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Mostrando entradas de junio, 2007

Dos meses en el limbo

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A medida que pasaban las últimas semanas, he empezado a sentir la imperiosa necesidad de dejarlo todo, de colocar al final de la última de mis palabras un punto y aparte, y cerrar el cuaderno de mis días durante una temporada. Necesito terminar de olvidar algunas cosas, aclarar otras, y dedicar el tiempo que me reste a la lectura y a algunos menesteres más, que de llegar a buen puerto, me darían una alegría…

También me iré de vacaciones durante dos semanas a finales de agosto, y, por supuesto, os visitaré a lo largo de todo este tiempo, aunque muchas veces lo haga de manera silenciosa. Esto último, creo que no hacía falta ni decirlo.

Así que os suelto mis nubes, y la sombra, y hasta ese rayo que asoma envuelto en una luz brillante, que vuelve a traerme a la memoria aquello que Iñigo Pérez Redondo decía en su poemario “Aniversarios concéntricos”:

…Y vuelves a pensar en ello,
Atando el aliento
A los brazos de tus sueños.
Vuelves a pensar en ello… La memoria tiene estos lastres, y a cada año no…

Les pierres sauvages

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¿Y ahora qué?. Esa es la sensación con la que uno se queda cuando ha leído un libro de esos que le dejan tal regusto, que con placer volvería a sus páginas o a otras semejantes de su mismo autor. Se puede llegar hasta a sentir algo de pereza a iniciar una nueva lectura totalmente distinta y durante unos cuantos días, por lo menos en mi caso, paso el tiempo revoloteando de aquí para allá empezando este libro, continuando aquél que dejé o releyendo alguno en que creo poder encontrar el cobijo conocido en el que todo lector errático se ha refugiado en alguna ocasión. “Les pierres sauvages” es uno de ellos, y me cuesta entender que no se haya editado ninguna traducción al castellano. Ni siquiera había oído hablar de él hasta hace algunos meses. En medio de tanta bazofia escrita por encargo para mayor gloria del famosuelo de turno, de tanto lugar común, de malas películas que pretenden traducir sus efectos especiales a palabras, etc…, parece no quedar lugar para esas obras reposadas, refle…

Mon amie la rose

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Se revolvía sobre sí mismo, como la bestia que se agita en el polvo, buscando el aire que le ayudara a respirar. El corazón, cada vez más acelerado, golpeaba su pecho con fuerza, como queriendo advertir a su propietario de que se podía ir acabando el tiempo.

TOC, TOC, TOC

La calle estaba empapada, pero ya no llovía. Su amigo y él habían dejado los libros en casa: no, no tenemos deberes –dijeron, y salieron como almas que lleva el diablo escaleras abajo. Era importante que llegaran en 10 minutos a la playa o saldrían sin ellos.

YA LLEGAMOS

A fuerza de hacer presión para atrapar el aire, sus ojos fueron quedándose acuosos, humedeciendo las mejillas, hasta dejar sobre ellas una fina y brillante película que daba a su rostro un tono rosa claro.

VUELVE

Lo habían pensado: mejor no pasar por casa para dejar los libros. En la playa nadie se los iba a llevar si los enterraban en la arena, como en otras ocasiones, y ahora no verían alejarse esa barca, con sus amigos, hacia Santa Clara.

ADIOS

Una vez má…

Vuelo nocturno

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Rain Clouds, Poike Cliffs, Easter Island. 2001
Al principio pensé que lo mejor iba a ser buscar alguno de los libros que estoy leyendo, y perderme en su lectura durante un rato, justo hasta el momento en el que el sueño me atrapara por fin, y pudiera volver de nuevo a esa cama en la que me había pasado cerca de dos horas de tedioso insomnio.

Todavía estoy por las primeras páginas del Epicuro de Carlos Garcia Gual, allá por donde se habla de Diógenes y su manifiesta ciudadanía universal frente al obligado orgullo de pertenecer a un grupo, a una polis. Leí cómo Arístipo de Cirene, en medio de una discusión con Sócrates, soltó aquello de que no deseaba verse enjaulado en ningún régimen cívico, pues se sentía extranjero en todas partes:
Oud’eis politeían emautòn kataklefo, allà xénos pantachoû eimi

Bonito, muy bonito, pero también demasiado familiar para aquellas horas de sueño y soledad. Así que preferí dejar descansando al perro que reniega de su collar para encuentros más lucidos.

Al fin y …