El pez del desierto

Estaba el pasado domingo cenando con un grupo de amigos en un conocido pueblo de la costa norte de nuestra tierra, en el que solemos reunirnos de vez en cuando para rememorar viejas azañas y disfrutar de las bondades de la cocina local. Y es que ir allá, y no probar uno de sus suculentos y tan maravillosamente preparados pescados a la brasa, es poco menos que una herejía, una causa que tu paladar tendrá abierta contra ti el resto de tus días.

Durante tamaño festín gastronómico, no hay mejor tema del que hablar que aquello de lo que se está disfrutando: de la propia comida y también de la ajena, que la voracidad todo lo abarca y el apetito, cuando es valiente, poco se detiene en diferencias y límites.

Estábamos en ello, disfrutando ya casi en su extremo de un excelente rodaballo, cuando al hilo de la conversación me vino a la memoria un relato del autor turco Ismail Daghyem, acerca de una especie muy peculiar de pez que según cuenta llegó a conocer de casualidad. Lo mencioné, como no podía ser de otra manera, y de forma inmediata el interés de las tres personas que me acompañaban se centró en esta historia que decían desconocer.

Como era ya el momento de la copa y el café, y no podía dar más detalles sobre la historia de la que les había hablado -pues uno tiene la peor de las memorias-, invité a mis amigos a degustar ese maravilloso Bas Armagnac que tengo reservado para las ocasiones especiales, y escuchar la lectura del relato del que tanto habíamos hablado al final de la comida.

Así lo hicimos y este es el texto del relato titulado “El pez del desierto” del libro “Relatos breves y alguno no tanto” de Ismail Daghyem:

“En cierta ocasión me acerque a la aldea de Ruhm-al-Sayim, en tierra de lo que es el actual imperio turco, justo a la entrada del Wadi Rum. Al llegar a ella me vi sorprendido por un espectáculo del que no esperaba ser testigo en un lugar como era aquél, a tantos cientos de kilómetros de la costa y en plenas puertas del desierto.

A eso de la media tarde, que era cuando me llegué por aquél lugar, hombres, mujeres y niños reparaban a la sombra de uno de los edificios de aquella pequeña aldea, una enorme red que era en todo parecida a las que había visto emplear a los pescadores de Tiro, Gaza, y cualquier otro lugar de la costa Mediterránea. ¿Para qué quería una red de semejantes dimensiones en aquél lugar?: las que habitualmente se emplean para cazar aves o alimañas son más pequeñas. Por un instante pasaron por mi imaginación los más terribles y siniestros pensamientos que un hombre puede llegar a tener de otro. Me asusté, y detuve mi paso aún sabiendo que ya era demasiado tarde para huir.

Al verme llegar, todos me saludaron amablemente y sonrieron como queriendo contrarrestar la cara de incertidumbre que habían dejado en mí esos oscuros presentimientos.

Uno de ellos, que por su edad y por ser el único portador de un elegante turbante negro, parecía ser el de mayor autoridad en aquella aldea, se me acercó y con voz suave y tranquila me dijo:

- ¿Os extraña, señor, vernos con tal aparejo en estos lugares?

- Así es…

- Sabed que aquí somos muy pobres, y que cuidamos desde hace muchas generaciones que esas redes estén en perfecto estado para poder pescar nuestro principal alimento: el pez del desierto.

- ¿El pez del desierto?

- Nunca habías oído hablar de él, ¿verdad?; o si lo habías hecho era como si fuera una leyenda.

- Sí, así es – respondí.

- Es una especie que vino de las aguas frías del norte huyendo seguramente de algún depredador mayor que él. Por ese amor al frío que todavía conserva, no lo verás nunca si estas esperando hacerlo durante el día. El pez del desierto sale de sus profundos escondites cuando cae la noche y el viento revuelve las crestas de las dunas, como si fuera el oleaje de los mares de los que huyó. La blanca luz de la luna y el silencio de su reino, le permiten ver y oír a sus presas descansando confiadas casi en la superficie de la arena. Entonces suben a ella y ¡Zas! : las engullen sin que apenas tengan tiempo de darse cuenta. En ocasiones algunas especies que viven como ellos del frescor de la noche, se resisten y salen huyendo a la superficie: es entonces cuando se les puede ver asomando por entre la arena para volver a sumergirse.

Aquella noche la pasé bajo una palmera que se erguía solitaria a la entrada de la aldea, sentado junto a mi improvisado maestro y casi media docena más de lugareños que le llamaban a éste padre, tío o abuelo; pues seguramente todos ellos, que eran casi la población total del lugar, habían vivido durante generaciones en una continua mezcla que decía poco de su capacidad de percibir la realidad.

Sin embargo, estaba en estos pensamientos cuando oí un ruido suave, casi imperceptible, parecido al de la tela rozando la piel. Después lo oí de nuevo, y otra vez, y una vez más, y así a cada momento más seguido y más fuerte.

- Mira –me dijo mi anfitrión señalando a las dunas.

Y en medio de ellas, peinadas por el viento de la noche que cubría todo de un brillante polvo entre dorado y rojizo, ví cientos de formas semejantes a las de un pez que aparecían y desaparecían de entre las arenas de aquél desierto, añadiendo a esa mezcla de colores un tono azulado que en su conjunto me recordaban a los que emplean esos pintores que están ahora tan en boga en Francia.


Diez días después, a mi regreso a Antalya, me encontré con mi editor, y al contarle lo sucedido, sonrió y me dijo:

- Veo que estás buscando el tema para una obra: te recomiendo que te limites a escribirlo, porque si no te tomarán por loco. “

- Pero eso, -me dijo uno de mis amigos cuando terminé de leerles el fragmento-, es una fábula, o un cuento que ha imaginado el autor; tiene poco de veraz…

- Lo será hasta donde vosotros queráis, pues muchas veces el modo de contar las cosas no es sino un disfraz en el que puede esconderse una verdad que quiere ser mentira o una mentira que quiere ser verdad. La belleza de las cosas no es precisamente aquello que hace que nos las creamos, es el parecido con cosas que hemos visto o vivido lo que hace que veamos en ello un hecho real.

- ¿Tan seguro estás?

- Tanto como que vosotros no existís, ni nada de lo que he contado sobre vosotros, y puede ser que lo único real en todo esto fuera aquello que se considera menos posible. Quizá no seáis más que una excusa para presentar el fragmento de un libro, y vuestra presencia aquí sea tan poco oportuna como la de un pez en medio del desierto.

Comentarios

Vailima ha dicho que…
Magnífico relato, Charles. ¿Qué importancia tiene que sea veraz o no? ¿acaso la belleza ha de beber de la fuente de la verdad?
La belleza ha de ser como ese "te quiero" entre amantes: no es necesario que sea verdad, basta con que uno lo sienta como tal. Desde luego ésa es la forma con que quiero que me amen, o la forma en que consiento en contemplar la belleza. No hago caso de mis ojos, sino de mi mirada.
anarkasis ha dicho que…
no se si he estado en el mimo "Wadi Rum", aunque los turcos a primeros de siglo dominaban esa zona..., pero esa historia tiene algo de verdad, aunque esté escrita en un libro de cuentos, segun dices,
(yo he probado con todos los sentidos ese océano)
y al coñá ese que guardas, ya le he hecho punteria, puede que algún día, lo pruebe, y te relate esa larguísima historia que no es un cuento y que puso a prueba mi paciencia, de la extraordinaria y fascinante beduína del oráculo....
Vailima ha dicho que…
Charles, sácale una copa al erótico amigo anarkasis. No vaya a ser que el tiempo corra demasiado deprisa y las pasiones de su historia se diluyan en vapores de olvido.
ladydark ha dicho que…
Charles que alegría volver a encontrar en tu cuaderno a Ismail Daghyem, es un cuento precioso, con un sentido muy "unamuniano" (perdona por las extrañas relaciones que mis sentidos me acercan, Niebla y el fantástico pez del desierto que nos regalas).
Charles de Batz ha dicho que…
Vailima, como tú creo que en ello, en eso que explicas, se encuentran muchos de los secretos de la belleza y de la verdad subjetiva que, al fin y al cabo, es la nuestra.

Creo yo que no será por falta de una buena copa de Armagnac que Anarkasis no vaya a contarnos ese apasionado y beduínico relato que ha hecho asomar de sus palabras. Vamos a ver si esta invocación sirve de algo...

Por cierto, Anarkasis, que claro que existe el Wadi Rum, y los turcos anduvieron a lo suyo por allá durante tiempo; y si el autor no sintió la necesidad de inventar un lugar es posible que fuera porque existía.

Lady, me alegro de que te alegres ;-), y sí, a mi también me dio la sensación -cuando lo puse aquí donde está-, de que al final del relato había más niebla que arena. En cierta manera, también somos lo que leemos.

Gracias a los 3

Salud
almena ha dicho que…
quién sabe...?
:)
imaginación? fantasía? realidad inconcebible?
zubi ha dicho que…
Precioso relato amigo, parecido a aquello que algunos llaman el realismo mágico. Yo tambien me alegro del regreso de Ismail Daghyem...
te sigo
Salu2
vere ha dicho que…
tengo una sensación de "mise en abyme", alguien que cuenta y es contado por alguien que cuenta...
Anónimo ha dicho que…
¡Coñe! ¿Donde está el mensaje que dejé ayer escrito?
Más vale que no es la primera vez que me ocurre, que ya en el aniversario de D. Pio me ocurrió lo mismo, de lo contrario hubiera pensado que querías hacerme desaparecer como a los comensales.
¡Joderr! ¡¿Y si soy uno de ellos?!
Herri ha dicho que…
Lo que decía, en un momento no soy nadie y ahora soy yo. ¡¿O no?!
Charles de Batz ha dicho que…
Pues ten claro que tengo en tal aprecio tus comentarios, que no sólo no tengo nada que ver con su inexplicable desaparición, sino que conjuro a los manes bitacoreros que me persiguen desde mi anterior morada para que, de una vez por todoas se vayan a... l desierto, por hacerme perder un mensaje que seguro hubiera sido interesante.

Quizá sea por esas palabritas de seguridad de marras que hay que copiar y que a veces aunque lo hagas bien, te dice que no.

Salud y gracias de cualquier manera, Herri.

Por cierto, Vere que visto como tu dices da hasta cierto vértigo el pensar en estas historias de tal modo solapadas.

Saludos

Entradas populares de este blog

Patasola

Las bodas de Fígaro

El último mohicano