Vino caliente y vacas saboyanas
Mira por dónde, jamás pensé que íbamos a terminar aquella mañana sobre el Puente Viejo, frente a la bella cité de Carcasona, con la vista nublada, y el entendimiento más ligero que el de las aguas que corrían bajo nosotros hacia su desembocadura en el Mediterráneo. Quién sabe por qué, pero el ánimo pletórico de quien esto escribe, le empujó a hacer el ridículo una vez más, recitando en voz alta mientras cortaba una hogaza de pan con su navaja, aquellos antiquísimos versos que dicen ¡He recorrido el país en todas direcciones! ¡He franqueado las más inaccesibles montañas Y he atravesado todos los mares! Mi cara no ha sido saciada aún por el dulce sueño Y me he agotado a fuerza de errar; la angustia ha invadido mis músculos, Y ¿qué he ganado con tantas fatigas? Y no era para menos el entusiasmo, pues aquél pan lo estábamos acompañando con una deliciosa y aromática porción de reblochón que llevábamos con nosotros. ¿Que teníamos un queso?, no, eran tres; ¿cómo es esto?, no tengo ni idea; ¿...