lunes, octubre 30, 2006

Damnatio memoriae


"En esta época de mi vida en Pamplona, mi hermano Ricardo me comunicó su entusiasmo por dos novelas: el Robinsón y “La Isla Misteriosa”, de Julio Verne, mejor dicho, La Isla Misteriosa y Robinsón, porque la novela de Julio Verne nos gustaba mucho más que la de Defoe.

Soñábamos con islas desiertas, con hacer pilas eléctricas, como el ingeniero Ciro Smith; y como no estábamos muy seguros de encontrar una “Casa de Granito”, Ricardo dibujaba y dibujaba planos y croquis de las casas que construiríamos en los países lejanos y salvajes.

Al mismo tiempo pintaba barcos con sus aparejos.

Las dos variantes del sueño eran la casa entre la nieve, con las aventuras subsiguientes de ataques nocturnos de osos, lobos, etc., y el viaje por mar.

Mucho tiempo me resistí a creer que tendría que vivir como todo el mundo; al último no hubo más remedio que transigir."

Pio Baroja, "Juventud, egolatría"

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jueves, octubre 26, 2006

Las bodas de Fígaro

beaumarchais

Decía Voltaire de él que nunca lograría ser como Moliere, pues su obra era su propia vida, y no lo que escribía. Nuestro admirado autor conocía muy bien a aquél relojero, inventor, músico, político, espía, editor, traficante de armas, libretista de Salieri y literato que respondía al nombre de Pedro Agustín de Caron.

- ¡No, me llamo Beaumarchais!

Lo que no sospechaba ni el mismísimo Voltaire es la manera en que se iba a ver beneficiado del carácter apasionado –un tanto insolente, decían algunos- y emprendedor de su devoto amigo.

Pasó que al morir el autor del Cándido, Mme. Denis, su sobrina, amante y heredera, pensó en rendirle tributo postumo perpetuando su memoria a la manera de un espíritu profundamente ilustrado. ¿Cómo?: haciendo una primera edición de sus obras completas. Tras varios intentos fallidos de llevarlo a cabo, fue un personaje tan alejado de Francia como Catalina la Grande quien manifestó estar interesada por el proyecto, concibiendo la idea de hacer imprimir esa primera edición en Moscú. Tan generoso ofrecimiento, que puede resultar un tanto chocante, pudo ser debido seguramente a que pocos allá sabían francés por aquellas fechas.

A Agustín de Caron le atacó no sólo al afecto que sentía por su maestro, sino a su chovinismo más profundo, que le empujó a visitar a todas sus amistades que tuvieran alguna influencia, con un ambicioso proyecto de edición bajo el brazo. Tras mucho buscar, como antes que él hizo la Denis, dio con el Conde de Maurepas quién le prometió la protección del rey, a condición de que la impresión se hiciera fuera de Francia…

Caron publicó un Voltaire completo: en total 412.000 páginas repartidas en 92 volúmenes en 12º, 70 en 8º y 40 en 4º. Para ello, tuvo que comprar los derechos de edición, adquirir tres molinos de papel – se empeñó en fabricar uno especialmente dedicado a esa obra-, hacer venir de Inglaterra un costosísimo juego de tipos “Baskerville”, encontrar un lugar fuera de Francia donde poder instalar todo ello a cubierto del Parlamento, y fundar una “Sociedad Filosófica, Literaria y Tipográfica” que financiara el asunto y de la que él sería el único accionista. Toda una odisea que le llevó cerca de diez años culminar.

OeuvresVolDet

Pero no crea el lector que esto supuso una dedicación única, pues era el bueno de Caron persona poco dada a entregas exclusivas: tuvo tiempo durante aquellos años de servir de contacto a su monarca con los rebeldes de las colonias norteamericanas, venderles armas, llegarse hasta Londres para recuperar unos documentos secretos que guardaba el Caballero de Eon y, por si esto fuera poco, escribir poemas, tratados y una buena porción de piezas teatrales, en las que además insertaba números musicales muy del gusto de aquella época. Dejo aparte sus escarceos galantes y lances de todo tipo que tanta fama le dieron.

Entre sus obras musicales, fue muy celebrada, por ejemplo, la canción de Cherubino, que formaba parte de “Las Bodas de Fígaro”, Aria cuya última estrofa gustaba de cantarse en salones y reuniones de todo tipo, tanto por la mismísima Maria Antonieta como por cualquier artesano del Paris profundo:

Yo quiero, arrastrando mi cadena
(mi corazón, mi corazón tiene gran pena),
morirme de esta pena
pero no consolarme.


“Eugénie”, “Los dos amigos”, “El barbero de Sevilla” y “Las bodas de Fígaro” son algunas de las obras que, con mayor o menor éxito, salieron a lo largo de todos estos años de la pluma del llamado insolente Caron.

- ¡No, me llamo Beaumarchais!

Caron es en todo un hombre de su época: contradicción en estado puro. Por un lado, es perseguido por el poder que representa a la nobleza de la que hace mofa, pero también es un oportunista y adora la vida cortesana, con todos lo placeres y beneficios que ve a su alcance en ella; interpreta la protesta todavía silenciosa del pueblo, y la pone encima del escenario: trata a la aristocracia como tipos degenerados, lujuriosos y depravados; pero a la vez, insiste en que le llamen por el título que adquirió por vía de su primer matrimonio –Beaumarchais-, pues con eso parecía borrarse su origen burgués, revistiéndole de cierto aire aristocrático.

Llamemosle pues como él nos lo pide, Beaumarchais, y pasemos a hablar de “Las Bodas de Fígaro”.

A Caron le costó…

- Ejem, ejem…

Perdón, a Beaumarchais le costó varios años sacar a la luz su obra “Las bodas de Fígaro”. De hecho, no fue sino tras una lectura pública ante la élite versallesca, en la que el autor defendió palabra por palabra el contenido completo del texto, cuando se dio el plácet a su representación. La verdad es que resulta difícil imaginar cómo lo consiguió, sobre todo teniendo en cuenta la reacción posterior de algunas de estas mismas personas, pero a buen seguro que tuvo que ver mucho el compromiso del propio autor de eliminar o modificar todo aquello que se le indicara, lo que le dio la capacidad persuasiva necesaria para hacer pasar por fin el texto sin tocarse ni una sola coma.

A pesar de ello, y para evitar más problemas de los que estaba teniendo la obra antes de su estreno, Beaumarchais decidió adoptar ciertas “medidas de seguridad” tal y como cuenta en una carta a su amigo el actor Préville:

“.. me aconsejan estudiar y ensayar la obra sin ruido, y hemos convenido en actuar, pero sin decir palabra”.

El día 27 de abril de 1784, tuvo lugar el esperado estreno. Eran tales los rumores que corrían por todo Paris, y la fama del autor en los tres estados, que desde primera hora de la mañana las taquillas del teatro se vieron asediadas por todo tipo de aficionados y curiosos. Para primera hora de la tarde, el gentío provocó tales altercados que tres personas murieron aplastadas por la multitud.

¿Qué es lo que iban a ver ese día?.

“Las Bodas de Fígaro” tiene en su epicentro dos de los temas más populares de aquél maravilloso siglo XVIII, a saber: el sexo y las nuevas ideas. A diferencia de obras contemporáneas de los grandes ilustrados de la época, la de Beaumarchais tiene la virtud de que, a pesar de resultar menos profunda y revolucionaria, llega a todo el mundo, es fácil de comprender y se hace empleando recursos comunicativos muy populares en la época.

lenozzedefigaro

Al comenzar la obra, vemos a Fígaro tomando las medidas de una cama, de su futuro lecho matrimonial. El Conde de quien son vasallos Fígaro y su futura mujer, aparece poco después en escena intentando hacer valer su derecho de pernada, el derecho de la primera noche. Fígaro no está dispuesto a permitirlo, y su voluntad triunfa sobre la de su señor, a quien desafía como símbolo del poder arbitrario de la aristocracia feudal.

Es en el monólogo de Fígaro de la escena III del acto V, donde se manifiestan de manera más clara esas ideas que convertiría a esta en una obra prohibida en gran parte de la Europa de aquella época:

“¡Porque sois un gran señor, os creéis gran genio!... nobleza, fortuna, rango, posesiones lo vuelven tan orgulloso! ¿Qué habéis hecho para merecer tantos parabienes? Os habéis molestado en nacer. Eso es todo...”

A lo largo de toda la obra ronda en el espectador esta idea y para remarcarla de manera debida, clausura la obra con una de esas canciones tan de su gusto en la que se dice, para escarnio de más de un espectador:

“Según la cuna uno es rey el otro pastor, el azar marcó entre ambos la distancia, sólo el ingenio puede cambiarlo todo”

Sobre las repercusiones de éstas palabras, y otras que se recitan en esta misma obra –como ocurre con el famoso “Asunto del Collar” que noveló Dumas-, han corrido ríos de tinta. Hay quienes ven en ello un importante precedente de la revolución que iba a tener lugar apenas cinco años después, otros piensan que no es sino un hecho entre otros muchos más que corresponden con el sentir de la época. Napoleón, por ejemplo, la describió como “la revolución en acción”… Lo que está claro es que, visto con la distancia que nos da el tiempo, hay en ella mucho de provocación, de transmisor de ideas y maneras de sentir que el mismísimo Caron –perdón, Beaumarchais- oiría mil y una vez en las calles del Paris de su época.

De cualquier manera, resulta irónico pensar que muchos de aquellos burgueses y aristócratas que estuvieron presentes en aquella primera función, que se rieron con las finas burlas de Beaumarchais o abuchearon a su autor indignados por su insolencia, acabarían muriendo menos de diez años después en la guillotina.

Cuando la obra estaba llegando a sus cincuenta representaciones –todo un éxito para la época- Beaumarchais, asesorado por quienes querían defenderle de los ataques de los más recalcitrantes, declaró que dedicaría los beneficios obtenidos a las “madres lactantes”.

En respuesta a tan filantrópico gesto, sus enemigos hicieron correr por todo París un epigrama que decía eso de:

“Paga la leche a los niños
y da veneno a las madres”

Y son muchas más las cosas que podrían contarse de Beaumarchais, pero no queriendo aburrir al paciente lector que ha tenido la bondad de llegarse hasta estas líneas, me las guardo para otra mejor ocasión, y cierro con un nuevo extracto de la misma escena III del acto V en “Las bodas…”, que a más de uno le puede resultar familiar a pesar del tiempo transcurrido. Y es que seguramente las cosas que no han cambiado son más de las que podemos imaginar:

“de pronto, un enviado de no sé dónde, se queja de que ofendo con mis versos a la Sublime Puerta, a Persia, a una parte de la península de la India, a todo Egipto, a los reinos de Barca, de Trípoli, de Túnez, de Argel y de Marruecos: y he aquí mi comedia convertida en humo para dar gusto a los príncipes mahometanos, de los que ni uno, a lo que yo sé, sabe leer, y que nos golpean los huesos, cacareando:¡perros cristianos!"

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jueves, octubre 19, 2006

Las muertes de Fígaro

PORTADA1
El lunes 13 de febrero de 1837 a las nueve menos cuarto de la tarde, un hombre joven, de unos 28 años de edad, se acercó al espejo que colgaba de una de las paredes de su estudio con una pistola en la mano, la apoyó sobre la oreja derecha, y disparó. La bala le salió por encima de la sien izquierda, atravesando una puerta vidriera y clavándose en la pared.

Según se contaría después, algunas horas antes había estado en ese mismo estudio con su amante, Dolores, quién le manifestó nuevamente que todo había acabado entre ellos, que pensaba volver junto a su marido, Secretario General de la Capitanía General de Filipinas, para serle totalmente fiel. Se dijo que éste había sido el detonante último de un suicidio que venía anunciándose desde muchos meses antes en los propios escritos de éste hombre.

“Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero.”

Eran palabras que dejaba escritas en “Día de difuntos de 1836”, uno de sus últimos artículos, que leído ahora con la perspectiva del tiempo, a uno se le antoja que aquél periodista de costumbres irónico y sagaz, se había ido convirtiendo en compañero de tinieblas de Poe y, salvando muchas distancias, del Madrid del millón de muertes de Dámaso Alonso.

Del ruido que produjo aquél disparo nadie se preocupó, quienes estaban en las estancias contiguas creyeron que había caído algún mueble, y como el señor había manifestado en más de una ocasión que no le gustaba que le importunasen mientras trabajaba, el resto de los ocupantes de la casa continuaron en sus labores sin darle mayor importancia. Tuvo que pasar un tiempo para que la niña de la casa entrara en la habitación para dar las buenas noches a su padre y se encontrara con aquél terrible espectáculo.

El hombre, como ya habrá adivinado quién ha permanecido en la lectura hasta este punto, no era otro que Mariano José de Larra, y todo lo que viene contado hasta aquí es rigurosamente cierto ¿o no?, ¿y si hubiera algo más?.

No ha sido mi costumbre hasta ahora la de recomendar lecturas, ni ejercer la crítica literaria -algo que seguro que de intentarlo me condenaría al mas terrible de los infiernos-. Sin embargo, y ya que estreno cuaderno, he pensado en hablaros de vez cuando de aquello que leo, de la impresión que me ha dado y, si es el caso, recomendároslo con la intención de que disfrutéis de él como yo lo he hecho. Se acerca el fin de semana y creo que es la ocasión ideal para llegarse a una librería y abastecerse, si se van acabando ya las provisiones, de nuevo material de lectura.

“Las muertes de Fígaro”, es la primera novela de Iñigo Pérez Redondo (Almarza, Soria 1966), autor que os puede resultar a algunos de vosotros familiar por haber colaborado en la sección de cultura de varios diarios y revistas de tirada nacional. De hecho, ha dado a luz ya varios artículos sobre este personaje, y escribió una tesis no publicada de fin de carrera en la Universidad de Navarra, lo cual nos da ciertas garantías acerca de los conocimientos que el autor tiene sobre el personaje y su época.

Pérez Redondo utiliza a su autor fetiche –así mismo lo llama él en el prólogo de esta novela- para convertirlo en centro de una sugerente e interesante trama de ficción, en la que a cada momento parece quererse avisarnos de que nada es lo que parece, y que todo aquello que se tiene por aprendido puede ser fácilmente cuestionable.

La tesis de inicio es muy sencilla: Larra no se suicidó; fue asesinado, y existen evidencias de que después de la marcha de Dolores, y hasta el mismo momento de la entrada de su hija en la estancia, estuvieron presentes en aquél lugar diferentes personas. Para investigar todo este asunto, Pérez Redondo ha creado un personaje que va a ser el protagonista absoluto de la trama, y a quien vamos a acompañar a lo largo de las casi 300 páginas que tiene este libro: Pedro Arrayoz, ex bandido, buhonero, conspirador y presidiario, reciclado en un trasunto de policia que, por motivos que no voy a explicar por no desentrañar la madeja de la historia, está empeñado en profundizar en la investigación de la muerte del escritor.

A diferencia del Jean Valjean de Hugo, este Arrayoz parece estar mas inspirado en el lado oscuro del legendario Vidoq, sus incursiones en los bajos fondos madrileños le recuerdan a uno, salvando las distancias, escenas de “Los misterios de París” de Sue y, como no, a cada momento acompaña a la trama referencias a la obra de Larra que, se supone, fácilmente conocerá el lector.

De hecho, en su búsqueda de un culpable –desde el principio rechaza la tesis del suicidio-, Arrayoz desentraña a partir de un cuadro existente en la misma escena del crimen, el código a partir del cual se reordenan algunas de las líneas del manuscrito de uno de sus más conocidos artículos, y se obtiene un importante mensaje para descubrir el posible motivo de lo que, en todo momento, considera un asesinato. No crea el lector que va a encontrarse con un nuevo “Código Da Vinci”; afortunadamente no es así, ya que el secreto de la clave ocupa sólo una parte en el desarrollo de la trama, y tras su mensaje no hay Prioratos de Sión, Marías Magdalenas ni zarandajas de ese estilo, sino conspiraciones carlistas, reyes ilegítimos, venta de armas, oscuros tratos con la carbonarios y un sin fin de aventuras en los bajos fondos madrileños, y en las fronteras con Francia y Portugal en busca de informaciones sobre el caso.

Maneja el autor con tal soltura los datos que va acumulando el misterioso Arrayoz, que no se resiste a dar referencia al lugar donde se encuentran archivados muchos de ellos, o a hechos que, por lo menos aisladamente, parecen ser reales. No en vano, en una –la única hasta el momento- crítica que he leído sobre “Las muertes…” se la compara en este aspecto, en el del modo en que desarrolla la historia, a los “Soldados de Salamina” de Cercas, pues en ocasiones confunde al lector dándole más dosis de realidad de las que cree, pero menos de las que acepta a medida que avanza el libro, ¿o no es así?.

Esta es la primera lectura que recomiendo. Si seguimos por aquí, haremos lo mismo –o lo contrario- con otras, siempre y cuando lo consideremos conveniente. Mientras tanto, y esto va para todos aquellos que sigáis mi consejo, disfrutad de este interesante caso sobre el que sobrevuela en todo momento la duda, la desconfianza en lo que parece evidente aunque inesperado, traducido por boca de nuestro protagonista en unas concluyentes palabras.

- Todo aquél que se muestra disconforme con lo establecido, corre el riesgo de ser suicidado.

Pérez Redondo, Iñigo. “Las muertes de Fígaro”. Editorial Pasifae. Madrid 2006.

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lunes, octubre 16, 2006

Principio, palabra y luz



Empezar de nuevo. Todo comienzo resulta difícil, aunque éste no sea el primero y a nuestras espaldas carguemos ya la experiencia de quien ha recorrido, durante más de un año, el camino de la palabra escrita en un cuaderno que ahora parece quedar perdido y olvidado en lo remoto.

En este momento a uno le invaden las huestes de la inseguridad, encabezadas por la terrible duda de no saberse acompañado por el canto de las musas y el aliento de la inspiración. Piensa en el espantoso aspecto que tiene el temor, en ese rostro que a veces nos mira directamente a la cara, y señala a nuestro destino como una de sus próximas víctimas…

Ahí se aquietan nuestros pensamientos, hundiendo sus pasos en las tinieblas, hasta detenerlos asustados y no dejar tras de nosotros nada más que el silencio. De nuevo el mismo silencio que nos cubría de sombras mientras permanecíamos silentes en un rincón, muy parecido al que describe Cesar Vallejo

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra a sombra

Encendamos pues la luz y lancemos las primera palabras sobre la oscuridad blanquecina de este nuevo cuaderno, para que podamos ver que es lo que hay dentro de él. Quede advertido el errante lector que lo que va a encontrar en estas páginas, en poco asemejará muchas veces a lo que él ve o cree ser la realidad, pues nuestras palabras pueden ser como aquella luz del mediodía que tan magistralmente describió Daudet en su primer Tartarín:

“Ya es hora de que nos entendamos de una vez para siempre con respecto a la reputación de embusteros que los del norte han dado a los meridionales. En el mediodía de Francia no hay embusteros; no los hay en Marsella, ni en Nimes, ni en Tolouse, ni en Tarascón. El hombre del mediodía no miente, se engaña. No dice siempre la verdad; pero cree que la dice… Para él, su mentira no es mentira, es una especie de espejismo.

Sí, espejismo… Y para que me entiendan bien, vayan al mediodía y lo verán. Verán aquél demonio del país en que el sol lo transfigura todo y lo hace todo mayor que lo real. Verán aquellos cerrillos de Provenza, no más altos que la loma de Montmartre, y les pareceran gigantescos. Verán la casa cuadrada de Nimes –una joyita rinconera- que les parecerá tan grande como Notre-Dame. Verán… ¡ah!, que el único embustero de mediodía, si es que hay alguno, es el sol… Todo lo que toca, lo exagera… ¿Qué era Esparta en el tiempo de su esplendor? Un poblacho… ¿Y Atenas, qué fue? A lo sumo una capital de provincia… y, no obstante, en la historia nos aparecen como ciudades enormes. Tal es lo que de ellas ha hecho el sol…

Después de esto, ¿os asombraréis de que el mismo sol, cayendo sobre Tarascón, de un antiguo capitán de almacenes como Bravidá, haya podido hacer el bravo comandante Bravidá; de un nabo, un baobab, y de un hombre que estuvo a punto de ir a Shangai, un hombre que estuvo allí?”

Avisado está pues el lector, y espero que mis palabras, cuando asomen por entre el vacío de estas páginas, sean recogidas por él como si escucharan al mismísimo Tartarín relatando a sus amigos las aventuras que corrió, o mejor dicho estuvo a punto de correr, cuando marchó a Africa en busca del terrible león del Atlas:

“figúrense ustedes –dijo- que cierta noche, en mitad del Sahara…”

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