El Diamante y la Venganza IV

Prosper, el viejo limonadero…
…entró a trabajar en el café del Señor Loupian, allá por el año 16, después de que una desconocida y acaudalada viuda se presentara ante el dueño de aquél establecimiento y le pidiera que empleara a ese buen hombre, y a cambio ella le pagaría una renta mensual de cien francos. Según dijo la dama, Prosper, que debía tener alrededor de cincuenta años, había servido con fidelidad y desinterés a su familia durante muchos años, y llegado el momento en que ella debía de marchar muy lejos, era su deseo dejarle empleado en un lugar de la fama y reputación de aquél.
Loupian aceptó la oferta, y al día siguiente se presentó un hombre de aspecto descuidado y mal vestido. La señora del lugar, Madame Loupian, lo estuvo observando atentamente durante un buen rato, creyendo ver en sus rasgos algo que le resultaba familiar, pero terminó pensando que era más cosa de su fantasía que de la realidad.
No le costó al viejo limonadero, que era en ese oficio en lo que le emplearon, ganarse la confianza del Señor Loupian y su familia, viendo estos que sus principales clientes valoraban de buena manera la atención y diligencia con la que les servia. Especialmente lo hicieron los mas antiguos amigos y parroquianos de su café, quienes en mayor medida creían conocer mejor al nuevo empleado. Fue todo un detalle por parte del bueno de Prosper, recordaban todos, atender con la diligencia que lo hizo al pobre de Guilhem Solari cuando se llegó hasta el café para contarles que habían encontrado a su amigo Gervais Chaubard, apuñalado en el pont des Arts con una nota sobre la herida que le causara la muerte, en la que se decía:
Número Uno
Hubo todo tipo de conjeturas sobre la razón de tan extraña muerte, la policía investigó durante unos días, pero al no dar con ninguna pista dejaron las averiguaciones.
A la desgracia de la extraña muerte de uno de sus mejores amigos, a Loupian se le unieron poco después otras dos no menos extrañas: primero fue su perro de caza, que apareció muerto por envenenamiento una mañana a la puerta de la casa; días después le ocurrió lo mismo a un periquito que cuidaba con verdadero cariño Madame de Loupian… Algo volvió a investigarse, pero de nuevo no se obtuvo ningún resultado.
Fue por aquél entonces, o poco después, cuando la alegría pareció volver a la casa de los Loupian tras tanta desgracia. El motivo: la hija del matrimonio, con 16 años, iba a contraer matrimonio con un Marques millonario recién regresado del Canadá, tras la muerte de sus padres, para hacerse cargo de su herencia y buscar una esposa. Todos los conocidos de los Loupian hablaba del acontecimiento, sobre todo de la cena que el novio había organizado para después de la boda en el Cadran-Bleu, donde se espera que acudieran ciento cincuenta personas.
Desgraciadamente, después de la ceremonia el marqués tuvo que ausentarse y no pudo acudir al inicio de la cena. Por lo menos tuvo tiempo para mandar una nota en la que explicaba que había sido llamado por el Rey, y que comenzaran la cena sin él: a las diez de la noche estaría allá sin falta. Pero no fue así, a esa hora que era la de los postres, un mozo de servicio entró en la sala, y fue colocando un sobre cerrado encima de cada plato. A medida que los invitados fueron abriéndolo, fue produciéndose un murmullo cada vez más intenso, que al llegar hasta los Loupian se convirtió en gritos, desmayos y conmoción: en el se decía que el marido de la hija, el que se decía Marqués, no era sino un condenado a galeras liberado a cambio de representar ese papel, y que una vez hecho, se daba a la fuga.
Por si esto no fuera poco, cuatro días después, mientras la familia se encontraba en las afueras de París intentando recobrarse, un incendio -que según la policía tenía nueve focos diferentes-, arrasó el café y la vivienda de los Loupian. Al lugar acudieron numerosas personas que so pretexto de acabar con el fuego, saquearon de entre las llamas y las ruinas todo objeto de valor que quedaba en la casa.
Sin ni siquiera las joyas y bienes que hubieran podido ser salvados del incendio, los Loupian quedan totalmente arruinados. La mayor parte de los que eran sus amigos, los abandonan, y sólo el bueno y fiel Prosper se niega a separarse de sus antiguos jefes, con quienes procura volver a levantar el negocio familiar en el nuevo café que abren poco después en la calle de San Antonio. Hasta aquél lugar se llega a diario uno de los pocos amigos que quedaban a la malograda familia: Guilhem Solari. Sin embargo, tampoco esto iba a durar mucho.
Una noche, mientras entraba en su casa, Solari comenzó a sentir unos dolores atroces en el estómago que dieron lugar a fuertes convulsiones. Se llamó rápidamente al médico, y esté declaró, poco más tarde, que el paciente había sido envenenado y que, a pesar de todas las atenciones que le prestó, el infortunado murió sufriendo los mas terribles dolores. Doce horas después, sobre el ataúd en el que reposaba en el velatorio, alguien encontró una nota que decía brevemente:
Numero dos
Continuaba la extraña sucesión de desgracias: como ya sabemos, los Loupian además de una hija tenía un hijo, Eugene, quien desde hacía ya algún tiempo, acostumbraba a frecuentar a gentes de mala nota, y meterse en alguna que otra farce. En esta ocasión, le propusieron forzar la puerta de una tienda de licores y llevarse una docena de botellas, bebérselas y pagarlas a la mañana siguiente. Pero sucedió que alguien había informado a la policía de aquél plan, y que cuando fueron detenidos y metidos en prisión, sólo fue hallado culpable el joven Loupian de quién se supo además, por informantes secretos, que encabezaba una banda de salteadores, por lo que fue condenado a una pena de veinte años de prisión.
Con esta catástrofe, que arruinó de nuevo a la familia en abogados e intentos de conmover la piedad de los jueces por medio de regalos, el infortunio de los Loupian parecía llegar a su punto culminante. La que había sido la bella y rica Therese murió de pena, y su viudo e hija quedaron en la calle.
Fue entonces cuando el hasta aquél momento humilde y fiel Prosper contó a la hija de Loupian que tenía algunos ahorros acumulados durante toda su vida, y que se ofrecía a prestarles su apoyo económico a cambio de que ella le prestara a sus favores… Ella aceptó, pues no veía otra manera de salvar a su padre de aquella miseria, y esperaba que con el dinero de Prosper pudieran volver a montar un nuevo café.
Todas estas desgracias habían afectado a la razón del señor Loupian, que cada vez con más frecuencia tendía a desaparecer sin dar razón a nadie de a donde iba. Una noche, mientras se paseaba por los jardines de las Tullerias, apareció ante él un hombre enmascarado, que sin mediar otra palabra le gritó:
- Loupian, ¿recuerdas 1807?
- ¿Por qué?
- ¿No quieres hablar del crimen que cometiste en aquella época?
- ¡Un crimen!
- ¡Si, un crimen infame!, por envidia hiciste encerrar a tu amigo Picaud… ¿te acuerdas? Él ha sido quien se ha vengado apuñalando a Chaubard, envenenando a Solari, entregando a tu hija a un condenado, organizando la trama que llevó a tu hijo a prisión y mató a tu perro, al periquito de tu mujer e incendió tu casa…
Fue entonces cuando el enmascarado descubrió su rostro, viendo Loupian en él a su fiel Prosper, pero también a aquél Picaud que volvía ahora desde él pasado ejecutando aquella cruel venganza. Después sintió en el estómago el frío dolor que causó la puñalada que le asestó su atacante. Cayó al suelo, mirándole con terror, pasó su mano por la herida y justo en el momento en que había conseguido acercarla a la altura de la vista, quedó muerto.
Número Tres
Después de consumar el último capítulo de su venganza, Picaud dio la media vuelta y se dirigió hacia el exterior de aquellos jardines. Todo había acabado para él. ¿Y ahora qué? –debió de pensar. Sin embargo no tuvo mucho tiempo para preocuparse por este asunto, puesto que en aquél mismo momento alguien se le acercó por detrás y cubriéndole la cabeza con un saco, lo inmovilizó mientras le decía:
- ¡Ya te tengo!
(El miércoles, quinta parte: La venganza)

Comentarios

Goathemala ha dicho que…
Me quedo sin palabras por la sutileza y crudeza de la venganza. Llega a los animales y demuestra la imaginación sin precendentes del que la urde.

Bueno, querido amigo, hasta el miércoles, que me dejaste en ascuas.

Saludos.
anarkasis ha dicho que…
desde luego lo del periquito tiene inri...,me tomo nota palmiercoles, como fiel seguidora fascicular,
por cierto, he intentado encontrar el quijote en fascículos tal y como se publicó y no hay manera,
Charles de Batz ha dicho que…
Más que sutileza, amigo Goathemala, lo que tenía el tal Picaud era muy mala leche... Vamos, que se pasó unos cuantos pueblos.

Desde luego que sí, pobre periquito. ¿El Quijote en facículos?, no sé, con eso de que regalaban con el primero las tapas, el segundo fascículo y una invitación de fin de semana para dos personas en la venta de la Maritormes, creo que la cosa quedó agotada... Pero bueno, si lo que buscas es un Quijote fasciculizado aquí tienes algo:

http://www.librosrocid.com/cgi-bin/shop?Buscar=Buscar&Submit2=Borrar&andor=and&com=busca&max=25&opc1=campo3&opc1=menor&opc4=campo7&texto4=Don+quijote+de+la+mancha+

No os preocupéis que ya le queda poco, dos entregas más o menos.

Salud y gracias por pasaros por aquí.
Isabel Romana ha dicho que…
Verdaderamente, la venganza está siendo tremenda. Para serte sincera, me ha disgustado mucho que envenenase al perro y al canario, que hiciera tanto daño a la hija y al hijo. Al fin y al cabo, esas eran criaturas inocentes, nada tenían que ver con la mala conducta de Loupian. La venganza envilece siempre.ç

Estás contando esta historia con mucha maestría, querido charles, y aunque nos tienes acostumbrados a ella, no deja de ser un placer la lectura de tus sabrosos posts.

Besos y hasta pronto.
Leodegundia ha dicho que…
¡Hola! Llego con mucho retraso y no puedo opinar de lo que acabo de leer sin enterarme de lo que cuentas en los capítulos anteriores, así que buscaré el tiempo necesario para leerlos y entonces podré comentar sobre el tema.
Entre tanto un abrazo y hasta pronto.
Medea ha dicho que…
Mmm ¿quien será?

;)
Goathemala ha dicho que…
Uy, vine antes por si te adelantabas :-)

Mala, muy mala leche; me refiero a la sutileza en cuanto a planificación minuciosa y al primor de llevarla a cabo de esa manera casi mecánica. Bueno, eso de momento.

Saludos.
Freia ha dicho que…
Bien, bien, bien. La cosa está que arde... Espero con fruíción la entrega del miércoles.
Estoy con Anarkasis. Lo peor, con diferencia, lo del periquito.
Besos
Leodegundia ha dicho que…
Puedo comprender que quisiera vengarse aunque no me gusten las venganzas, pero matar al perro y al periquito que nada le habían hecho, eso si que no.
Cuando una persona para vengarse de otra se lleva por delante a otras personas, animales o cosas que no tuvieron culpa de nada, la venganza pierde todos los derechos. Por eso no me gustan las venganzas, porque en nombre de hacer justicia, son injustas.

Entradas populares de este blog

Patasola

Las bodas de Fígaro

El último mohicano