jueves, noviembre 23, 2006

Bestiario infantil


De entre los seres que poblaron
aquella lejana infancia,
hubo uno de piedra
que nunca dejó de mirarme.

Lo llamaba “pájaro”
pues tenía enormes alas,
y “mudo”, ya que jamás
respondía a mis palabras.

Cuando me acercaba a él
las noches de verano,
parecía como si la blanca y silenciosa
-así llamaban a la mirada de la luna-,
separase su cuerpo
de los muros sombríos del monasterio.

Recorría con mis dedos entonces
el tacto suave de su plumaje,
alcanzaba la cavidad de sus ojos
-¡qué es lo que habrán visto!, pensaba-,
y cerraba los míos en el giro sensual de su cuello.

A veces lo imaginaba escapar,
en una de esas que lo miraba,
y alzar el vuelo ligero, con mucho orgullo,
hacia la misma luz
que lo había devuelto a la vida.

lunes, noviembre 20, 2006

El pez del desierto

Estaba el pasado domingo cenando con un grupo de amigos en un conocido pueblo de la costa norte de nuestra tierra, en el que solemos reunirnos de vez en cuando para rememorar viejas azañas y disfrutar de las bondades de la cocina local. Y es que ir allá, y no probar uno de sus suculentos y tan maravillosamente preparados pescados a la brasa, es poco menos que una herejía, una causa que tu paladar tendrá abierta contra ti el resto de tus días.

Durante tamaño festín gastronómico, no hay mejor tema del que hablar que aquello de lo que se está disfrutando: de la propia comida y también de la ajena, que la voracidad todo lo abarca y el apetito, cuando es valiente, poco se detiene en diferencias y límites.

Estábamos en ello, disfrutando ya casi en su extremo de un excelente rodaballo, cuando al hilo de la conversación me vino a la memoria un relato del autor turco Ismail Daghyem, acerca de una especie muy peculiar de pez que según cuenta llegó a conocer de casualidad. Lo mencioné, como no podía ser de otra manera, y de forma inmediata el interés de las tres personas que me acompañaban se centró en esta historia que decían desconocer.

Como era ya el momento de la copa y el café, y no podía dar más detalles sobre la historia de la que les había hablado -pues uno tiene la peor de las memorias-, invité a mis amigos a degustar ese maravilloso Bas Armagnac que tengo reservado para las ocasiones especiales, y escuchar la lectura del relato del que tanto habíamos hablado al final de la comida.

Así lo hicimos y este es el texto del relato titulado “El pez del desierto” del libro “Relatos breves y alguno no tanto” de Ismail Daghyem:

“En cierta ocasión me acerque a la aldea de Ruhm-al-Sayim, en tierra de lo que es el actual imperio turco, justo a la entrada del Wadi Rum. Al llegar a ella me vi sorprendido por un espectáculo del que no esperaba ser testigo en un lugar como era aquél, a tantos cientos de kilómetros de la costa y en plenas puertas del desierto.

A eso de la media tarde, que era cuando me llegué por aquél lugar, hombres, mujeres y niños reparaban a la sombra de uno de los edificios de aquella pequeña aldea, una enorme red que era en todo parecida a las que había visto emplear a los pescadores de Tiro, Gaza, y cualquier otro lugar de la costa Mediterránea. ¿Para qué quería una red de semejantes dimensiones en aquél lugar?: las que habitualmente se emplean para cazar aves o alimañas son más pequeñas. Por un instante pasaron por mi imaginación los más terribles y siniestros pensamientos que un hombre puede llegar a tener de otro. Me asusté, y detuve mi paso aún sabiendo que ya era demasiado tarde para huir.

Al verme llegar, todos me saludaron amablemente y sonrieron como queriendo contrarrestar la cara de incertidumbre que habían dejado en mí esos oscuros presentimientos.

Uno de ellos, que por su edad y por ser el único portador de un elegante turbante negro, parecía ser el de mayor autoridad en aquella aldea, se me acercó y con voz suave y tranquila me dijo:

- ¿Os extraña, señor, vernos con tal aparejo en estos lugares?

- Así es…

- Sabed que aquí somos muy pobres, y que cuidamos desde hace muchas generaciones que esas redes estén en perfecto estado para poder pescar nuestro principal alimento: el pez del desierto.

- ¿El pez del desierto?

- Nunca habías oído hablar de él, ¿verdad?; o si lo habías hecho era como si fuera una leyenda.

- Sí, así es – respondí.

- Es una especie que vino de las aguas frías del norte huyendo seguramente de algún depredador mayor que él. Por ese amor al frío que todavía conserva, no lo verás nunca si estas esperando hacerlo durante el día. El pez del desierto sale de sus profundos escondites cuando cae la noche y el viento revuelve las crestas de las dunas, como si fuera el oleaje de los mares de los que huyó. La blanca luz de la luna y el silencio de su reino, le permiten ver y oír a sus presas descansando confiadas casi en la superficie de la arena. Entonces suben a ella y ¡Zas! : las engullen sin que apenas tengan tiempo de darse cuenta. En ocasiones algunas especies que viven como ellos del frescor de la noche, se resisten y salen huyendo a la superficie: es entonces cuando se les puede ver asomando por entre la arena para volver a sumergirse.

Aquella noche la pasé bajo una palmera que se erguía solitaria a la entrada de la aldea, sentado junto a mi improvisado maestro y casi media docena más de lugareños que le llamaban a éste padre, tío o abuelo; pues seguramente todos ellos, que eran casi la población total del lugar, habían vivido durante generaciones en una continua mezcla que decía poco de su capacidad de percibir la realidad.

Sin embargo, estaba en estos pensamientos cuando oí un ruido suave, casi imperceptible, parecido al de la tela rozando la piel. Después lo oí de nuevo, y otra vez, y una vez más, y así a cada momento más seguido y más fuerte.

- Mira –me dijo mi anfitrión señalando a las dunas.

Y en medio de ellas, peinadas por el viento de la noche que cubría todo de un brillante polvo entre dorado y rojizo, ví cientos de formas semejantes a las de un pez que aparecían y desaparecían de entre las arenas de aquél desierto, añadiendo a esa mezcla de colores un tono azulado que en su conjunto me recordaban a los que emplean esos pintores que están ahora tan en boga en Francia.


Diez días después, a mi regreso a Antalya, me encontré con mi editor, y al contarle lo sucedido, sonrió y me dijo:

- Veo que estás buscando el tema para una obra: te recomiendo que te limites a escribirlo, porque si no te tomarán por loco. “

- Pero eso, -me dijo uno de mis amigos cuando terminé de leerles el fragmento-, es una fábula, o un cuento que ha imaginado el autor; tiene poco de veraz…

- Lo será hasta donde vosotros queráis, pues muchas veces el modo de contar las cosas no es sino un disfraz en el que puede esconderse una verdad que quiere ser mentira o una mentira que quiere ser verdad. La belleza de las cosas no es precisamente aquello que hace que nos las creamos, es el parecido con cosas que hemos visto o vivido lo que hace que veamos en ello un hecho real.

- ¿Tan seguro estás?

- Tanto como que vosotros no existís, ni nada de lo que he contado sobre vosotros, y puede ser que lo único real en todo esto fuera aquello que se considera menos posible. Quizá no seáis más que una excusa para presentar el fragmento de un libro, y vuestra presencia aquí sea tan poco oportuna como la de un pez en medio del desierto.

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viernes, noviembre 17, 2006

Patasola

Hace algunos años, el antropólogo Francisco Queixalos publicó “Entre cantos y llantos”, un interesante libro sobre la tradición oral sikuani, pueblo ubicado en torno a los afluentes del Orinoco comprendidos entre el Guaviare y el Arauca, en un territorio entre sabanero y boscoso que se extiende a lo largo de la frontera colombo-venezolana. Entre los mitos, canciones y relatos que recogió por boca de los sikuanis entrevistados, hay uno que me llamó especialmente la atención y quiero reproducir aquí.
Considere el lector que se trata de la transcripción de un testimonio oral, cosa que explica los giros, extructura y repeticiones que no se daría en un texto escrito. Es más, le invito a que haga uso de él de la manera para la que fue creado: para oirlo, no para leerlo en silencio. He aquí el mito de la Patasola según los sikuanis:

“Kaesitonü o Patasola es una clase de yahé. El Patasola es de la selva, es antropófago y peligroso. El no tiene el pie perfecto hacia delante, lo tiene hacia atrás, con los dedos atrás. De manera que uno que no sabe se encuentra con su huella y como no quiere encontrárselo sigue el rastro hacia atrás, y ahí es donde se topa con él, porque la ventaja de él es que tiene el pié hacia atrás. Así es como lo atrapa a uno y se lo come. Presenta la particularidad de tener un solo pie y dejar la huella al revés. Suele merodear cuando salen las tortugas terecay para comer a la gente que pasa las noches afuera recogiendo huevos, para agarrarlos a ellos. Si uno ve la huella en la playa o en el arenal, y se da cuenta de que no hay más que un pié, no hay que retroceder, sino seguir la huella normalmente, como si los dedos estuvieran adelante y el talón hacia atrás. Hay que huir en el mismo sentido de la huella, si uno coge al revés, entonces la Patasola se lo lleva”.

Vamos, como la vida misma.

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martes, noviembre 14, 2006

El origen del mundo (antes de Monsieur Courbet)

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lunes, noviembre 13, 2006

Un lunes cualquiera

Lunes. Como es habitual me levanto a eso de las 6 de la mañana, acompañado por los diablos que salen de mi boca maldiciendo la poca solidez de los dos días que le han precedido, lo poco que los he aprovechado –esta cantinela es siempre así-, y lo que me queda por delante.

De casa al trabajo es como una hora de coche entre bocinazos, adelantamientos indebidos y el sonido de la radio murmurando cansinamente no sé qué tontería que se parece mucho a cualquiera de las que dicen otros días. Cada uno se gana el pan como puede, y está claro que los hay que saben hacerlo llenando horas en los medios de comunicación. Olé por ellos, y entonemos un miserere por los que estamos al otro lado.
Auditui meo
dabis gaudium et laetitiam.
Et exultabunt
ossa humiliata.

El tiempo que tardo en llegar a mi destino podía ser menor, pero eso del carné por puntos, la afluencia de público en las carreteras a estas horas de la mañana y el eterno estado de “en obras” de esta conocidísima autopista, hacen de mi camino al trabajo poco más que una procesión. Ni queriéndolo hubiera sido más apropiado.

Aprovecho los atascos para entretenerme en ver, a través de la penumbra de esas horas de la mañana y del cristal de la ventana, el aspecto de las personas que como yo esperan continuar su camino.

- No parecen tan distintas –me digo- y, sin embargo, necesitamos serlo. Al fin y al cabo a nadie le gusta verse como un borrego satisfecho que avanza hacia su centro de producción para dejarse más de medio… -entonces me callo, no porque tema que me oigan los beneficiarios de mis pensamientos, que son los que están al otro lado de la noticia que estaba escuchando, sino porque me veo algo desbarrado entrando en el lugar común.

Llego al trabajo a eso de las 8 de la mañana. Está en un polígono que a estas alturas del año y con el frío y humedad que hace, a uno le ataca al lumbago cada vez con más virulencia.

- ¿Quién me iba a decir a mí? –pienso mientras me echo la mano al costado- a este paso me veo poniéndome una faja al más puro estilo jotero profesional…

Sí, ¿quién me lo iba a decir?

Según voy entrando pasan ante mí las caras de esas personas a las que estoy condenado a ver un día tras otro. Es lunes, así que hoy les toca hablar: ayer hubo fútbol, y eso a más de uno le ha podido cambiar el carácter. El resto de la semana se pasearán por la casa –que así mal llamamos a este sitio- el uno chasqueando los dedos mientras camina, el otro canturreando una ranchera, el de la oficina del fondo agitando continuamente un bolígrafo en la mano, y ese al que tanto aprecio, lo veré en silueta, todo tieso, cortando el aire con su panza como si fuera un teniente de navío.

Me siento en mi sitio, me saco un café maquinero y enciendo el ordenador. Antes de empezar, y si no hay urgencia o mucho trabajo, me tomo el sucio y caliente bebedizo mientras repaso los comentarios que se hayan podido hacer a mi bitácora –no es algo muy habitual, para qué engañarnos-, y visito a salto de enlace las de mis amigos para leer sus novedades y dejar algo, si es el caso.

Lunes. El trimestre en el que estamos es, por decirlo de manera que pueda leerlo todo tipo de público, el peor del año: auditorias, cierres de año, asuntos pendientes que se ha retrasado hasta el final, etc… y como aquí se está por el reparto, pero sólo de responsabilidades, pues a uno le han tocado algunas gracias que le tienen de la manera que menos le agrada: continuamente ocupado, y en asuntos que le obligan a no levantarse de su silla un solo instante.

Así que de esta manera estamos, y lo largo del día se va salpimentado por continuas llamadas de teléfono, visitas de compañeros que no los quisiera conmigo como tripulantes de una expedición, y muchas otras cosas que, como son de las que uno no se espera, pues no puede decirlas.

Pero avancemos en el día, que esto que pretendía fuera breve, se ha convertido en un discurso de Castelar.

Uno, que es de los que empiezan muchas cosas y apenas termina el postre, ha tenido la ocurrencia, dada su afición por la historia, de matricularse en una de las asignaturas de dicha carrera correspondiente a un periodo de ella. No tengo el ánimo de coleccionar licenciaturas: es por ver si así me obligo a seguir adelante; soy un poco inconstante y bastante disperso, así que ha sido una manera de garantizar que vaya a hacer algo.

El caso es que vuelvo a casa a eso de la media tarde, dispuesto a entretener mi atención en el afán coleccionista de títulos de Gala Placidia, la jugarreta funeraria de Alarico o la mala leche que le cantaba a Ambrosio de Milán. Me resulta muy interesante y, en cierta manera, vacío la cabeza con todas estas cosas del pasado.

Después llega eso de hacer la cena –es otra de las cosas con las que disfruto- y, cuando termino de saborearla, a leer el tiempo que me quede hasta que me invada ese sopor con el que a diario lucho en una batalla que, de antemano, tengo perdida:

- Voy a intentar acabar este capítulo –me digo dedicando más esfuerzo a mantener un ojo abierto, pues los dos es ya imposible, que a leer.

- Por lo menos esta página- corrijo al poco, viéndome derrotado en la nueva batalla.

- Este párrafo, por lo menos este párrafo.

- ¿Me estaré enterando de algo?.

- ………………………..

viernes, noviembre 10, 2006

Magdeleine Robineau

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“ROXANA:
¡Calla! ¡No puedes comprenderlo!... ¡Dios mío! Es verdad que desde aquella noche en que, con voz desconocida, comenzaste a enseñarme tu alma, bajo mi ventana, yo te adoraba... pero tus cartas... ¡tus cartas han sido para mí como si desde hace un mes, constantemente, volviera a escuchar la voz de aquella noche... aquella voz tan dulce en la que te ocultabas!... ¡Tanto peor para ti si me arriesgo! ¡Penélope no se hubiera quedado bordando en casa si Ulises le hubiese escrito como tú lo has hecho, sino que, como la alocada Elena, hubiera mandado a paseo las madejas de lana para reunirse con él!”

(Cyrano de Bergerac; Acto IV, Escena VIII)



¿Qué se puede decir de Roxana, la única, la del Cyrano de Rostand?; que embriaga su sensibilidad, la delicadeza de sus maneras y el cierto punto de valor que demuestra tener al correr hasta el cerco de Arrás, buscando a su amado; que gozamos viéndola evolucionar desde lo profano a lo sagrado a lo largo de los cinco actos de esta obra.
¿Qué más se puede decir?. Se puede empezar y no terminar.

Al principio, la conocemos frecuentando el teatro del Hotel de Bourgogne y los salones de la buena sociedad, donde por aquél entonces estaba tan de moda hablar de “Le Tendre”, algo así como el país imaginario de la Ternura, y que tuvo sus inicios en un juego de salón divulgado por Madeleine de Scudery.


“LA DUEÑA:
Vamos ahí enfrente, a casa de Clomira. En su tertulia se leerá hoy un discurso sobre «le Tendre».

RAGUENEAU.
¿Sobre «le Tendre»?

LA DUEÑA.
¡Claro! (Gritando hacia la ventana.) ¡Roxana, que se hace tarde!... ¡Vamos a perdernos el discurso sobre «le Tendre»!

(Cyrano de Bergerac; Acto III, Escena I)

Pero nuestra Roxana va cambiando poco a poco, y empieza por descubrir el valor de las palabras que le dirige Cyrano-Christian bajo el balcón. Luego llegarán las cartas, la palabra escrita, que convierten los sentimientos de este ser sensible, frágil y apasionado, en heroína y cautiva de un amor absoluto y profundo. Esta es la Roxana que nos queda impresa en lo más profundo del corazón cuando damos vuelta a la última de las páginas y cae el telón sobre la escena.

"CYRANO.
¡Hay una cosa que no me qui­taréis!... ¡Esta noche, cuando entre en el cielo, mi saludo barrerá el suelo azul, y, mal que os pese, conmigo irá una cosa sin manchas ni arrugas... (Arroja la espada a lo alto.) y esa cosa es... (La espada escapa de sus manos; vacila y cae en brazos de Le Bret y Ragueneau. )

ROSANA.
(Inclinándose sobre él y besándole en la frente.) ¿Y es...?

CYRANO.
(Vuelve a abrir los ojos, la reconoce y añade son­riendo:)¡Mi penacho!"

(Cyrano de Bergerac; Acto V, Escena VI)


¡En fín!, que queda todo muy bonito e idealizado, digno del mejor de los sueños románticos en los que uno pudiera internarse. El problema es que esta Roxana, nuestra Roxana, es el personaje de la obra de Rostand que menos se parece a su modelo original: Madeleine Robineau (1610-1657), prima –como ocurre en la obra- del cadete, filósofo, inventor y comediante Cyrano de Bergerac.

De este personaje real, que parece que sirvió más de referencia que de inspiración a Rostand, sabemos que gozó toda su vida de las mejores comodidades que una mujer de su clase podía permitirse por aquél entonces, gracias a que contaba con una más que desahogada fortuna. Según dice Cyprien de la Nativité, sus mayores preocupaciones “tenían por objeto el adorno de un collar, la elegancia de un peinado, las maneras de un gesto y la gracia de unos zapatos…”.

También es conocido que disfrutaba de la buena mesa:”era tan difícil de satisfacer en la mesa, que hacía falta que los alimentos no fueran sólo sabrosos al gusto, sino que también estuvieran dispuestos de manera agradable a la vista”. Creo yo que cuando se dice buena mesa de esta manera, podemos entender también que abundante.

Cuando tenía poco más de veinte años casó con Christophe de Champagne, Baron de Neuvillette, con el que llevó seis años de “vie mondaine”, hasta que enviudó de él a resultas de una emboscada que sufrió tras el asedio de Arrás en 1640.

Y es aquí donde se evidencia de nuevo lo poco excepcional de este personaje: atormentada por la idea de que su marido murió sin haber tenido la posibilidad de recibir confesión, pudiendo así sufrir la condenación eterna, dio un importante giro espiritual a su vida. Abandonó la vida mundana y del siglo en la que había vivido hasta entonces, para darse a esas otras comodidades –convenciones sería un término más exacto- muy de aquella época de viuda acaudalada y piadosa.

No entró en ningún convento, aunque sí que frecuentaba para hacer oración y penitencia el de las Hijas de la Cruz, cuya priora era la madre Catherine, prima suya y hermana de Cyrano. Precisamente allí se impuso, es seguro que en combinación con Catherine, una importante misión: convertir a su primo Savinien de Cyrano, para que salvara su alma de la vida de pecado en la que la veían inmersa. Difícil y complicada, pero como el éxito de muchas empresas se basa en estar en el lugar y momento adecuado, ahí estuvo ella en la última enfermedad de su primo, cuidando de las heridas que terminarían por provocarle finalmente la muerte. A buen seguro que esa última conversación nada tenía que ver con la que cierra la obra de Rostand.

Estando en estos menesteres Madeleine adquirió gran fama de beata y piadosa –aunque pudiera ser que lo lograra llenando generosamente la bolsa de algún que otro abate-, hasta el punto de que el Padre Cyprien de la Nativité (1605-1680), le dedicó en 1660 una obra hagiográfica, de la que se ha extraído gran parte de lo que de ella se sabe: “Recueil des vertus et des écrits de Mme la baronne de Neuvillette, décédée depuis peu dans la ville de Paris”.

De este Cyprien, que la conoció allá por los años 50 del siglo XVII, tenemos una descripción de cómo era Madeleine por aquél entonces: “tenía un espíritu brillante, los rasgos de la cara bien proporcionados, un buen talle, pero su gusto por la buena comida y el paso del tiempo hicieron que al final de su vida, estuviera tan cambiada que parecía no haber gozado de alguna belleza en su juventud, aunque conservara algo que la hacía diferente a lo que es común en las de su sexo”.
¿Qué se puede decir en pocas palabras de Madeleine?; que se nos aparece como una mujer bastante común, glotona, aburrida y beata; que si alguien piensa que podría encontrarse algo de la Roxana ideal en sus cartas, se llevará una gran desilusión, pues son tan engoladas, afectadas, beatas y vacías que resultan ilegibles para el más paciente de los lectores.

Algo parecido podríamos pensar de su biógrafo y sus disertaciones místicas y alambicadas, en las que pretende alcanzar la afirmación de la virtud a costa de la paciencia del inocente lector. En el Tomo VI de la “Histoire Littéraire du Sentiment Religieux en France”, se llega a firmar de él con respecto a esta obra: “en cuanto a su biógrafo, si a veces nos resulta divertido es a pesar de él mismo”.

Sin embargo, hay algo que marca la diferencia: hacia 1920 Paul Valéry resucitó del olvido al carmelita de París, asegurando: “ Cyprien de la Nativité de la Vierge que, al traducir a mediados del siglo XVII los versos de San Juan de la Cruz, nos ha dado, con perfecta humildad, uno de los más bellos poemas de la lengua francesa”. De hecho, aún hoy en día sigue considerándose uno de los mejores traductores a esa lengua de la obra de aquél gran poeta.

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jueves, noviembre 09, 2006

Los cadetes de Gascuña

Vamos, que ya hace casi una semana que no escribo nada, y aunque es poco el tiempo que estoy teniendo –¡gracias, oh, queridas obligaciones!-, he pensado en improvisar unas líneas, aún a riesgo de macular este querido cuaderno, con los desvaríos que salen de mis dedos a medida que van revoloteando sobre el teclado. Empecemos…

Mira por donde que mi última estancia en el Bearn me sirvió, además de para otras muchas cosas, para pasarme por una librería que había en lo que parece un antiguo teatro en Orthez, y comprarme-regalarme algún libro de esos que no se encuentran por mis habituales latitudes, y cuyo contenido merece el esfuerzo de leerlo en un idioma que no es el de uno.

Puede imaginar el santo lector que me sigue con alguna frecuencia, qué es lo primero que me vino a la cabeza cuando leí el título: el panteón mosqueteril al completo, dispuesto a llenar mis lecturas de datos, anécdotas y el gozoso conocimiento de algún que otro hecho histórico que ignoraba hasta el momento.

Más allá de todo eso, el libro trata de la vida de aquellos soldados de fortuna, segundones de la baja nobleza gascona, que hicieron fama en la Francia de su época por su arrojo, maneras bruscas, extraño lenguaje, y su espíritu pendenciero y bebedor. En cierta manera, tal y como da a entender la autora, el personaje de Dumas no hace sino compilar en sí los tópicos que habían ido acumulándose a lo largo del tiempo en torno al carácter gascón.

Una joya de lectura. Sin pensarlo más me lo llevé conmigo –previo pago de su precio, por supuesto-, dispuesto a empezarlo, como debe comenzarse un libro que se compra extramuros de nuestra vida cotidiana, en algún lugar cuya evocación, que irá siempre unida al mismo, tenga un algo especial.

No sé porqué pero esta zona del Bearn me ha parecido siempre especialmente hermosa. Aquellos montes que se ven allá al fondo son los Pirineos, cuya silueta impresiona más al que la observa desde este lado, donde la tierra es llana y permite apreciar más su enormidad, que desde el otro.

Estamos entre Navarrenx y Oloron, y aquí, a medida que avanzaba el clarear de la mañana y el frescor que llegaba desde aquellos montes lejanos, comencé la primera lectura –simbólica-, de este libro que bien podía estar encabezado por las mismísimas palabras de uno de ellos, que sin ser gascón, apuntaba buenas maneras:

Ce sont les cadets de Gascogne

De Carbon de Castel-Jaloux!

Bretteurs et menteurs sans vergogne.

Ce sont les cadets de Gascogne!

Parlant blason, lambel, bastogne,

Tous plus nobles que des filous,

Ce sont les cadets de Gascogne

De Carbon de Castel-Jaloux

jueves, noviembre 02, 2006

Cuatro del once


Aquél día no fue precisamente el de los grandes hechos, ni siquiera el de los medianos: haciéndolo con claridad podríamos incluso decir que fue un desastre. Si uno revisa lo que dicen de aquél cuatro de noviembre las distintas tablas de efemérides, comprobará que lo que pasó no tenía nada de bueno, sino más bien todo lo contrario. La culpa la tuvieron las condiciones meteorológicas, que parece ser que se esmeraron en cumplir con todas y cada una de las condiciones que hacen posible que se produzca una gran inundación: fuertes lluvias, variación estacional del nivel del mar, siroco, baja presión atmosférica… De libro, que diría algún conocido.

El caso es que en Venecia la Plaza de San Marcos quedó sumergida bajo 1,20 de agua, y el indicador de nivel situado en la punta de la Salute registró una altura récord de 1,94 m. Un informe de la UNESCO cuenta que muchas obras de arte quedaron destruidas, 5.000 venecianos perdieron su vivienda, y el resto vivió durante mucho tiempo con la angustia de que el mar terminara por tragarse la ciudad. Esta marea monstruosa –dice el informe- reveló a los ojos del mundo la decrepitud de la ciudad, y dejó claro el peligro real que representan para ella la frecuencia y la magnitud de la subida de las aguas. Parece ser que estos hechos provocaron por lo menos una toma de conciencia del desolador estado de degradación de la ciudad, sometida a un antiguo y constante proceso de erosión, que se había visto agravado por una negligencia absoluta hasta ese momento.

Todavía se puede ver en algún punto de Florencia una señal horizontal marcada en la pared sobre nuestras cabezas con la fecha de aquél día. Hay otras marcas, pero están por debajo de ella. En aquella ciudad, y en Pisa, el Río Arno se había desbocado inundándolas como no se había visto antes y llevándose por delante más de una obra de arte.

Si uno busca lo que pasó aquél día, no encuentra nada más. Quién sabe si es por eso que mi amigo Josan y yo tenemos una costumbre que, con el tiempo, parece que va convirtiéndose en una de esas a las que acompaña el epíteto de “desde tiempo inmemorial”. Y es que no es para menos.

A mi amigo Josan lo puedo considerar el más viejo de esa reducida hermandad a la que solemos llamar amigos; nos conocimos a pedradas, cuando apenas levantábamos unos palmos del suelo, y desde entonces –con sus más y sus menos, sus lagunas y sus separaciones para volver al punto de inicio-, hemos mantenido la amistad.

Podemos pasarnos horas juntos sin apenas dirigirnos la palabra, sumergidos cada uno de nosotros en sus pensamientos, y de repente romper el silencio para pronto estallar en una interminable sucesión de risotadas. El tiempo y la costumbre hacen que algunas cosas se vuelvan innecesarias –pues las presuponemos de determinada manera al venir de donde vienen-, y parezca que nos burlamos de lo absurdo y el sinsentido.

Mi amigo Josan y yo, como digo, tenemos la costumbre de hacer la siguiente reflexión cuando alguno de los dos cumple años:

- Fíjate, desde aquí al día de tu nacimiento hay el mismo tiempo que desde el día de tu nacimiento hasta….

Y ahí en los puntos suspensivos se coloca a cada año un hecho histórico más o menos conocido, que da idea de la futilidad del tiempo, y lo rápido que pasa no sólo para nosotros sino también para los que han vivido los hechos a los que hacemos referencia.

Así es como recibimos todos los años nuestros respectivos cumpleaños. Desde aquellos en los que comprábamos petardos en “El rey de las fiestas” –templo de la nuestra primera juventud y última infancia-, donde imaginábamos que algún día se colocaría un enorme panel que rezaría:

“Proveedor oficial de Josan y Charles, barrenadores del orden público”

hasta aquellos otros que nos reuníamos en Pamplona para recitar viejas canciones y poemas salidos de tono, en medio de una nube de tabacos condimentados y mesas llenas de vasos vacíos.

- Mira, desde aquí hasta el día de tu cumpleaños hay la misma distancia que de ese día al final de la Segunda Guerra Mundial

- ¡Joder, tío, es verdad!

Aquél año nos interrumpió tan importantes elucubraciones un amigo que se llegó hasta la barra donde estábamos nosotros, desesperado porque la dama de sus sueños le había dado el no a la pregunta que todos imaginamos.

- No te preocupes, le dijo –y mi amigo se levantó, se acercó a la dama en cuestión, y le dijo algo que a ella misma le hizo reir, mirarnos y contestarle con una amplia sonrisa.

- ¡Ya está! –volvió diciendo.

- ¿Qué le has dicho?

- Yo también se lo he preguntado y como a ti me ha dicho que no, así que no te preocupes…

Sin quererlo, el recuerdo de aquella fecha se iba llenando de significados a medida que pasaba el tiempo, y lo que podría ser el simple relato de los acontecimientos más o menos ajenos de las efemérides, se convierte a cada año en un cajón en el que hemos ido metiendo todo aquello que nos ocurre.

- Este cumpleaños –estamos ya en otro año- te toca el estreno de “Casablanca” y la batalla de Alamein.

Creo recordar que aquél era el primero que celebrábamos con nuestras pacientes y abnegadas parejas, y desde entonces hemos sido cuatro los que avanzamos a lo largo de este camino de pérdidas, traslados, triunfos, inauguraciones e, incluso, algún que otro nacimiento.

Y es que así va pasando el tiempo, que no hay mayor síntoma de salud que el verlo transcurrir pausadamente, como si se tratara de una tenue bruma mañanera que intenta avanzar lentamente por entre las ramas de los árboles.

Este sábado –que espero estar pasándolo en un pueblo del Bearn-, vuelvo a cumplir años. ¿Qué es lo que toca ahora?: atrás van quedando las guerras, el continuo conflicto, los olores fuertes y la confusión; poco a poco, uno se siente ir avanzando de manera más relajada sobre un mundo que ya hace tiempo que ha abandonado su primavera, y conoce sobre su cabeza los avisos de las primeras nieves.

Desde el año que nací hasta ahora, hay la misma distancia que desde aquél hasta en el que Roal Amundsen, a bordo del dirigible Norge, se convertía en el primer hombre en viajar por aire de Europa a Norteamérica, atravesando por el camino el polo Norte, y cubriendo en 72 horas una distancia de 5457 kms.

Y es que esto viene al pelo, ya que es ahora el momento de emprender nuevas exploraciones dentro de nuestro ciclo vital, de descubrir otros mundos y buscar en ellos lo que parece que ya ha quedado atenuado en el que hemos vivido hasta aquí.

- Ahora tenemos ante nosotros un nuevo camino que descubrir –me dijo mi amigo Josan mientras acariciaba suavemente la mejilla de su hija.
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