lunes, junio 25, 2007

Dos meses en el limbo

A medida que pasaban las últimas semanas, he empezado a sentir la imperiosa necesidad de dejarlo todo, de colocar al final de la última de mis palabras un punto y aparte, y cerrar el cuaderno de mis días durante una temporada. Necesito terminar de olvidar algunas cosas, aclarar otras, y dedicar el tiempo que me reste a la lectura y a algunos menesteres más, que de llegar a buen puerto, me darían una alegría…

También me iré de vacaciones durante dos semanas a finales de agosto, y, por supuesto, os visitaré a lo largo de todo este tiempo, aunque muchas veces lo haga de manera silenciosa. Esto último, creo que no hacía falta ni decirlo.

Así que os suelto mis nubes, y la sombra, y hasta ese rayo que asoma envuelto en una luz brillante, que vuelve a traerme a la memoria aquello que Iñigo Pérez Redondo decía en su poemario “Aniversarios concéntricos”:

…Y vuelves a pensar en ello,
Atando el aliento
A los brazos de tus sueños.
Vuelves a pensar en ello…
La memoria tiene estos lastres, y a cada año nos pasa la cuenta de todo aquello que dejamos por el camino.
…Y si no volviera
Oculto por el olvido
Sólo entonces,
Sólo en ese caso,
Hablaría.
Cuidaos, no olvidéis esta casa y pasad un buen verano.
Salud

martes, junio 19, 2007

Les pierres sauvages

¿Y ahora qué?. Esa es la sensación con la que uno se queda cuando ha leído un libro de esos que le dejan tal regusto, que con placer volvería a sus páginas o a otras semejantes de su mismo autor. Se puede llegar hasta a sentir algo de pereza a iniciar una nueva lectura totalmente distinta y durante unos cuantos días, por lo menos en mi caso, paso el tiempo revoloteando de aquí para allá empezando este libro, continuando aquél que dejé o releyendo alguno en que creo poder encontrar el cobijo conocido en el que todo lector errático se ha refugiado en alguna ocasión.
“Les pierres sauvages” es uno de ellos, y me cuesta entender que no se haya editado ninguna traducción al castellano. Ni siquiera había oído hablar de él hasta hace algunos meses. En medio de tanta bazofia escrita por encargo para mayor gloria del famosuelo de turno, de tanto lugar común, de malas películas que pretenden traducir sus efectos especiales a palabras, etc…, parece no quedar lugar para esas obras reposadas, reflexivas y llenas de aire fresco que no han gozado del dudoso honor de ser calificadas como obra maestra.
De este libro me hablaron por primera vez en Fontfroide mientras charlábamos con otros visitantes por la nave central de la Abadía. Me contaron que era obra de un tal Fernand Pouillon, al parecer un conocido arquitecto francés del que, como luego supe, en España se han editado unas memorias.
El libro, publicado en 1964, está escrito como si se tratara del diario del monje y maestro de obra que edificó la Abadia de Thoronet, allá por el siglo XII. Pero lejos de tratarlo únicamente como una novela histórica, Pouillón se centra en la experiencia personal e íntima de su personaje, describiendo de manera magistral el nacimiento y evolución de un proceso creativo, hasta su conversión en una obra de arte.
"Todo artista, cuando trabaja, tiene, en su mina de plomo, en su pincel, o en su buril, no solamente lo que vincula su gesto con su espíritu, sino también su memoria. Un movimiento que parece espontáneo, puede haber nacido hace diez o treinta años. En el arte, todo es conocimiento, trabajo, paciencia, y aquello que puede surgir en un instante, ha llegado tras recorrer un largo camino."
A lo largo del libro acompañamos al protagonista en su diálogo interior en forma de diario, conociendo de su propia mano todas aquellas inquietudes que le invaden, sus reflexiones, proyectos y el modo en que él traduce todo ello en su obra.
"Cuando he reconocido el terreno por primera vez, la futura Abadía se me ha asemejado a esas arquitecturas de la Toscana, de mármoles pulidos y refinados: como un lujo infinito, complicado. Ahora, esto que estoy trazando sobre el plano es pesado, torpe. Me concentro en la alegría que dan los volúmenes simples, las paredes rectilíneas... Abadía cisterciense, ingenua, similar a otros cientos, compuesta con la técnica de construcción que hace ya mucho tiempo asimilé, que forma parte mi. Las dificultades de esta obra única serán pues, como en las anteriores, la simplicidad, la humildad. La complejidad en la que había pensado antes desapareció.
Paseo tranquilamente, sin inquietud, por el plano que estoy trazando. Bordeo las fachadas como si siempre hubiera vivido allí. ¿Dónde están mis ideas abstractas, mi mundo de sueños y alucinaciones? Ahora resulta muy fácil componer como un simple encargado de la obra de una orden severa, que no admite ni debilidad, ni mentira, ni cambio en el programa: iglesia, sala capitular, refectorio, rodeando el claustro... Pasé el día dibujando como un valiente monje, albañil y encargado de obra."
A pesar de ello, su libertad de espíritu le lleva en alguna que otra ocasión más allá de lo que esa Orden severa considera la simplicidad y humildad que se debe guardar:
“Santa Edith, decimosexto día de septiembre. El Abad me ha visitado acompañado del Prior. Sobre los planos del conjunto de las fachadas, se ha detenido durante un largo tiempo a observar el campanario.
- Muy alto –ha dicho-, prohibido por la Regla. Te impongo que reduzcas su altura o que lo suprimas. Un sencillo campanario de madera es suficiente.”
Más adelante, el problema lo planteará la propia piedra que emplean en la construcción, cuya calidad es tan ínfima que se destruye con la humedad. La orografía del terreno se lo pondrá difícil a una de las piezas fundamentales de toda Abadía, el claustro:
“La pendiente del terreno provoca una extraña situación en las galerías del claustro: la meridional estará más alta, dos escaleras en el extremo de las galería oriental y occidental franquearán al sur la diferencia de nivel. El abad no estaba satisfecho:
- No podremos meditar sin liberarnos de la preocupación de la marcha, subiendo y bajando escaleras. Así es imposible.”
A medida que avanza el libro, el protagonista va limando asperezas con su propio yo, dando respuesta a los problemas de su espíritu, a la vez que soluciona aquellos que le plantea esa obra tan igual, tan austera, tan semejante a otras tantas, que termina por acercarle a lo más íntimo de su ser, al origen de todas sus inquietudes.
“El valor está en ser uno mismo, con total independencia, gustándole lo que realmente le gusta, encontrando el subsuelo de sus sensaciones. Una obra no puede imitarse ni asociarse: debe ser solitaria, sana, pura. Ella surge del corazón, de la inteligencia, de la sensibilidad...”

martes, junio 12, 2007

Mon amie la rose


Se revolvía sobre sí mismo, como la bestia que se agita en el polvo, buscando el aire que le ayudara a respirar. El corazón, cada vez más acelerado, golpeaba su pecho con fuerza, como queriendo advertir a su propietario de que se podía ir acabando el tiempo.

TOC, TOC, TOC

La calle estaba empapada, pero ya no llovía. Su amigo y él habían dejado los libros en casa: no, no tenemos deberes –dijeron, y salieron como almas que lleva el diablo escaleras abajo. Era importante que llegaran en 10 minutos a la playa o saldrían sin ellos.

YA LLEGAMOS

A fuerza de hacer presión para atrapar el aire, sus ojos fueron quedándose acuosos, humedeciendo las mejillas, hasta dejar sobre ellas una fina y brillante película que daba a su rostro un tono rosa claro.

VUELVE

Lo habían pensado: mejor no pasar por casa para dejar los libros. En la playa nadie se los iba a llevar si los enterraban en la arena, como en otras ocasiones, y ahora no verían alejarse esa barca, con sus amigos, hacia Santa Clara.

ADIOS

Una vez más había pasado. Volvía el equilibro: aspirar, expirar; primero con fuerza, notándolo, y poco a poco con más suavidad, hasta perder la percepción de lo que estaba haciendo. Al fondo escuchaba una canción cuya letra había repetido mil veces. Bromas del destino.

martes, junio 05, 2007

Vuelo nocturno


Rain Clouds, Poike Cliffs, Easter Island. 2001

Al principio pensé que lo mejor iba a ser buscar alguno de los libros que estoy leyendo, y perderme en su lectura durante un rato, justo hasta el momento en el que el sueño me atrapara por fin, y pudiera volver de nuevo a esa cama en la que me había pasado cerca de dos horas de tedioso insomnio.

Todavía estoy por las primeras páginas del Epicuro de Carlos Garcia Gual, allá por donde se habla de Diógenes y su manifiesta ciudadanía universal frente al obligado orgullo de pertenecer a un grupo, a una polis. Leí cómo Arístipo de Cirene, en medio de una discusión con Sócrates, soltó aquello de que no deseaba verse enjaulado en ningún régimen cívico, pues se sentía extranjero en todas partes:

Oud’eis politeían emautòn kataklefo, allà xénos pantachoû eimi

Bonito, muy bonito, pero también demasiado familiar para aquellas horas de sueño y soledad. Así que preferí dejar descansando al perro que reniega de su collar para encuentros más lucidos.

Al fin y al cabo en aquél momento no pensaba más que en dormir, en el modo de conjurar el insomnio, y poder volver a la cama para entrar en la tierra de de los sueños.

Pero hasta entonces, ¿qué hacer?, ¿Asalto la nevera y me pongo una película? No, tampoco es eso lo que busco –pensé-: mejor me voy al ordenador y vagabundeo durante un rato, saltando de enlace a enlace, como quien no busca nada en concreto… Y así estuve un buen rato, fijando muy poco la atención en lo que iba visitando, hasta que llegué no se cómo a la página de Michael Kenna, un fotógrafo inglés que ha recorrido medio planeta para captar con la cámara su peculiar visión del mundo, llena de silencios y exenta casi siempre de cualquier presencia humana.

Lo primero que me llamó la atención y detuvo mi paso fue la imagen de un árbol en medio de un paisaje helado, en el que difícilmente se distinguen el cielo de la tierra. Está desprovisto de hojas, tanto que sus ramas y su tronco parecen más un esqueleto, los restos de un pez flotando en el vacío. Es como si entre el suelo helado y el aire acuoso no hubiera mayor diferencia que la que hay entre las distintas profundidades del mar.

Tree Portrait, Study 5, Wakoto, Hokkaido, Japan, 2005

Esa soledad, la del árbol, tiene un algo de nostálgica, de recuerdo perdido en el olvido, de tiempo detenido en sí mismo que exhibe sus entrañas desnudas, rodeadas de vacío. Estoy en lo que no digo –parece querer anunciarnos-, y si quieres conocerme, recorre mis palabras para dar con los límites de mi silencio…

Entonces, uno de esos extraños resortes de la memoria que nos traen a la cabeza palabras y fragmentos que parecen querer asomarse por entre los pensamientos insomnes, me susurró aquello que escribió Walter Benjamín:

“Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizá esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor, que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia. De otra manera, la comprendemos, y tanto mejor, cuanto más profundo yace en nosotros lo olvidado”

Y es que nuestra única tierra, el tiempo, no es otra cosa que movimiento, y cuando lo observamos en silencio, se parece mucho al humo que sale continuamente de aquellas enormes chimeneas en medio de la noche, en el mismo momento en que intento conciliar el sueño.

Ratcliffe Power Station, Study 2, Nottinghamshire, England. 1985

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