personaje, y la lectura de su libro resulta bastante amena.
En sus páginas podrás seguir al joven d’Artagnan en su llegada a París hacia 1640, su ingreso en las Guardias Reales, y su paso en 1644 a los Mosqueteros de Trèville. Al disolverse la companía dos años después, pasa a servir a las ordenes de Mazarino, quién le encarga numerosas misiones que cumple con tal éxito, que pronto llama la atención del Rey, quien le pone a su propio servicio.
Encontrarás en él cosas muy curiosas, como que casó por conveniencia en 1659 con Charlotte-Anne de Chancelay, quien le dió dos hijos antes de separarse de él en 1665 ; que fue él quien detuvo al poderoso Fouquet, y que queda testimonio de la diligencia con la que lo hizo en las memorias de madame de Sevigné ; que cinco años antes, en 1660, acompañó a Louis XIV en su viaje a la frontera de Irún, justo hasta la Isla de los Faisanes, para encontrarse allá con la infanta española con la que se casó inmediatamente dicho monarca en San Juan de Luz. Como sueles pasar por ahí a menudo, recordarás que según salió el cortejo nupcial de la iglesia, mandó el monarca francés que se tapiara aquella puerta y no volviera nadie a cruzar su umbral, y todavía hoy puede verse el lugar del muro en el que estaba, con un cartel que da cuenta del hecho.
Antes de llegar al encuentro nupcial, parece ser que Charles de Batz-Castelmore visitó su casa de Lupiac y la tumba de sus padres en la capilla del palacio de Castelmore. Fue esta la última ocasión en que vio su tierra natal, ya que Luis XIV le tenía reservada una vasta colección de actividades que le iban a tener muy ocupado: misiones confidenciales, el gobierno de la recién conquistada Lille, y el servicio de armas en las numerosas empresas de guerra y conquista de la corona. Fue esto último lo que le llevó a encontrarse con la muerte el 25 de junio de 1673 ante los muros de Maastricht, de un balazo de mosquete en plena garganta.
A su muerte, d’Artagnan era un personaje estimado y querido. Fueron numerosos los panegíricos que se compusieron en su honor, el más celebre de los cuales –compuesto por Juliani de Saint-Blaise-, decía aquello de:
«D’Artagnan et la gloire ont le même cercueil»

ATHOS

El Athos de Dumas, aquél que era conde La Fère, padre del vizconde de Bragelonne y marido de la gran Milady de Winter, tiene que ver muy poco con el real. Para empezar, su verdero nombre era Armand de Sillègue d’Athos d’Autebielle, y era el hijo menor de una familia bearnesa de Sillègue, al sur de Sauveterre-de-Béarn. A pesar de las apariencias, de la nobleza de sus apellidos y de los títulos con los que lo adornaba, Athos descendía de una familia de mercaderes. De hecho, su antepasado conocido más remoto, llamado Tamonet, se enriqueció haciendo negocios junto a su hijo, Peyroton, con los que ampliaron el patrimonio familiar, hasta el punto de llegar en 1557 a comprar el palacio de Athos, y todos los derechos que corresponden a sus propietarios.
El tal Peyroton, bisabuelo de nuestro mosquetero, ascendió a la categoría de noble señor de Athos, Cassaber y Autebielle por la fuerza de su bolsa y no de sus armas, del mismo modo que lo habían hecho también en aquellas épocas, muchos otros señores que se apresuraron a rehacer sus árboles genealógicos para dotarlos de raices más floridas de las que realmente tenían. Como irás viendo, no es este el único caso en el que ocurre lo que acabo de contarte.
Peyroton tuvo un hijo, Bertrand, quien a su vez casó con la noble Catherine de Monein. De esta unión nació Adrien de Sillègue señor de Athos y Autebielle, que tomó por esposa a una hija de la casa de du Peyrer, mercaderes de Oloron, que era además prima del Señor de Tréville. De este matrimonio nacería, segundon él, Armand, quién será conocido universalmente como Athos.
Puesto que tenía un hermano mayor destinado a heredar todos los señorios familiares, siguiendo los usos de la época –o espada o tonsura-, nuestro Athos optó por lo primero, echando mano de su tío Tréville, quien no pareció tener problema en recomendarle para su ingreso en la Guardia Real, tras lo cual, y vista su habilidad con las armas, aceptarlo en la compañía de Mosqueteros allá por el año 1640.
El caso es que tuvo poco tiempo para disfrutar de su nuevo oficio y desde luego no el suficiente para vivir las aventuras que de él cuenta Dumas, pues no fueron más que tres los años que vivió nuestro mosquetero, a quién un día de diciembre de 1643 lo encontraron muerto en las inmediaciones del Pré au Clercs –Prado de los frailes-, lugar que se extendía desde las inmediaciones de la entonces Abadía de Saint-Germain-de-Prés hasta el Campo de Marte : era el lugar preferido por estudiantes y soldados para acudir a batirse por las más peregrinas razones, así que es fácil imaginar el motivo de la muerte de Athos. El libro de difuntos de la iglesia de St-Sulpice, con fecha 21 de diciembre de 1643, dice lo siguiente:
“Cortejo fúnebre, misa y entierro del difunto Armand Athos dautebielle mosquetero de la guardia del Rey, gentilhombre del Béarn encontrado cerca de la plaza del Prado de los Curas’’.
PORTHOS
Dumas nos presenta a un Porthos hercúleo y vanidoso al que Sandras había rebautizado con ese nombre por cuestiones de rima con el de su compañero Athos, pues verdaderamente este mosquetero se llamaba Isaac de Portau.
Su padre fue secretario del rey de Navarra y notario general del Bearn, allá por la época de Enrique IV. Su posición le engrosó la bolsa y como en el caso de la familia de Athos, esto le permitió comprar haciendas y señoríos con los que ennoblecerse. Es seguro que durante aquella época formó parte de la nobleza protestante bearnesa que, como su Rey, cambiaba de credo según se lo pidieran las circunstancias, hasta llegar a aquello de «París bien vale una misa». De hecho, la madre de Porthos fue Anne d’Arrac de Gan, hija de un importante ministro protestante.
Isaac, segundo hijo de este matrimonio nació en Pau el 2 de febrero de 1617. Mientras su hermano mayor y heredero de la casa pasó a ser gobernador de Navarrenx, él como su amigo Athos fue destinado al oficio de las armas y como tal entró en las guardias reales, al igual y por la misma época en la que lo hizo d’Artagnan, por lo que es razonable pensar que se conocieran entonces. Es en 1643 cuando entra en la compañía de mosqueteros, casualmente, el mismo año en que muere Athos, por lo que es de imaginar que tuvieron muy poco tiempo para convivir.
A partir de aquí es muy poco lo que se sabe de Porthos si no es para echar mano de la leyenda que dice que se retiró los últimos años de su vida al señorio de Lanne-en-Baretous. La casa es la que ves en la foto, aunque ha cambiado en los últimos dos años, porque de entonces a esta parte se ha reformado totalmente, y se ha puesto en ella un hotel rural de aspecto bastante cómodo y agradable al que, como puedes imaginar, le han llamado « Château de Porthos».

Isaac de Portau fue el más longevo de este grupo: murió en Pau el 13 julio de 1712 de un ataque de apoplejia a la nada desdeñable edad de 95 años, siendo enterrado en la capilla del Santo Sacramento de la Iglesia de San Martín, muy cerca del castillo-palacio en el que nació más de siglo y medio antes Enrique IV, aquél monarca que favoreció de tal manera a su oficial de cocina, llamado Abraham de Portau, que éste pudo procurar a su vez una buena posición a su hijo, el padre de Porthos.
ARAMIS
El pueblo de Aramis está muy cerca de Olorón, sobre una pequeña loma al pie de las enormes montañas del Pirineo. A pesar de la proximidad de algunas estaciones de esquí, todavía no ha sido invadido por los chalets y apartamentos de temporada, ni siquiera se ven por su calles otras personas que las que habitan el lugar ocupándose de sus quehaceres diarios. En cierto modo a Aramits le ocurre lo que a Lupiac : es un pueblo silencioso, encerrado en sí mismo, en el que poco hay que pueda recordarnos al mosquetero que tomo el nombre de aquél lugar. Unicamente, junto a la iglesia parroquial, está el solar que ocupaba la Abadía y que hoy está vacío, en la que Aramis hizo las funciones de Abad laico. Sólo queda en recuerdo de ella la antigua portada y, a su lado, un panel explicativo de la vida del mosquetero.
Henri d’Aramitz, que así se llamaba este mosquetero, era el de más noble abolengo de todo el grupo, al pertenecer a una de las principales familias protestantes del Bearn fuertemente vinculada a la corona. De hecho, su abuelo, Pierre d’Aramitz, fue capitán de las tropas hugonotes durante las guerras de religión y al terminar aquellas casó con Louise de Sauguis, hija del abad laico de Sauguis en la Soule, con quien tuvo tres hijos: Phébus, Charles et Marie. Esta última será la madre de Tréville, por lo que Aramitz, como Athos, tendrán una relación de parentesco con Treville que será la que posiblemente les decidió a ingresar en la Compañía de Mosqueteros.
Charles, hermano de Marie y Phebus, sucedió a su padre en el gobierno de la familia, ingresó en la Compañía de Mosqueteros de su primo Tréville, y casó después con Catherine de Rague. Uno de los hijos de aquél matrimonio fue Henry d’Aramitz, el Aramis de Courtilz de Sandras y de Dumas, que ingresó en los mosqueteros más o menos en la misma época en que Athos también lo hacía y d’Artagnan llegaba a Paris, es decir en torno a mayo de 1640. A su ingreso en la compañía tenía además con él a su padre, que era oficial de los mosqueteros y, por supuesto, a su tío Treville.
A partir de aquí, es poco lo que se sabe de su vida como mosquetero, ni de lo que fue de él una vez que esta se disolvió en 1646. Lo volvemos a encontrar ya regresado a su tierra el 16 de febrero de 1650, para casarse con Jeanne de Béarn-Bonasse, con quién tuvo cuatro hijos. Poco más tuvo que poder hacer, pues el 22 de abril 1654, “estando a punto de hacer un viaje a París, sin saber lo que puede suceder y considerando que la muerte es tan cierta como incierta es la hora en que nos va a venir“, dicta su testamento, dejando a su hijo mayor, Armando, como heredero universal. A pesar de sus temores, regresó de París, pues lo encontramos como testigo de una boda en febrero de 1659, pero a partir de aquí, su rastro desaparece para siempre.
M. DE TREVILLE
Visto el caso de los cuatro mosqueteros, es claro que Jean Armand du Peyrer, Conde de Troisvilles, fue en aquella época ejemplo y admiración de muchos de los jóvenes segundones del Bearn y la Gascuña que soñaban con marchar a París y prosperar en el ofcio de las armas. La complejas relaciones familiares que se daban entonces, hicieron además que acudieran para ponerse al servicio del de Treville decenas de primos sobrinos y todo tipo de familiares procedentes de su tierra.
Sin embargo, incluso en su caso, los orígenes familiares eran mucho menos lustrosos de lo que pretendía hacer créer: descendía de una familia dedicada a la cantería, de ahí su apellido de Peyrer -peyre es piedra en gascon-, que habitaban en la localidad de Saucède, que todavía es hoy un tranquilo villorrio oculto en medio de una llanura, al fondo de la cual se yerguen gigantescos los Pirineos. De aquél lugar salió Peyroton du Peyrer “mestre dobres deu Rey de Béarn”, para instalarse en Olorón, lugar más acorde con la posición que acababa de alcanzar.

Su hijo, Bertrand, abandona el oficio del padre para dedicarse al comercio, y su nieto Jean du Peyrer, llegó a prosperar de tal manera que, en 1607, compra cerca de Sauguis, en el valle de la Soule, la tierra de Troisvilles que le proporciona, además de unas amplias posesiones, el derecho a ser considerado parte de la nobleza como propietario que era de aquella heredad.
Como ya te he contado antes, casó el 12 octobre 1597 con Marie d’Aramitz, hija de Pierre d’Aramitz, el capitán protestante, y de Marie de Sauguis. De este matrimonio nace Jean Armand du Peyrer, quién marchará en 1616 a París para enrolarse en la Guardia Real, donde tras casi diez años de campañas, es aceptado en la Compañia de Mosqueteros. Con ella participará en el famoso asedio de La Rochelle y en otras destacadas acciones, que le valen ser puesto a la cabeza de la compañía por el mismo rey en 1634. Esta ocasión la aprovecha para, a lo largo de los años siguientes, ampliar sus posesiones con la baronía de Montory, y los señoríos de Peyre en St Sever, que le permiten modificar su apellido de “de Peyre” a “du Peyrer“ y maquillar así el origen de su familia.
Pero todo esto terminará cuando es implicado, sin poder demostrarse, en una conspiración contra Richelieu, que le valdrá el exilio hasta la muerte del cardenal en 1642. Pero ya para entonces podía darse por terminada su carrera, pues tampoco se llevaba muy bien con Mazarino, quien termina por quitárselo de enmedio haciéndolo gobernador de Foix y enviándolo a combatir y vencer al rebelde Matalas en su tierra de la Soule, antes de morir el 8 de mayo de 1672.
Esto es, amigo mio, lo que he encontrado tanto en el libro que me regaló el bueno de Jacquou, como en algún otro que he consultado. Recuérdame que te cuente la historia que me descubrió mi compadre de Lectoure sobre un cura que puso su nombre a unos orinales. Si, como lo has leído. Merece la pena conocer la historia.
De cualquier manera, espero que esto que te he relatado te sirva de algo y, sobre todo, recuerda que ello no es sino algo pasado, que puede valer tanto como lo que leímos cuando eramos críos de la mano de Dumas. Él mismo decía, cuando le acusaban de trampear y falsear la historia, aquello de:
"oui, mais je lui ai fait de beaux enfants"
Así que ya que nada tenemos que hacer con nuestro futuro, jugemos con el pasado y busquemos en él la belleza.
Salud y un fuerte abrazo.
Charles
P.S. : Tres años después. El título no es casual, ni el hecho de que sea hoy el día en que cuelge esta anotación, cuando se cumplen exactamente tres años desde que Ex Oriente Lux inició su andadura blogera. Gracias a todos los que en algún momento habéis pasado por aquí, a vosotros os debo el aliento que he necesitado para que este cuaderno siga adelante.

miércoles, abril 02, 2008

El espíritu

Antes de seguir adelante, quiero decir unas cuantas palabras acerca de mi amigo Jacquou. Cuando le conocí tres años atrás acababa de jubilarse, pero no de cualquier manera sino a todo lo grande, con una fiesta de despedida a la que habían acudido todas las fuerzas vivas y no tan vivas de la comarca. Mientras se acariciaba sus blancas barbas no sin cierta vanidad, me contó que había sido el maestro escuela de varias generaciones de vecinos de Lectoure:
- Aunque a muchos de ellos parezca no haberles servido de nada- apostillaba señalando con un guiño acompañado de un fugaz movimiento de cabeza al dueño del Café de La Poste-. Parece mentira que éste y su primo el alcalde sean hijos de la casa del cura
- ¡Bo, bo, bo!- exclamó le curé, que así le llaman al dueño de aquél establecimiento, medio en serio, medio en broma, cuando escuchó decir aquello a su parroquiano más fiel. –Todo eso no son mas que tonterías, viejo, porque bien que aceptas todas las invitaciones que te hago.
Según nos contó Jacquou, llamaban así –los curas- a todos los miembros de aquella familia, no porque fueran hijos de un abate –que de esos también los hay por aquí, aclaró-, sino porque fueron sus antepasados, en tiempos de la revolución, quienes compraron al Comité de Revolucionario del lugar de Beaucaire una vieja iglesia –ermita decía le curé-, medieval a muy bajo precio, para trasladarse a vivir allá. Desde entonces, varias generaciones de aquella familia han nacido en aquel templo transformado en vivienda. Uno de ellos nuestro anfitrión.
A Jacquou le gusta dárselas de conocer al dedillo la historia local. No en vano, desde su jubilación ha publicado un par de libros sobre el tema, cosa que le ha hecho ganar cierta consideración por parte de sus vecinos.
- De casi todos –me dijo, señalando a le curé-, porque este en los casi treinta años que le conozco, jamás le he oído decirme nada bueno.
A este amigo mío le gusta declararse Volteriano, ateo, individualista y algo pesimista. Sin embargo, esto no le impide ser un hedonista con todas las de la ley. Parece disfrutar de cada momento, y allá donde lo encuentras, está dispuesto a compartir con quien lo desee de unos momentos de amena conversación. Todavía lo veo tomando su copa de Armagnac por el tallo, entre los dedos índice y corazón, haciéndola girar en círculos casi de manera imperceptible, mientras hondea el contenido casi hasta su borde, dejando un rastro húmedo y circular muy cerca de él, que poco a poco resbala por las paredes de la copa. Es entonces cuando lo alza a contraluz, observa en silencio su textura, la acerca a la nariz para apreciar los aromas que el movimiento ha desprendido, y vuelve a elevarla para disfrutar de su dorado color.
- El hombre es tan sabio cuando se lo propone, amigo mío, que siempre habrá en él algo de alquimista. Mira el color de éste Armagnac. Tiene el color del oro, y si hiciéramos caso a aquellos brujos, beber éste metal tiene poderosísimos efectos curativos, ¡quién sabe si incluso el secreto de la eterna juventud!
- Bridemos por ello –le respondí lanzando un guiño a le cure que escuchaba divertido la perorata de Jacquou.
En otra ocasión, esto ocurrió la última noche que pasé en Lectoure hace tres años, apareció con una bolsa debajo del brazo, se sentó después de saludarnos y preguntarnos por lo que habíamos visto aquél día. Después dirigió su atención a nuestros vasos.
- ¿Qué bebeis?
- Un Madiran.
- Bien, cure ten la bondad de ponerles dos vasos nuevos –dijo mientras sacaba de la bolsa un libro que apartó discretamente a un lado, y ponía una botella de vino sobre la mesa-. No es un Latour-Martillac, pero vale para mi intención: este Château Ferran es rico, aromatizado, y suelta la lengua por los campos de la conversación. Os preguntaréis porqué os digo esto. Escuchad lo que tengo que contaros…
Nací a las orillas de aquel maravilloso rio que es el Garona, muy cerca de Burdeos, en Eyquem-le-Reys. Seguramente el nombre os recuerde al apellido del señor de Montaigne que vivió muy cerca de ahí. Mi padre era Español, huyó muy joven de su país para evitar que por hacer el servicio militar fuera enviado a la guerra de África, como le había pasado a un hermano suyo. Lo único que sabía hacer era trabajar la vid, así que pasó muchos años empleándose en las haciendas de aquellos alrededores, hasta que acabó por instalarse en Eyquem, donde casó con la hija del maestro del pueblo, mi madre.
Recuerdo que los primeros años de mi vida los pasé en un estado semisalvaje, pero entendido como los pasábamos los niños de entonces, aprovechando al máximo cualquier momento de libertad para correr en gavilla por los bosques de los alrededores, descubriendo el mundo que nos rodeaba, a la vez que descubríamos también los misterios de la vida. Curiosamente, a medida que íbamos interesándonos por los segundos, parecíamos volvernos más sedentarios y abandonar los primeros.
De aquellos años de pequeño diablo, guardo en la memoria con el mismo cariño el recuerdo de las cosas que entonces fueron alegres o tristes, pues a todas ellas no puedo ahora sino verlas rodeadas de un halo luminoso, y lleno de frescor y esperanza. No se, es difícil de explicar… El caso es que durante mucho tiempo, yo y mis pequeños amigos tomamos el relevo de la generación anterior en eso de mantenernos en pie de guerra con los niños del pueblo vecino –La Brede-, que, como todo el mundo sabe, cagan sin quitarse los pantalones. Ellos, por su parte, nos acusaban de mostrarnos muy cariñosos con nuestras vacas, pero eso, como también todo el mundo sabe, es mentira.
Lo que molestaba sobremanera a nuestros vecinos era que nos metiéramos con aquello a lo que ellos más apreciaban, el castillo de nuestras envidias, el de los señores del lugar, que se erguía ahí, imponente en medio de un lago artificial, que hacia desbocarse a nuestra imaginación en heroicas aventuras medievales de sitios y conquistas de fortalezas inglesas, gritando al viento el nombre de la Pucelle de Orleans.
Por aquél entonces nos importaban lógicamente mucho más nuestras fantasías que la realidad del castillo, aunque por boca de mi madre hubiera oído en cantidad de ocasiones lo orgullosos que deberíamos sentirnos de él; no por ningún hecho de armas, sino porque en él nació y vivió uno de los mayores personajes de la historia universal: Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède, y Barón de Montesquieu. Para cuando tuve consciencia clara de quién era aquél señor, yo y mis amigos ya habíamos tomado las puertas del castillo media docena de veces, y otras tantas habíamos sido expulsados de ellas por nuestros vecinos reforzados con el apoyo de sus hermanos mayores.
Pero el tiempo pasa, y al llegar el momento en el que unos tuvieron que abandonar la escuela para cooperar en el sustento de sus familias, y otros salimos de nuestros hogares para continuar con nuestros estudios; los de mi generación pasamos el relevo de tan importante encomienda –la de mantener aquella guerra con la chiquillería del pueblo vecino-, a la que venía detrás de nosotros.
Fue entonces, a mi marcha a Burdeos, cuando descubrí el verdadero significado que tenía para todo buen gascón aquél hombre, el Señor de Montesquieu. Mas allá de lo que los libros nos contaban, aprendí que aquél viajero amante de la libertad fue uno de los más importantes difusores de las excelencias de nuestros vinos, y un experimentador nato en la mejora de su calidad. ¡Nada más y nada menos que el cerebro privilegiado de Montesquieu, preocupándose por las excelencias de este humilde caldo!, ¡benditos sean los dioses!.
Mi profesor en la universidad por aquél entonces me habló de los vinos que producía el filósofo, quién llego a vender un blanco de Graves en Alemania e Inglaterra, lugar este último donde hacía gran parte de sus negocios. No es de extrañar pues, que sus viajes a las islas vecinas le hicieran conocer su sistema de gobierno, más libre por aquél entonces, en el que además se impulsaba el florecimiento del comercio, y que de ahí concluyera que era aquello lo que más podía beneficiar a la Francia de Luis XV.
Se contaba entonces, y lo recoge un conocido libro sobre el Montesquieu vinatero, que allá por los años treinta del siglo veinte, un conocido profesor de la Universidad de Burdeos planteó en su examen final a un alumno la relación que había entre el título de la obra más importante de aquél filósofo –El espíritu de las leyes-, y el espíritu del vino. El interrogado quedó mudo, sin saber que decir, y sólo después de algún tiempo acertó a explicar la clara relación que había entre uno y otro, en tanto que el segundo se obtiene tras un proceso de destilación, en el que se recoge la esencia básica del vino; y el primero es consecuencia de un proceso de profunda reflexión en el que el hombre debe alcanzar la esencia de sus ideas. Esto es lo que se contaba entonces como digo, pero ya hay quién dice que no se trata sino de una leyenda. A mi me da igual, pues me vale para entender que la misma tierra en la que nacemos y de la que nos alimentamos, ha inspirado en cierta medida a uno de los primeros filósofos que inició el camino hacia la libertad. Este es el mismo Montesquieu que dijo aquello de:
“No se si mis vinos deben su reputación a mis libros, o mis libros se la deben a mis vinos”
Al poco de abandonar mis estudios en Burdeos, me vine aquí a Lectoure, no muy lejos de mi tierra, pero si lo suficiente para echarla en falta de vez en cuando. Lo que hago entonces es tomar una botella de un vino de Martillac o de La Brede, la abro, y a medida que lo saboreo en el paladar y lo remuevo suavemente en el vaso para disfrutar de su espeso flameo, reavivo el espíritu de todo aquello a lo que me recuerda: el color de aquellas tierras a las orillas del Garona, su sol, el frio, el aspecto de las calles de Eyquem aquellas mañanas en las que salía con mis amigos a pelearnos con los del pueblo vecino, el profundo aroma a humedad del castillo y la mirada de aquella primera dama que se enseñoreó de mi corazón… Así, con la ayuda del espíritu encerrado en una botella, revivo dentro de mí el de aquellos instantes que no fueron ni mejores ni peores, pero fueron.
- ¿Y cual crees que es entonces el espíritu, o la esencia si lo prefieres, de este momento? – me atreví a interrumpirle.
- ¿El de este momento? Ese está ahora aquí mismo, destilado por la oscuridad de la noche, la calidez de estos caldos y el placer de una buena conversación. ¿Necesitamos más?
- Yo creo que no.
- Pues antes de que os cuente por qué he traído este libro, dejemos que durante un rato sea nuestro paladar quien nos hable de recuerdos, verdaderos o falsos. Brindemos por ellos y por quienes quisiéramos que estuvieran aquí con nosotros en este momento.
Unimos nuestras copas y las alzamos más allá de la altura de nuestras cabezas, casi a la misma de algo que me trajo al recuerdo las máximas que iluminan vigas y paredes de la torre del señor de Montaigne. Era una leyenda que, colocada por nuestro amigo le cure hace seguramente ya muchos años, reproducía unas hermosas palabras del paisano filósofo de Jacquou.
« Je passe ma vie à examiner… Tout m’intéresse, tout m’étonne… »
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