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Mostrando entradas de noviembre, 2006

Bestiario infantil

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De entre los seres que poblaron
aquella lejana infancia,
hubo uno de piedra
que nunca dejó de mirarme.

Lo llamaba “pájaro”
pues tenía enormes alas,
y “mudo”, ya que jamás
respondía a mis palabras.

Cuando me acercaba a él
las noches de verano,
parecía como si la blanca y silenciosa
-así llamaban a la mirada de la luna-,
separase su cuerpo
de los muros sombríos del monasterio.

Recorría con mis dedos entonces
el tacto suave de su plumaje,
alcanzaba la cavidad de sus ojos
-¡qué es lo que habrán visto!, pensaba-,
y cerraba los míos en el giro sensual de su cuello.

A veces lo imaginaba escapar,
en una de esas que lo miraba,
y alzar el vuelo ligero, con mucho orgullo,
hacia la misma luz
que lo había devuelto a la vida.

El pez del desierto

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Estaba el pasado domingo cenando con un grupo de amigos en un conocido pueblo de la costa norte de nuestra tierra, en el que solemos reunirnos de vez en cuando para rememorar viejas azañas y disfrutar de las bondades de la cocina local. Y es que ir allá, y no probar uno de sus suculentos y tan maravillosamente preparados pescados a la brasa, es poco menos que una herejía, una causa que tu paladar tendrá abierta contra ti el resto de tus días.

Durante tamaño festín gastronómico, no hay mejor tema del que hablar que aquello de lo que se está disfrutando: de la propia comida y también de la ajena, que la voracidad todo lo abarca y el apetito, cuando es valiente, poco se detiene en diferencias y límites.

Estábamos en ello, disfrutando ya casi en su extremo de un excelente rodaballo, cuando al hilo de la conversación me vino a la memoria un relato del autor turco Ismail Daghyem, acerca de una especie muy peculiar de pez que según cuenta llegó a conocer de casualidad. Lo mencioné, como no po…

Patasola

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Hace algunos años, el antropólogo Francisco Queixalos publicó “Entre cantos y llantos”, un interesante libro sobre la tradición oral sikuani, pueblo ubicado en torno a los afluentes del Orinoco comprendidos entre el Guaviare y el Arauca, en un territorio entre sabanero y boscoso que se extiende a lo largo de la frontera colombo-venezolana. Entre los mitos, canciones y relatos que recogió por boca de los sikuanis entrevistados, hay uno que me llamó especialmente la atención y quiero reproducir aquí. Considere el lector que se trata de la transcripción de un testimonio oral, cosa que explica los giros, extructura y repeticiones que no se daría en un texto escrito. Es más, le invito a que haga uso de él de la manera para la que fue creado: para oirlo, no para leerlo en silencio. He aquí el mito de la Patasola según los sikuanis:
“Kaesitonü o Patasola es una clase de yahé. El Patasola es de la selva, es antropófago y peligroso. El no tiene el pie perfecto hacia delante, lo tiene hacia atrá…

El origen del mundo (antes de Monsieur Courbet)

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Un lunes cualquiera

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Lunes. Como es habitual me levanto a eso de las 6 de la mañana, acompañado por los diablos que salen de mi boca maldiciendo la poca solidez de los dos días que le han precedido, lo poco que los he aprovechado –esta cantinela es siempre así-, y lo que me queda por delante.

De casa al trabajo es como una hora de coche entre bocinazos, adelantamientos indebidos y el sonido de la radio murmurando cansinamente no sé qué tontería que se parece mucho a cualquiera de las que dicen otros días. Cada uno se gana el pan como puede, y está claro que los hay que saben hacerlo llenando horas en los medios de comunicación. Olé por ellos, y entonemos un miserere por los que estamos al otro lado. Auditui meo dabis gaudium et laetitiam. Et exultabunt ossa humiliata.

El tiempo que tardo en llegar a mi destino podía ser menor, pero eso del carné por puntos, la afluencia de público en las carreteras a estas horas de la mañana y el eterno estado de “en obras” de esta conocidísima autopista, hacen de mi camino al…

Magdeleine Robineau

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“ROXANA:
¡Calla! ¡No puedes comprenderlo!... ¡Dios mío! Es verdad que desde aquella noche en que, con voz desconocida, comenzaste a enseñarme tu alma, bajo mi ventana, yo te adoraba... pero tus cartas... ¡tus cartas han sido para mí como si desde hace un mes, constantemente, volviera a escuchar la voz de aquella noche... aquella voz tan dulce en la que te ocultabas!... ¡Tanto peor para ti si me arriesgo! ¡Penélope no se hubiera quedado bordando en casa si Ulises le hubiese escrito como tú lo has hecho, sino que, como la alocada Elena, hubiera mandado a paseo las madejas de lana para reunirse con él!”

(Cyrano de Bergerac; Acto IV, Escena VIII)



¿Qué se puede decir de Roxana, la única, la del Cyrano de Rostand?; que embriaga su sensibilidad, la delicadeza de sus maneras y el cierto punto de valor que demuestra tener al correr hasta el cerco de Arrás, buscando a su amado; que gozamos viéndola evolucionar desde lo profano a lo sagrado a lo largo de los cinco actos de esta obra. ¿Qué más se pu…

Los cadetes de Gascuña

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Vamos, que ya hace casi una semana que no escribo nada, y aunque es poco el tiempo que estoy teniendo –¡gracias, oh, queridas obligaciones!-, he pensado en improvisar unas líneas, aún a riesgo de macular este querido cuaderno, con los desvaríos que salen de mis dedos a medida que van revoloteando sobre el teclado. Empecemos…

Mira por donde que mi última estancia en el Bearn me sirvió, además de para otras muchas cosas, para pasarme por una librería que había en lo que parece un antiguo teatro en Orthez, y comprarme-regalarme algún libro de esos que no se encuentran por mis habituales latitudes, y cuyo contenido merece el esfuerzo de leerlo en un idioma que no es el de uno. Puede imaginar el santo lector que me sigue con alguna frecuencia, qué es lo primero que me vino a la cabeza cuando leí el título: el panteón mosqueteril al completo, dispuesto a llenar mis lecturas de datos, anécdotas y el gozoso conocimiento de algún que otro hecho histórico que ignoraba hasta el momento.

Más allá d…

Cuatro del once

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Aquél día no fue precisamente el de los grandes hechos, ni siquiera el de los medianos: haciéndolo con claridad podríamos incluso decir que fue un desastre. Si uno revisa lo que dicen de aquél cuatro de noviembre las distintas tablas de efemérides, comprobará que lo que pasó no tenía nada de bueno, sino más bien todo lo contrario. La culpa la tuvieron las condiciones meteorológicas, que parece ser que se esmeraron en cumplir con todas y cada una de las condiciones que hacen posible que se produzca una gran inundación: fuertes lluvias, variación estacional del nivel del mar, siroco, baja presión atmosférica… De libro, que diría algún conocido.

El caso es que en Venecia la Plaza de San Marcos quedó sumergida bajo 1,20 de agua, y el indicador de nivel situado en la punta de la Salute registró una altura récord de 1,94 m. Un informe de la UNESCO cuenta que muchas obras de arte quedaron destruidas, 5.000 venecianos perdieron su vivienda, y el resto vivió durante mucho tiempo con la angustia…