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Mostrando entradas de octubre, 2006

Damnatio memoriae

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"En esta época de mi vida en Pamplona, mi hermano Ricardo me comunicó su entusiasmo por dos novelas: el Robinsón y “La Isla Misteriosa”, de Julio Verne, mejor dicho, La Isla Misteriosa y Robinsón, porque la novela de Julio Verne nos gustaba mucho más que la de Defoe.

Soñábamos con islas desiertas, con hacer pilas eléctricas, como el ingeniero Ciro Smith; y como no estábamos muy seguros de encontrar una “Casa de Granito”, Ricardo dibujaba y dibujaba planos y croquis de las casas que construiríamos en los países lejanos y salvajes.

Al mismo tiempo pintaba barcos con sus aparejos.

Las dos variantes del sueño eran la casa entre la nieve, con las aventuras subsiguientes de ataques nocturnos de osos, lobos, etc., y el viaje por mar.

Mucho tiempo me resistí a creer que tendría que vivir como todo el mundo; al último no hubo más remedio que transigir."

Pio Baroja, "Juventud, egolatría"

Las bodas de Fígaro

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Decía Voltaire de él que nunca lograría ser como Moliere, pues su obra era su propia vida, y no lo que escribía. Nuestro admirado autor conocía muy bien a aquél relojero, inventor, músico, político, espía, editor, traficante de armas, libretista de Salieri y literato que respondía al nombre de Pedro Agustín de Caron.

- ¡No, me llamo Beaumarchais!

Lo que no sospechaba ni el mismísimo Voltaire es la manera en que se iba a ver beneficiado del carácter apasionado –un tanto insolente, decían algunos- y emprendedor de su devoto amigo.

Pasó que al morir el autor del Cándido, Mme. Denis, su sobrina, amante y heredera, pensó en rendirle tributo postumo perpetuando su memoria a la manera de un espíritu profundamente ilustrado. ¿Cómo?: haciendo una primera edición de sus obras completas. Tras varios intentos fallidos de llevarlo a cabo, fue un personaje tan alejado de Francia como Catalina la Grande quien manifestó estar interesada por el proyecto, concibiendo la idea de hacer imprimir esa primera …

Las muertes de Fígaro

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El lunes 13 de febrero de 1837 a las nueve menos cuarto de la tarde, un hombre joven, de unos 28 años de edad, se acercó al espejo que colgaba de una de las paredes de su estudio con una pistola en la mano, la apoyó sobre la oreja derecha, y disparó. La bala le salió por encima de la sien izquierda, atravesando una puerta vidriera y clavándose en la pared.

Según se contaría después, algunas horas antes había estado en ese mismo estudio con su amante, Dolores, quién le manifestó nuevamente que todo había acabado entre ellos, que pensaba volver junto a su marido, Secretario General de la Capitanía General de Filipinas, para serle totalmente fiel. Se dijo que éste había sido el detonante último de un suicidio que venía anunciándose desde muchos meses antes en los propios escritos de éste hombre.

“Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero.”

Eran palabras que dejaba escritas en

Principio, palabra y luz

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Empezar de nuevo. Todo comienzo resulta difícil, aunque éste no sea el primero y a nuestras espaldas carguemos ya la experiencia de quien ha recorrido, durante más de un año, el camino de la palabra escrita en un cuaderno que ahora parece quedar perdido y olvidado en lo remoto.

En este momento a uno le invaden las huestes de la inseguridad, encabezadas por la terrible duda de no saberse acompañado por el canto de las musas y el aliento de la inspiración. Piensa en el espantoso aspecto que tiene el temor, en ese rostro que a veces nos mira directamente a la cara, y señala a nuestro destino como una de sus próximas víctimas…

Ahí se aquietan nuestros pensamientos, hundiendo sus pasos en las tinieblas, hasta detenerlos asustados y no dejar tras de nosotros nada más que el silencio. De nuevo el mismo silencio que nos cubría de sombras mientras permanecíamos silentes en un rincón, muy parecido al que describe Cesar Vallejo

En esta noche pluviosa, ya lejos de ambos dos, salto de pronto... Son dos…