
Decía Voltaire de él que nunca lograría ser como Moliere, pues su obra era su propia vida, y no lo que escribía. Nuestro admirado autor conocía muy bien a aquél relojero, inventor, músico, político, espía, editor, traficante de armas, libretista de Salieri y literato que respondía al nombre de Pedro Agustín de Caron.
- ¡No, me llamo Beaumarchais!
Lo que no sospechaba ni el mismísimo Voltaire es la manera en que se iba a ver beneficiado del carácter apasionado –un tanto insolente, decían algunos- y emprendedor de su devoto amigo.
Pasó que al morir el autor del Cándido, Mme. Denis, su sobrina, amante y heredera, pensó en rendirle tributo postumo perpetuando su memoria a la manera de un espíritu profundamente ilustrado. ¿Cómo?: haciendo una primera edición de sus obras completas. Tras varios intentos fallidos de llevarlo a cabo, fue un personaje tan alejado de Francia como Catalina la Grande quien manifestó estar interesada por el proyecto, concibiendo la idea de hacer imprimir esa primera edición en Moscú. Tan generoso ofrecimiento, que puede resultar un tanto chocante, pudo ser debido seguramente a que pocos allá sabían francés por aquellas fechas.
A Agustín de Caron le atacó no sólo al afecto que sentía por su maestro, sino a su chovinismo más profundo, que le empujó a visitar a todas sus amistades que tuvieran alguna influencia, con un ambicioso proyecto de edición bajo el brazo. Tras mucho buscar, como antes que él hizo la Denis, dio con el Conde de Maurepas quién le prometió la protección del rey, a condición de que la impresión se hiciera fuera de Francia…
Caron publicó un Voltaire completo: en total 412.000 páginas repartidas en 92 volúmenes en 12º, 70 en 8º y 40 en 4º. Para ello, tuvo que comprar los derechos de edición, adquirir tres molinos de papel – se empeñó en fabricar uno especialmente dedicado a esa obra-, hacer venir de Inglaterra un costosísimo juego de tipos
“Baskerville”, encontrar un lugar fuera de Francia donde poder instalar todo ello a cubierto del Parlamento, y fundar una
“Sociedad Filosófica, Literaria y Tipográfica” que financiara el asunto y de la que él sería el único accionista. Toda una odisea que le llevó cerca de diez años
culminar.

Pero no crea el lector que esto supuso una dedicación única, pues era el bueno de Caron persona poco dada a entregas exclusivas: tuvo tiempo durante aquellos años de servir de contacto a su monarca con los rebeldes de las colonias norteamericanas, venderles armas, llegarse hasta Londres para recuperar unos documentos secretos que guardaba el Caballero de Eon y, por si esto fuera poco, escribir poemas, tratados y una buena porción de piezas teatrales, en las que además insertaba números musicales muy del gusto de aquella época. Dejo aparte sus escarceos galantes y lances de todo tipo que tanta fama le dieron.
Entre sus obras musicales, fue muy celebrada, por ejemplo, la canción de Cherubino, que formaba parte de “Las Bodas de Fígaro”, Aria cuya última estrofa gustaba de cantarse en salones y reuniones de todo tipo, tanto por la mismísima Maria Antonieta como por cualquier artesano del Paris profundo:
Yo quiero, arrastrando mi cadena
(mi corazón, mi corazón tiene gran pena),
morirme de esta pena
pero no consolarme.
“Eugénie”, “Los dos amigos”, “El barbero de Sevilla” y “Las bodas de Fígaro” son algunas de las obras que, con mayor o menor éxito, salieron a lo largo de todos estos años de la pluma del llamado insolente Caron.
- ¡No, me llamo Beaumarchais!
Caron es en todo un hombre de su época: contradicción en estado puro. Por un lado, es perseguido por el poder que representa a la nobleza de la que hace mofa, pero también es un oportunista y adora la vida cortesana, con todos lo placeres y beneficios que ve a su alcance en ella; interpreta la protesta todavía silenciosa del pueblo, y la pone encima del escenario: trata a la aristocracia como tipos degenerados, lujuriosos y depravados; pero a la vez, insiste en que le llamen por el título que adquirió por vía de su primer matrimonio –Beaumarchais-, pues con eso parecía borrarse su origen burgués, revistiéndole de cierto aire aristocrático.
Llamemosle pues como él nos lo pide, Beaumarchais, y pasemos a hablar de “Las Bodas de Fígaro”.
A Caron le costó…
- Ejem, ejem…
Perdón, a Beaumarchais le costó varios años sacar a la luz su obra “Las bodas de Fígaro”. De hecho, no fue sino tras una lectura pública ante la élite versallesca, en la que el autor defendió palabra por palabra el contenido completo del texto, cuando se dio el plácet a su representación. La verdad es que resulta difícil imaginar cómo lo consiguió, sobre todo teniendo en cuenta la reacción posterior de algunas de estas mismas personas, pero a buen seguro que tuvo que ver mucho el compromiso del propio autor de eliminar o modificar todo aquello que se le indicara, lo que le dio la capacidad persuasiva necesaria para hacer pasar por fin el texto sin tocarse ni una sola coma.
A pesar de ello, y para evitar más problemas de los que estaba teniendo la obra antes de su estreno, Beaumarchais decidió adoptar ciertas “medidas de seguridad” tal y como cuenta en una carta a su amigo el actor Préville:
“.. me aconsejan estudiar y ensayar la obra sin ruido, y hemos convenido en actuar, pero sin decir palabra”.
El día 27 de abril de 1784, tuvo lugar el esperado estreno. Eran tales los rumores que corrían por todo Paris, y la fama del autor en los tres estados, que desde primera hora de la mañana las taquillas del teatro se vieron asediadas por todo tipo de aficionados y curiosos. Para primera hora de la tarde, el gentío provocó tales altercados que tres personas murieron aplastadas por la multitud.
¿Qué es lo que iban a ver ese día?.
“Las Bodas de Fígaro” tiene en su epicentro dos de los temas más populares de aquél maravilloso siglo XVIII, a saber: el sexo y las nuevas ideas. A diferencia de obras contemporáneas de los grandes ilustrados de la época, la de Beaumarchais tiene la virtud de que, a pesar de resultar menos profunda y revolucionaria, llega a todo el mundo, es fácil de comprender y se hace empleando recursos comunicativos muy populares en la época.

Al comenzar la obra, vemos a Fígaro tomando las medidas de una cama, de su futuro lecho matrimonial. El Conde de quien son vasallos Fígaro y su futura mujer, aparece poco después en escena intentando hacer valer su derecho de pernada, el derecho de la primera noche. Fígaro no está dispuesto a permitirlo, y su voluntad triunfa sobre la de su señor, a quien desafía como símbolo del poder arbitrario de la aristocracia feudal.
Es en el monólogo de Fígaro de la escena III del acto V, donde se manifiestan de manera más clara esas ideas que convertiría a esta en una obra prohibida en gran parte de la Europa de aquella época:
“¡Porque sois un gran señor, os creéis gran genio!... nobleza, fortuna, rango, posesiones lo vuelven tan orgulloso! ¿Qué habéis hecho para merecer tantos parabienes? Os habéis molestado en nacer. Eso es todo...”
A lo largo de toda la obra ronda en el espectador esta idea y para remarcarla de manera debida, clausura la obra con una de esas canciones tan de su gusto en la que se dice, para escarnio de más de un espectador:
“Según la cuna uno es rey el otro pastor, el azar marcó entre ambos la distancia, sólo el ingenio puede cambiarlo todo”
Sobre las repercusiones de éstas palabras, y otras que se recitan en esta misma obra –como ocurre con el famoso “Asunto del Collar” que noveló Dumas-, han corrido ríos de tinta. Hay quienes ven en ello un importante precedente de la revolución que iba a tener lugar apenas cinco años después, otros piensan que no es sino un hecho entre otros muchos más que corresponden con el sentir de la época. Napoleón, por ejemplo, la describió como “la revolución en acción”… Lo que está claro es que, visto con la distancia que nos da el tiempo, hay en ella mucho de provocación, de transmisor de ideas y maneras de sentir que el mismísimo Caron –perdón, Beaumarchais- oiría mil y una vez en las calles del Paris de su época.
De cualquier manera, resulta irónico pensar que muchos de aquellos burgueses y aristócratas que estuvieron presentes en aquella primera función, que se rieron con las finas burlas de Beaumarchais o abuchearon a su autor indignados por su insolencia, acabarían muriendo menos de diez años después en la guillotina.
Cuando la obra estaba llegando a sus cincuenta representaciones –todo un éxito para la época- Beaumarchais, asesorado por quienes querían defenderle de los ataques de los más recalcitrantes, declaró que dedicaría los beneficios obtenidos a las “madres lactantes”.
En respuesta a tan filantrópico gesto, sus enemigos hicieron correr por todo París un epigrama que decía eso de:
“Paga la leche a los niños
y da veneno a las madres”
Y son muchas más las cosas que podrían contarse de Beaumarchais, pero no queriendo aburrir al paciente lector que ha tenido la bondad de llegarse hasta estas líneas, me las guardo para otra mejor ocasión, y cierro con un nuevo extracto de la misma escena III del acto V en “Las bodas…”, que a más de uno le puede resultar familiar a pesar del tiempo transcurrido. Y es que seguramente las cosas que no han cambiado son más de las que podemos imaginar:
“de pronto, un enviado de no sé dónde, se queja de que ofendo con mis versos a la Sublime Puerta, a Persia, a una parte de la península de la India, a todo Egipto, a los reinos de Barca, de Trípoli, de Túnez, de Argel y de Marruecos: y he aquí mi comedia convertida en humo para dar gusto a los príncipes mahometanos, de los que ni uno, a lo que yo sé, sabe leer, y que nos golpean los huesos, cacareando:¡perros cristianos!"
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