Magdeleine Robineau
“ROXANA: ¡Calla! ¡No puedes comprenderlo!... ¡Dios mío! Es verdad que desde aquella noche en que, con voz desconocida, comenzaste a enseñarme tu alma, bajo mi ventana, yo te adoraba... pero tus cartas... ¡tus cartas han sido para mí como si desde hace un mes, constantemente, volviera a escuchar la voz de aquella noche... aquella voz tan dulce en la que te ocultabas!... ¡Tanto peor para ti si me arriesgo! ¡Penélope no se hubiera quedado bordando en casa si Ulises le hubiese escrito como tú lo has hecho, sino que, como la alocada Elena, hubiera mandado a paseo las madejas de lana para reunirse con él!” (Cyrano de Bergerac; Acto IV, Escena VIII) ¿Qué se puede decir de Roxana, la única, la del Cyrano de Rostand?; que embriaga su sensibilidad, la delicadeza de sus maneras y el cierto punto de valor que demuestra tener al correr hasta el cerco de Arrás, buscando a su amado; que gozamos viéndola evolucionar desde lo profano a lo sagrado a lo largo de los cinco actos de esta obra. ¿Qué más se ...